Hernán Díaz Arrieta y el placer de leer (crónica literaria)

PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN, SALVO QUE SE MENCIONE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA FUENTE. 

 

 

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Jorge Arturo Flores

 

La gente, sin excluir a los menores de edad, prefiere que la entretengan a que la moralicen y la advertencia “prohibido” atrae más que el epíteto “recomendado”. La naturaleza humana es así  (Alone).

En la actualidad una de las grandes inquietudes de la educación chilena es el fomento de la lectura en la enseñanza básica y media. Están preocupados. El joven no se entusiasma por  leer y sus intereses se dispersan al través de la TV, los juegos electrónicos, el computador, el chateo, las redes sociales. Y en proporción no menor, el tabaco, la droga y el alcohol. Conscientes de esta desventaja, se implementan medidas.

Dieron con la lectura obligatoria.

Craso error.

Nada que se hace por obligación se hace bien.

Como son complicados y da tono ser engorroso, desdeñan una herramienta que tienen a la mano, que es  más simple: el placer de leer. La desprecian por eso mismo, por fácil, simple y natural. Todo se reduciría a dotar a los educandos de textos que le sean atractivos, entretenidos, cómodos de hojear, sin honduras ni cimas filosóficas.

Nada se hace mejor sino lo que  gusta.

Todas estas consideraciones fueron provocado por la lectura de dos artículos en la prensa santiaguina: uno hablaba  del déficit de lecturas, apuntando, por fin,  a una de sus causas: la obligación escolar.

El otro articulo es referido a Ignacio Valente, crítico literario de amplia trayectoria en las letras chilenas, quien vuelve a releer a los clásicos (El Quijote ) justamente por placer, el placer del lector.

Un crítico leyendo por delectación. Suena hasta paradójico.

ALONE: DEFENSA DEL HEDONISMO LITERARIO

Alone (1891-1984), en su inmensa tarea como comentarista de libros, hizo del gusto su arma fundamental para internarse en los vericuetos de un texto. Como su pontificado fue grande (más de 65 años en el ruedo), no tardaron en surgir fuertes detractores de esa medida literaria. No concebían que un crítico hablara de los libros a partir de sus propias impresiones, usando la medida del “me gustas o no me gustas” para emitir el dictamen final.

Era inconcebible.

Alone, más cauto, lejos de la jerigonza académica, prefería titular sus artículos con el nombre de “Crónica Literaria”, con el objeto justamente de no parecer un critico hecho y derecho.

Nunca lo entendieron.

Pues bien, Ignacio Valente, que es un buen crítico y hombre de letras, aunque a la izquierda literaria le disguste, al final de su trayectoria literaria (escribe en forma esporádica, 2010) se encuentra con el ideario de Alone y coincide en la norma usada.

No despotrica contra el placer y lo encuentra, inclusive, lógico.

Dice en el articulo del 28 de junio de 2010, El Mercurio:” Palabra de lector: yo lo único que quiero es gozar leyendo; lo único que busco es el placer elemental de la lectura”

Recordemos que Valente fue un devoto estructuralista, donde el examen de los libros expulsaba cualquier asomo de hedonismo y solamente propugnaba el análisis pormenorizado de la obra a partir de sus estructuras internas. Como una ciencia. Todo, por el inútil afán de obtener la ansiada objetividad artística.

Algo que, como se ha comprobado, es imposible.

Alone lo dijo en su tiempo: la critica objetiva, independiente, es la ideal, pero tiene un defecto: no existe.

Por eso se  basó en su apreciación  para analizar los libros. Y dio en el clavo muchas veces. Mucho más, incluso, de lo que intuyeron sus detractores y más aun de lo que pensaron, para mal de sus males,  los académicos.

EL PLACER DE LEER

¿Qué es lo que busca el lector común cuando coge un libro?. He ahí el punto importante. Desde luego, habrá algunos que demandan enseñanzas, otros satisfacen alguna inquietud espiritual. Los hay que necesitan textos para su formación profesional. Hay mucho. Pero la mayoría de los lectores pide, sin duda alguna, pasarlo bien, solazarse, ampliar sus horizontes, salir de la rutina, soñar, emocionarse, conmoverse.

