BENJAMIN SUBERCASEAUX El gran Ensayista de Chile

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Por Jorge Arturo Flores

Escritor controvertido, polémico, no fue precisamente apreciado por sus colegas, debido, entre otras cosas, a su clase social (en su época era muy importante), luego, a la perentoria seguridad con que afirmaba sus conceptos artísticos y, finalmente, por su desdén hacia el resto.

Lo trataron de individualista, petulante, desafiante y ególatra.

No llegó a los límites escandalosos de un Carlos Droguett o Pablo de Rokha, que son los iconos en estas materias, pero anduvo en los lindes.

Su cosmopolitismo, producto de los innumerables viajes al extranjero; el hecho de haber publicado sus primeros libros en francés y no en español, unido a una indudable cultura, provocaron en sus congéneres señales de reticencia y rechazo.

Hay que contar, además, con su espíritu fustigador de la sociedad chilena, donde se aprecia, envuelto en la crítica acerba, un amor diferente por la patria.

Es el sino de los autores discordantes.

EL ENSAYISTA

Benjamín Subercaseaux es uno de los mejores ensayistas de este país. Para nosotros es el primero. Lo es por el buen manejo del lenguaje, por su gran cultura, por la variedad de motivos y porque se diferenció del resto al abordar temas de índole sico antropológica, cuestión harto extraña en un literato.

Leerle es motivo de placer porque redacta en forma clara, sencilla, sin rebuscamientos, con hondura literaria, provisto de cierta maestría en el conocimiento, además de ser peculiar por su irreverencia, su aire burlón, sarcástico e irónico sobre el medio nacional.

Subercaseaux se las traía.

Pero, al contrario de Droguett y de Rokha, sus mandobles eran finos, provistos de elegante ingenio, con estiletes que penetraban profundamente, sin derramar sangre.

Representó, en muchas ocasiones, una parte del carácter chileno: quejumbroso, irritable, inconformista, altanero, despectivo.

Eso se refleja en su tarea. Muy a su pesar, por cierto.

TRABAJO LITERARIO

Tal como lo decíamos, su labor artística es múltiple. Es novelista, poeta, cuentista, investigador científico, ensayista, autor teatral. Pero donde prepondera realmente es en el ensayo. Su libro Chile o una Loca Geografía es magnífico y provocó gran impacto en el país. Hasta hoy es lectura obligada. Tierra de Océano constituye, a nuestro juicio, el mejor texto. Santa Materia es una obra interesante, esencial, diferente a todo lo escrito. Fue criticado, pero no en el buen sentido, sino al contrario: percibieron en él otras consideraciones extraliterarias, donde el sexo, por supuesto, ocupa preferente lugar. Diríase que no lo descifraron. Por otra parte, ocupa terreno importante en su bibliografía ensayística todo su quehacer relacionado con la Sicología y Antropología, (que él refundó como Sicoantropología) que lo mantuvo ocupado al final de la jornada. Publicó sobre el tema especifico tres libros: El Hombre Inconcluso: ensayo psico-antropológico sobre la heterogeneidad psíquica de la especie humana, Historia Inhumana del Hombre: introducción a la Psicoantropología y Una nueva interpretación del hombre: teoría de la desnaturación antropológica. Sugestiva esta faceta porque estamos frente a un chileno que se atrevió a dictar cátedra en el asunto y, aun más, probar su teoría dela evolución. Para ello se respaldó con los estudios obtenidos en La Sorbonne de Francia. Sin embargo, este fecundo y laborioso trabajo no fue ni ha sido enjuiciado convenientemente.

Parece que no lo entendieron.

O pensaron que era otra curiosidad del eterno curioso.

Esta es la Obra Gruesa de su trabajo.

Más acá quedan sus poemas (Quince Poemas Directos), las novelas (Jimmy Button, Rahab), los cuentos (Mar Amargo, Y al oeste limita con el mar), su autobiografía (Daniel, Niño de Lluvia), el teatro (Pasión y Epopeya de Halcón Ligero), las cartas (Aventuras de un joven que olvidó que era anciano), el ensayo, notas y apuntes (Reportaje a mi mismo, Manifiesto al Mundo Hippie, Zoe), entrevista (Interrogaciones 94, dialogo entre dos generaciones),etc.

