Hernán Díaz Arrieta (Alone) y Proust

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione el nombre del autor y la fuente.

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Por Jorge Arturo Flores

Alone, seudónimo del escritor  chileno Hernán Díaz Arrieta (1891-1984) fue el crítico literario más famoso de Chile durante el Siglo XX. Su tarea, de sobra conocida, aunque no siempre reconocida, lo impulsó al más alto pedestal de la literatura chilena en su disciplina.

Fue el más grande.

Hay pocos estudios en torno a su obra y la mayoría son laudatorios con algunas excepciones menores.

En lo que nos toca, y sin modestia, lo erigimos a temprana edad en nuestro escritor favorito y hemos dedicado algunos estudios a su trabajo, incluso un libro inédito de más de 400 páginas (“Alone, Cronista Literario. Aproximación Ensayística”).

Entre las numerosas facetas que hacen su trabajo irrepetible, hay que rastrear algunas que se relacionan con  sus orígenes, porque todo artista posee una raíz, un principio y, con seguridad, algún fanal que lo guió en las tremolantes aguas del arte.

SUS RELACIONES CON LA LITERATURA FRANCESA

Es la vertiente de la cual Alone bebió con deleitosa fruición. En ella encuentra a sus cuatro pilares, en los que asentará el edificio que construirá durante toda su vida. Ellos son:  Ernest Renan,  Sainte Beuve, Hipolite Taine y el mayor de todos : Marcel Proust.

Como se verá, todos franceses. Es que el hombre, como dijimos,  sorbió a temprana edad de esas aguas y su embrujo pervivió toda la vida. Por ahí hay que mencionar a Maupassant, aunque después solo espiga en alguna de sus obras, pese al cariño de adolescente. Lo mencionamos  porque en lo tocante a estilo siempre nos ha parecido similar al de Alone conjuntamente con el de Anatole France.

Proust es la cumbre a la cual ascendió desde temprano y a cuyos pies se prosternó siempre, sin reservas ni debilidades. Su influencia fue tal que la óptica del cronista para enjuiciar  textos prefería, ante todo, los que ahondaban en la sicología de las personas, en el mundo íntimo, en las aventuras del alma.

En Chile fue el gran impulsor de su obra y trató por todos los medios de darla a conocer, con dispares resultados.

Pues bien, veamos sucintamente la devoción de Alone por Proust traducido en crónicas literarias y libros.

ALONE Y PROUST

Comenzó con 8 crónicas que son simplemente perfectos ensayos, publicados en el diario La Nación en el año 1928. Es el inicio, el comienzo de un entusiasmo a toda prueba. Allí describe con lujo de detalles, pero, por sobre todo, con una mirada sapiente, sagaz y acertada, la impresión que le provocó la lectura de “En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust”.

Es el mayor número de artículos que le dedicó sucesivamente.

Los capítulos en comento corrieron la suerte de todos los desgastados por el tiempo: se relegaron, quedando en la Biblioteca Nacional en empastes del diario. Nunca más se supo. Hubo alguien, sin embargo, que, por intuición bendita, recordó o supo de ellos y púsose a la ardua labor de rescatarlos, restaurarlos y darle forma de texto en 2011, con el título “Para Leer a Proust. La Mirada de Alone”. Su nombre: Daniel Swinburn.

Después de la publicación de los 8 ensayos, Alone seguramente consideró que su esfuerzo no tuvo la repercusión  esperada y, como todo obsesivo por la obra de su escritor predilecto, optó por efectuar una selección de lo que el consideró “Las Mejores Página de Marcel Proust”, extraídas, principalmente, de los  primeros tomos traducidos por el español Pedro Salinas.

Era el año 1933.

En 1968 el libro en comento tuvo la suerte de ser reeditado.

Algunos comentarios en la prensa o de personas que compartían el conocimiento de Proust…y nada más.

Definitivamente el autor galo no era gusto de los  paladares chilenos y solo un pequeño grupo de diletantes aplaudía en silencio o  comentaban en sus tertulias.

Entre 1933 y 1965 Alone se dedicó esporádicamente a recordar  su autor favorito en las crónicas literarias que publicaba, semanalmente, en el diario El Mercurio. Generalmente lo hizo cuando surgía algún texto que versaba sobre él.

Tuvo un nuevo y gran despertar en 1965 con la aparición de los dos tomos dedicados íntegramente a la vida y obra de Marcel Proust escrito por el investigador inglés George Painter. Allí nuevamente reverdeció su pasión y con paso ligero, alado y sagrado, redactó entusiastas cuatro crónicas literarias, sucesivas y encomiásticas.

Nunca  escritor extranjero alguno obtuvo tanto aplauso del crítico chileno salvo, claro está, los otorgados a los autores franceses y, por supuesto, su amado Proust.

La impresión que le produjo la lectura de esos dos ejemplares fue apoteósica. No guarda adjetivo para ensalzarla y se le ve exultante. Arroja todos los calificativos a mano para elogiar el afán de Painter y, con posterioridad, cada vez que se explaya sobre el autor francés, lo cita con indisimulada admiración.