No se sale de allí.

Si el autor lo atrapa en la telaraña de su tensión dramática o lo emboba con sus piruetas artísticas o lo conmueve con pasajes íntimos, leerá de una zampada, perderá el sentido del tiempo, se abocará a disfrutar.

Ha ganado el lector, ha vencido el autor.

Por el contrario, si un libro no agarra desde un principio, se sumerge en profundidades metafísicas o cimas filosóficas que no aportan nada al desarrollo, es lento, mal escrito, peca de petulancia, etc., entonces  se aburre, lo pasa mal, coge el libro y lo envía lejos de si.

Ha perdido el lector, fracasa el autor.

El fin único de una obra literaria es el lector. De lo contrario no se publica. Y basado en esa premisa, el arte literario debiera preocuparse y darle los avíos para que pase un buen rato, se divierta y olvide por un momento el tráfago mundano, la esterilidad del trabajo, la monotonía del matrimonio, el tedio de los estudios, la fugacidad de la vida, el sinsentido de la existencia.

Es decir, apartar el dolor y conseguir lo placentero.

A eso se reduce nuestra vida. Negarlo es un despropósito. Desde pequeños  buscamos lo que nos agrada, lo que es amable a todos nuestros sentidos y en pos de ellos nos desarrollamos. El poder, la gloria, los privilegios, la fortuna, los sacrificios, la generosidad, los sacrificios, ¿no son acaso, entre muchos, fuentes de placer?. Compruébelo. Es cierto que aquello podría provocar más de un problema. Para ello, entonces, se crearon las religiones,  las buenas costumbres, los principios.

Para evitar el goce.

EL HEDONISMO LITERARIO

En consecuencia ¿Es beneficioso el placer en la lectura?, ¿Sirve esa medida también para enjuiciar el texto?, ¿Es acertado aquello del vicio impune?.

Por supuesto que si.

Negar esta opción resulta a todas luces una imbecilidad de los pedantes.

Nada más propio, nada más humano, que la búsqueda del hedonismo en desmedro de la obligación,  de lo que complica, de lo que molesta, de lo que descompone.

Es lo que hacemos todos los días, desde que nacemos hasta que morimos.

De ahí entonces que Alone tuvo tanto éxito como comentarista literario. Es cierto que también lo ayudó su exquisito gusto, una inteligencia sobresaliente, unida a un saber artístico inmejorable, todo ello premunido de un estilo que sabía a manjar de  dioses y con el cual se impuso sin contrapeso sobre el resto. Utilizó entonces la capacidad del gusto personal como medida para enfocar los efectos o virtudes de un libro. Se confesó, ante todo, un lector que comunica a otros  el placer o displacer de una lectura.

Fue el mejor.

Ahora bien, no se genere el error de apreciar la critica literaria de Alone desde el punto de vista del hedonismo. No. Aparte de lo que hemos mencionado, Ignacio Valente también descubrió en el ejercicio de la misma varias coincidencias que lo emparentaban con la crítica académica.

Pero todo  partió  desde un principio básico: el placer de leer.

Bien harían, entonces, las desprolijas autoridades educacionales, en seguir estos ejemplos de literatos que hicieron de la lectura su “vicio impune”, basado, antes que nada, en el goce estético que le dispensaron. Y a partir de ello no exigir obligatoriedad en los colegios, sino la libertad para elegir textos que no sean mamotretos ni cura para el insomnio, sino, por el contrario, medios para interesarse vivamente en la lectura y no hacerla tediosa, cansadora y soporífera.

Pero, como sabemos que el chileno medio piensa que lo difícil, oscuro y enrevesado es lo que posee real valía, esta proposición, que linda en la sencillez y comodidad, no tendrá acompañantes.

Es así.

Lo increíble sería que lo aceptaran.

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