La obra es imponente.

A continuación dejamos el comentario que realizamos sobre un libro que no tuvo el apogeo de Chile o una Loca geografía, aunque el tema continúa siendo el país. Se puede leer también en esta misma página web, pero lo añadimos para comodidad de Uds.

Nos agradó más, en especial por la desmitificación que efectúa de algunos eventos históricos.

Los dejo.

TIERRA DE OCÉANO (1946)

Cuando se lee o nombra a Benjamín Subercaseaux, es inmediata la asociación con el texto Chile o una Loca geografía. Sin desconocer en él a un formidable ejemplar, nuestras preferencias, sin embargo, cabalgan hacia Tierra de Océano (la epopeya marítima de un pueblo terrestre), por algunas razones que desarrollaremos brevemente.

Chile o una Loca Geografía es un texto espléndido, con un atractivo tema y provisto de un estilo que lo hace llevadero y ameno. Es una mirada nueva a la geografía chilena y sus apuntes resultan llamativos. Sobresale el espíritu crítico sobre el carácter chileno, generalmente indolente y contradictorio.

De ahí su gran éxito.

No lo tuvo Tierra de Océano.

Si bien es una defensa cerrada en torno a la importancia que el mar debiera tener para los chilenos, su trascendencia no corrió a la par con la “Loca Geografía”.

El tema, desde luego, es distinto

Acá hay una sorprendente historia de los primeros navegantes de nuestro país, corsarios incluidos, junto a personajes históricos, con anotaciones singulares, curiosas y eruditas. A ratos parece historia novelada. Destacan los títulos de las tres partes en que se divide el libro, donde ondea, sin duda, un preludio poético (Los Navegantes del Alba, que incluye los jinetes del océano, los hombres del horizonte y los campesinos del mar); Los Monstruos Alados y Cuando la estrella descendió a la bandera).

¿Qué fue lo que nos cautivó de este libro?.

Todo, pero lo que nos hizo detenernos y prestar vigilancia fue la óptica que tiene el gran ensayista para referirse a ciertos capítulos de nuestra historiografía. Prevalece, por supuesto, su visión crítica sobre la idiosincrasia chilena. Resalta lo apuntado sobre Lord Thomas Cochrane y San Martín, la tristemente célebre cofradía denominada Logia Lautarina, el sibilino influir de Monteagudo, la ineptitud de O’Higgins, y, por sobre todo, la ojeada distinta al combate naval de Iquique, donde, por fin, despunta el pariente pobre de la refriega, el combate de Punta Gruesa.

Es una desmitificación necesaria.

La misma que utilizó con particular éxito el mejor novelista histórico de Chile, Jorge Inostrosa.

Ambos no tuvieron seguidores en estas materias.

Las razones que encumbran la derrota de Iquique a la categoría de “victoria” nunca nos han convencido y lo atribuimos a la oportunidad histórica de la época para levantar el ánimo de la patria. Lamentablemente, ha persistido en el tiempo y hoy ocupa sitial importante en las celebraciones.

Los peruanos aún no entienden por qué celebramos una derrota.

No faltan, ciertamente, los exégetas que, con enrevesadas razones, explican que aquello no fue una derrota, sino un gran triunfo y hablan sobre el gran eco que tuvo en Chile.

Allá ellos.

Subercaseaux tiene otra mirada sobre la gesta de Iquique, más humana, más tierna, más sentida. Pero le cambia el ánimo cuando habla de Condell, la Covadonga y la derrota de la Independencia. Allí sonríe con las chirigotas de los fusileros en las cofas o con la impasibilidad de Condell.

Es que ésta fue un éxito.

Sobre esta victoria, extractamos lo que el autor concluyó:

“Hubo algo muy nuestro en esta acción de Punta Gruesa y fue que ella resultó practica; interesada en cierto modo: salvamos nuestro buque e hicimos perder al enemigo una poderosa unidad, muy útil y decidora en el curso de la guerra. Este éxito, amen de la pericia náutica de Condell para sortear los obstáculos de la navegación durante el combate, hicieron del encuentro de Punta Gruesa una brillante acción naval, tal vez la más interesante de cuantas se vieron en las guerras contra el Perú. Las hubo más heroicas y sangrientas, como la de Iquique; más importantes, pero fáciles, como la de Punta Angamos; más tercas y tenaces como la de Chipana; pero ninguna de ellas obtuvo un resultado material mayor con medios tan mínimos, ni pudieron vanagloriarse aquéllos de haber obtenido esos resultados por el simple juego de la táctica, unida a la pericia náutica.

