ADIÓS ESPERANZAS: No hay solución

 

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Por Jorge Arturo Flores
Como sabemos, la humanidad ha estado desde tiempos inmemoriales cobijada bajo el paraguas, primero del gran poder económico y segundo, atrapada en sus tentáculos, llámese las religiones, los políticos y el periodismo, los cuales se han infiltrado desde siempre en la existencia cotidiana del ser humano guiando, manipulando, engañando, manteniendo el establishment, con el objeto de permitir que ese gran ente económico nunca pierda y siga engordando a ojos vistas, sin pasar hambre.
Es una realidad. No hay ficción.
Por ello, entonces, es un lucrativo negocio que se ha dilatado en el tiempo, mantenido ex profeso por los poderes económicos del planeta y de cada país. Estos entes pautean las leyes para dejarlas a su conveniencia, sin que ningún país de la Tierra perjudique sus negocios. En el fondo todo se reduce a eso, a negocios, al comercio, a la acumulación del vil dinero.
No se sale ni se saldrá de ahí. Ya quedó en la esencia del ser humano.
Para mantener ese status, los poderosos, las elites económicas y financieras, tienen como empleados a los políticos, elegidos por votación popular. Y si existiera una normativa que perjudicara su accionar, como por ejemplo, la extracción de los minerales o la limitación de la pesca o el negocio del agua o la prospección del petróleo o lo que afecte a sus intereses como la competencia (aunque digan que son partidarios de la libre competencia), de inmediato ordenan a sus políticos empleados cómo deben votar en el Congreso Nacional, en el Parlamento o en la entidad de cada país que, aparentemente, salvaguarda los intereses de la mayoría, o sea, quienes votaron por ellos.
En este caso salvaguardan los intereses de sus amos.
Es decir, la minoría.
Por su lado, las religiones, todas, sin excepciones, han ejercido el otro dominio, el moral, ejercido desde siempre al través del temor a Dios, al infierno, a los pecados, al caer en tentaciones (que siempre son las mejores), a no salirse de las rígidas reglas que desde las jerarquías religiosas dictaminan. Todo, por supuesto, en nombre de dios, de Alá, de Mahoma, de Buda, de Cristo, de la Biblia, del Corán, del Talmud, etc. Ellos se consideran los representantes del Supremo Hacedor, han recibido directamente la iluminación sobre sus cabezas y, entonces, creen que lo suyo es una misión divina. Para ello aherrojan las libertades humanas, imponen normas estúpidas, eliminan el placer, castigan a los que no se someten y provocan conflagraciones por considerar que las otras corrientes no son las verdaderas.
Guerras religiosas.
Antes, el poderoso conglomerado económico, a través de los políticos, provocan las otras beligerancias, tan sangrientas como las religiosas, arrasando países, fortaleciendo dictaduras, ensuciando los derechos de la ciudadanía, vendiendo armas a destajo, etc.
Todo sea por el mantenimiento del poder social, religioso, político y económico.
No se sale de ahí, nunca se ha salido de ahí.
El habitante de cualquier país, entonces, vive su rutina diaria trabajando para otros, con las debidas excepciones, ayudando al enriquecimiento de unos pocos (¿habrá, por ventura, ricos que lograron todo solamente por el esfuerzo, tesón y sacrificio, sin elusiones, colusiones y evasiones tributarias?),votando, en una aparente democracia, por los candidatos impuestos por las cúpulas partidistas, observando una realidad asignada desde arriba a través de los medios de comunicación que le entregan pan y circo para que no piensen, ajenos a una verdadera enseñanza que les permitiría sortear los obstáculos y ver la otra realidad; sometidos, en suma, a la mano militar, religiosa, política y económica, además de la periodística.
Todo pauteado, todo arreglado, guiándolos por las rutas predeterminadas y sin posibilidades de salirse. Porque si abandona la rueda queda fuera, pobre, discriminado, se muere.
Bien. Esto es una realidad, repetimos, y no hay nada ficcionalizado. Es lo que vemos día a día y es lo que las historias nos han mostrado, aunque sesgadamente, respecto del pretérito.
Todo aserto importa una propuesta, aunque los que están en este baile no aceptan las críticas de forma tan simple. Podríamos indicar, entonces, que las grandes soluciones para estos grandes problemas, al menos en el planeta Tierra, no existen.
No se ve por dónde.
¿La revolución?. Siempre terminan siendo igual a las que reemplazaron y los líderes se convierten en los mismo sátrapas que criticaban. ¿Organizar las masas?. Tampoco. Son rápidamente infiltradas por los adláteres del poder económico, vulgo empresario, política, religión y periodismo. Terminan indefectiblemente estrellándose contra esta muralla invisible que es el poderoso dominio mercantil. No hay caso. Tiempo perdido. ¿Tal vez paso a paso, juntando y juntando firmas?. Pamplinas. Reiteramos, caen al final en lo mismo y desaparecen con rapidez. El poder, las ansias de liderazgo, lo arruinan todo. ¿Mejor educación?. Nunca. Está diseñada de tal suerte que nadie puede salirse de la línea y evite la corriente. Menos que piense un poco e imagine sublevaciones o luchas para derribar poderes. No señores, eso por ningún motivo. Por consiguiente, nada de educación ni menos seguridad ciudadana y salud íntegra.
Por lo demás, está confirmado que la delincuencia y la mala salud son excelentes negocios
¡Entonces no votemos!. Tampoco servirá: la elite económica votará de todas maneras junto con los políticos, empresarios, arribistas, religiosos, ignorantes y periodistas. Votarán por sus candidatos y saldrán elegidos (no recordamos que haya un porcentaje mínimo), manteniendo el establishment, privilegios, teta fiscal y todo lo que produce dinero y poder.
No es solución.
Para oscurecer más el horizonte, se viene prontamente otro problema: la robotización de las actividades humanas. Hacen mejor el trabajo. Por consiguiente, inmensa cesantía. Pero la elite económica mundial no sufrirá ningún deterioro porque oportunamente comprarán robots. El problema se les suscitará cuando toda la producción esté en manos robóticas y el ser humano no pueda trabajar y, por consiguiente, tampoco podrá adquirir bienes, que es el sustentáculo de la gran elite económica. Aunque les importe un pepino la mayoría, le es necesaria para subsistir, salvo que encuentren otros medios para hacerlo, sin la necesidad de los humanos comprando.
Curioso dilema.
En suma, en resumen, en definitiva, vivimos bajo el paraguas de una eterna dictadura (económica, social, política, religiosa, periodística).
¿Entonces qué?. Ninguna solución mediata e inmediata. Ninguna esperanza de cambio. Libres, pero en la jaula, claro que sí. Sólo sueños, planes irrealizables, proyectos fabulosos que involucran organización de masas, pero que, al final, desembocan en lo mismo de siempre.
No hay escapatoria.
Basta con mirar a nuestro alrededor.

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