Armando Méndez Carrasco, Chicago Chico

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Al margen de la literatura consagrada y sin disputar un sitio entre los que se desplazan hacia los medios donde alcanza el renombre, se halla Armando Méndez Carrasco…” (Ricardo Latcham).

Junto con Cachetón Pelota, debe ser su obra más conocida a nivel popular. Y es, con seguridad, la consecuencia de su fama manifiesta en un tipo de lector no necesariamente culto, pero que gusta que lo emocionen, le cuenten la verdad desnuda, lo involucren en el mundo que no sale en los libros que la crítica y el público aprecian.

Es otro tipo de leyente.

“La novela Chicago Chico fue publicada por Armando Méndez Carrasco por primera vez en 1962,  pero su éxito de ventas fue tal, que llegó a tener una veintena de reediciones.  Chicago Chico está ambientada en los bajos fondos de Santiago en los años ’30 y ’40, entre bares de mala muerte por los que deambulan delincuentes, borrachos, jugadores, traficantes y prostitutas. El protagonista es Chicoco, quien se ve enfrentado tempranamente a la muerte de su padre -hombre aficionado a los naipes y los dados-, ocurrida fuera de un billar de calle Merced. Allí se ubicaba el sector conocido como “Chicago Chico”, debido al permanente tránsito de hampones que circulaban por los tugurios al ritmo del jazz. A partir de entonces, el joven Chicoco inicia un descenso a las profundidades de este submundo, un viaje que parece no tener regreso” (Memoria Chilena).

El texto que nos preocupa narra la vida de Fernando Escudero, el Chicoco, un tipo de clase media, con instrucción, pero desarraigado totalmente del medio. Casi excéntrico,  un loco simpático. No tiene grandes perspectivas sobre su vida futura, cae rápidamente en la depresión, pero no intenta alzarse del pozo en que se encuentra ni busca tampoco la libertad. Su existencia transcurre en los bares de Santiago. Allí convive todas las noches con los sombríos representantes del hampa santiaguina, llamada cáfila hampona. Conoce a Cachetón Pelota, que es el gánster mayor y una serie de personajes que se hacen inolvidable, tanto por sus acciones como por sus seudónimos: Muleta,  Mario Corneta, Carreta vieja,  Pomarropia,etc. Todos rufianes, lanzas, proxenetas, charlatanes, cafiches, embaucadores. El autor no los presenta, en todo caso, como ejemplos de miseria moral o los censura por su “aporte” a la sociedad, sino los expone sin remilgos, hasta los dibuja con alguna ternura, obligando al lector a tenerle simpatía y sin que alguna nube moral ciegue los ojos.

Las tertulias con tan heterogénea compañía, el muestrario de sus anécdotas y la droga del baile que lo hipnotiza (es un insigne bailarín de swing) constituyen sin duda los remedios temporales para su vida chata.

Cuando todo aquello colma, deviene un momento de lucidez y se incorpora a las filas de Carabineros, donde comienza una nueva etapa. Allí conoce la disciplina, mejor dicho, el terror de la disciplina; la estructuración, el respeto, la subordinación, todo el engranaje que mueve la vida militar. Pero quien nace chicharra, muere cantando, y pronto retorna a sus placenteros vicios, llevando una doble vida.

CONCLUYENDO

No es fácil deambular en el mundo de los bajos fondos. Hay que conocerlo de primeras aguas, saber de sus usos y costumbres, conocer la coa, ese lenguaje críptico con que se contactan. Saber de sus miserias y esperanzas. Compartir incluso con sus personajes de sangre y hueso. Se necesita, en suma, una sensibilidad muy particular para escribir sobre el tema, mostrando una evidencia que no siempre es del agrado de la mayoría, porque, en el fondo, está exhibiendo un mundo oculto, oscuro, soterrado, que camina paralelo a la vida cotidiana, que no emerge con propiedad a la luz y que resulta una bofetada para la inteligencia humana.

El autor de este libro lo consigue con extrema facilidad..

Armando Méndez Carrasco escribe con un estilo rápido, nervioso, que va al grano, sin muchas reflexiones, agilizando la anécdota y la trama, dibujando con acierto a sus personajes. Escribe desde la perspectiva biográfica. Pinta con acierto la periferia urbana y social. Es la vida del hampa, del hombre, de una clase no pueblo. Presenta a esa minoría desintegrada de los bajos niveles socio económico, minoría inconformista y desencantada. Sin duda alguna recurre a los dichos populares, a la coa y a los garabatos, propios del lenguaje coloquial. Es una forma de mostrar una realidad. Es natural en su bosquejo, no se muerde la lengua y al final el lector se sumerge en ese mundo, “encontrando hasta simpáticos y humanos, en determinados instantes, como cualquier vecino, al siniestro y estremecedor conglomerado” (Ricardo Latcham).

Todo lo que escribo se inspira en la vida de los desheredados” dijo alguna vez el escritor de Cacheton Pelota y Chicago Chico.