ALIMENTACIÓN TOXICA

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Sabemos que el cigarrillo provoca cáncer. Comprobado. También que el alcohol es una droga y de alguna manera mata. Tenemos claro que la mayoría de los alimentos procesados son tóxicos y perjudiciales para la salud.Por ello, después de muchísimo tiempo, las autoridades crearon la ley del etiquetado: “alto en grasas, alto en caloría, alto en azúcar”, “el cigarrillo produce cáncer”, etc. Sobre el alcohol poco, casi nada. La comida chatarra, por otra parte, es el escalón para la obesidad. Es decir, sabemos que existen cosas que derechamente provocan daño al cuerpo.

La pregunta de oro: ¿Por qué se permite su venta?, ¿Por qué no se las elimina si provocan daño?.¿Por qué no se cambia hasta hacerlas inocuas al organismo?.

Es algo de lógica simple.

La respuesta a estas interrogantes aflora de inmediato: es que los intereses económicos son demasiados fuertes y contra ellos no prevalecen ni las fuerzas del infierno. O sea, aceptan la realidad,pero se escudan en que esos poderosos intereses económicos gobiernan el mundo y matan personas, por decirlo de alguna manera, “legal”. Evidentemente es una realidad indesmentible. Y como lo que interesa, por cierto, es el desmedido lucro, las empresas defienden “a concho” sus productos tóxicos, sin cambiar nada. ¿O acaso ha visto algún cambio notable?. Entonces,esgrimen la defensa de su rebatible e ilógico producto. Aducen la libertad de escoger. Inatacable argumento.Eres dueño de consumir lo que quieras, nadie puede impedírtelo, para eso eres libre.

Libre, claro que sí, pero en la jaula.

El resultado, entonces, no importa. Es tu problema. Tú escoges. Y con ello avalan este magnicidio.

En consecuencia tenemos dos instancias: por un lado, el Estado,cuya misión es cuidar a sus ciudadanos, no la realiza porque está atado de manos y porque, hay que decirlo, también “tiene velas en este entierro” (coimas). Debiérase castigarlo por “notable abandono de sus deberes”. Y por el otro lado, surge la sacrosanta libertad, utilizada a sabiendas ya que, mediante su invocación, permiten que los poderosos hagan y deshagan.

El vender, vender y vender se ubica sobre el bienestar de la población.

En realidad, poco les interesa. La meta es otra. Sus logros caminan en sentido contrario a la ciudadanía. Mientras compren todo bien. En el fondo, les importan un carajo las personas. Lo que compromete, reiteramos, es vender a cualquier precio. Por eso, cuando la autoridad pone trabas, coloca avisos, impone etiquetas, la escandalera es mayúscula y las palabras “paz social”, “caos”, “perjuicio económico”, “libertad”,mercado”,” libre competencia” y otras lindezas saltan al ruedo instantáneamente.

En Chile se usan a menudo estos argumentos cuando tambalea la estantería.Ante cualquier contingencia surge con rapidez la palabra “libertad”, inclusive hacen gárgaras con ella, especialmente cuando se habla de libre competencia. Pero el contexto es distinto y ofrece otra cosa.Ocurre que, en su nombre, igual que las religiones (por eso se parecen tanto) se cometen las mayores barbaridades que es dable pensar, constituyendo a la larga una quimera, una vergüenza, una mentira.

Entre las salvajadas irrumpe, por ejemplo, la defensa de alimentos que son tóxicos y hacen daño a la salud. Increíble.

Y los políticos, preguntará ingenuamente alguien, ¿no tienen como misión primordial preservar el bienestar ciudadano y luchar porque ello ocurra?.

Frente a la consulta, la mayoría sonreirá piadosamente frente a tamaña ingenuidad.