¡Por qué nadie lo ha querido ver? Porqué este héroe ocupa un papel tan opaco en nuestra historia, privado como está, hasta del honor de un monumento?

La respuesta es todo un síntoma, cuyo leitmotiv ha venido marcando su ritmo desde la primera página de este libro hasta la última; nuestro sentido terrestre no gusta exaltar las epopeyas marítimas cuando estas son exclusivamente marinas en el espíritu aventurero y personal que ellas substraen de la inmensa libertad del mar…Por eso no tienen monumento nuestros corsarios, por eso la inmensa epopeya de Cochrane es solo un recuerdo confuso del pasado, donde prima el sentido terrestre, representado por un general extranjero que por poco no acaba con nuestra naciente Escuadra; por esto Condell es el pariente pobre de la Guerra del Pacifico y se aplica, como a Su Señoría (Cochrane), el calificativo de loco, porque sabía triunfar, navegar y pensar libremente bajo su sola responsabilidad; por eso en nuestro país florecen las leyes y la historia, marcos terrestres impuestos a la verdad multiforme de la vida; por eso ha sido necesario escribir Locas Geografías y Locas Historias…”

El extracto en comento, hasta hoy, continúa sorprendiéndonos (lo leímos a los 18 años de edad) y constituye un soporte maestro para encarar la mitificación de la historia chilena.

Por otra parte, es impactante la disputa de Cochrane con San Martín. Su juicio sobre el Protector de Lima es demoledor y cuando estuvo en Mendoza como cónsul, alguien desempolvó esas páginas y organizaron una guerra tal que el chileno hubo de renunciar y cambiar de aires.

San Martín es otro mito en la historia chilena y sudamericana.

El ensayista desmenuza sus debilidades, su ignorancia táctica, sus oscuras pretensiones, su cobardía para enfrentar los desafíos, su desdén por Chile y lo confronta con la lógica del almirante inglés, mucho más intrépido, honesto, valiente y atrevido que el argentino. De todo lo cual, San Martín no sale bien parado y nos ofrece una opinión que dista sideralmente de la brindada en los manuales de historia.

Es el gran mérito del ensayista nacional.

Conclusiones terrestres del texto

El desconocimiento, tanto de nuestros corsarios como de la gesta de Cochrane, Latorre y Condell, posee una conclusión que se enmarca en lo terrestre. Pero también existe otra que Subercaseaux despliega con acierta y es singular: Chile admira a los mártires, goza con el dolor, se emociona con el sacrificio. Y lo celebra. En cambio, manda al desván del olvido a los héroes que, si bien ganaron, fueron inteligentes y geniales en su tarea, no murieron en combate, sino enla cama. Ejemplosclaro de esto último son Thomas Cochrane, Juan Luis Latorre y Carlos Condell. Paradigmas clásicos de los primeros son Prat, sus marinos muertos y los masacrados en La Concepción (la excepción a la regla la constituye el caso Ohiggins).

Así se explican muchas cosas.

Estamos hablando, por cierto, de una visión histórica que coincide con la nuestra. Nada se aprecia tanto sino lo que se nos parece. No somos historiadores, sabemos que ellos piensan distinto y arriban a conclusiones que destrozan nuestra mirada anecdótica de la historia chilena.

Pese a ello, insistimos.

Por eso se agranda la admiración por Jorge Inostrosa y Benjamín Subercaseaux, observados desde la perspectiva desmitificadora, que nos obligó a reformular nuestro enfoque sobre la historia chilena, tan seria, ideologizada y, por lo mismo, prejuiciada.

Por ello, finalmente, Tierra de Océano es un libro capital en esta “santa materia” y ofrece la “mirada nueva” que pretendió instaurar el gran ensayista chileno.

Saludémosle con respeto.

TEXTO Jorge Arturo Flores

FOTO: Memoria Chilena

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