Después del clímax, el descanso, el sosiego, el devenir otoñal.

Retorna a su recuerdo cuando surgen volúmenes que continúan estudiando al gran escritor  y, en general, sus juicios prosiguen siendo laudatorios, tanto para el favorito como para quien tuvo el esfuerzo de escudriñarlo.

Alguna vez dijo Alone, cuando le hicieron la clásica pregunta, ¿qué libros llevaría a una isla desierta?. Respondió: Un remordimiento de Shade  y los tomos de En Busca del Tiempo Perdido?.

Es decir, una devoción que no tuvo flaquezas y que va más allá de las palabras.

EL CLASICO “CHAQUETEO” CHILENO

Carlos Droguett, escritor chileno cuya mayor característica fue la ausencia de simpatía y calidez, expresó, en una revista literaria, que dudaba del real valor que Alone concedía a Proust por cuanto  había “dado bote” con la lectura de Ulises de Joyce. Droguett consideraba que la dificultad lectora de ambos era idéntica y deducía que si no pudo con uno, menos podría con el otro. Con toda seguridad lo apuntó en el mayoritario conjunto de lectores chilenos que no pudieron con Proust.

Contrario sensu, él se auto incluyó en el selecto grupo que percibieron  al  francés.

Un aserto que, viniendo de Droguett, posee varias lecturas, ninguna literaria y que, entrelíneas, solamente refleja el resquemor que sentía por el comentarista de libros. Seguramente fue uno de los tantos traspasados por el estilete del crítico cuando sus libros no fueron de su agrado y lo publicó.

Gran falta sin duda.

La epidermis literaria, ya lo sabemos, es intensamente delicada, más aun cuando ello  importa un menoscabo a  sus aparentes virtudes.

La cuestión es que  Joyce y Proust son absolutamente diferentes.

Por otro lado, los recalcitrante, aunque imperceptibles maldicientes de Alone, aludían a su “afrancesamiento” como un defecto que impedía al cronista literario acertar en los méritos de la literatura chilena. Consideraban que ese rasero foráneo no convenía a los intereses de una crítica literaria objetiva y protagonista de los sucesos literarios, porque era un impedimento para calibrar la real tasación de las producciones nacionales.

Recordemos que de aquella afición  obtiene el crítico chileno su estilo inigualable, una ironía que funcionaba a la perfección, un paladar exquisito que desafiaba los escritos sosos y chabacanos, una forma de mirar las letras desde una perspectiva más artística, más fina, más exclusiva, rechazando lo basto; también su inocultable preferencia por libros que  bucearan  en las interioridades de su personajes en vez de lo exterior y superfluo, etc.

Se comprenderá, entonces, las descalificaciones de los heridos por la pluma aloneana.

CONCLUYENDO

La indisimulada admiración por la obra del escritor favorito deviene inevitablemente en la búsqueda frenética de todo su trabajo y en el estudio de su vida. No puede evitarse. Y en estas vueltas y revueltas, en esa grata misión de encontrar todo lo concerniente al autor preferido, se hallan, muchas veces, afinidades que no se prevén.

Por ejemplo, Alone, al igual que Proust,  eran seres solitarios, absortos en su labor. Pero no eran ascetas ni  monjes. A su alrededor siempre hubo una círculo social importante al cual recurrían.

Por otra parte, Proust no ocultaba su predilección por la clase alta, los oropeles, la historia de las familias, en otras palabras, un afán esnobista que no pudo disimular. A Diaz Arrieta, sus escasos enemigos lo motejaron de la misma manera. Éste, si bien no provenía de  estratos sociales bajos ni medios, sino emparentado con la más alta, aunque venido a menos, también gustó del magnetismo que posee la clase privilegiada. Y la frecuentó con religiosidad, teniendo entre sus grandes amistades, especialmente femeninas, a personas encumbradas en aquellos círculos. En este caso, sus detractores se equivocaron rotundamente, notando, entrelíneas, un resentimiento ostensible.

Eso por el lado social.

Por el matiz íntimo, hay algo más que una afinidad.

La sexualidad, quiérase o no, posee una relevancia indudable en la elaboración de  creaciones artísticas, especialmente en las literarias. No puede eludirse. La obra, por lo demás, tenderá siempre a develar esta faceta, aunque se le disimule, salvo las  explícitas.

En punto a predilecciones sexuales, Proust era un homosexual declarado, aunque reprimido. Alone fue bisexual, si bien esta clase de personas, en el fondo, son decididamente homosexuales. También cohibió ese tipo de placeres  y todo lo manejó en la clandestinidad.

Como Proust.

En fin, si se buscan similitudes entre Alone y Proust, en lo tocante a  sus vidas, producto, ante todo, del fervor del primero por la creación del segundo, obviamente se hallarán.

Pero lo que resalta en todo esto es la inalterable devoción de Alone por Proust a lo largo de toda su existencia, muy similar, por lo demás,  a la que cogió George Painter por el  mismo autor.

El espíritu, ya sabemos, sopla donde quiere.

 

En esta misma página: “Para Leer a Proust. La Mirada de Alone” y “Ocho Crónicas de Alone para leer a Proust”.

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