Benjamín Subercaseaux, Tierra de Océano

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Jorge Arturo Flores

 

 Cuando se lee o nombra a Benjamin Subercaseaux, es inmediatamente  asociado con el texto Chile o una Loca geografía. Sin desconocer en él a un formidable ejemplar, nuestras preferencias, sin embargo, cabalgan hacia Tierra de Océano (la epopeya marítima de un pueblo terrestre), por algunas razones que desarrollaremos brevemente.

Chile o una Loca Geografía es un texto espléndido, con un atractivo tema y provisto de un estilo que lo hace llevadero y ameno. Es una mirada nueva a la geografía chilena y sus apuntes resultan atractivos. Sobresale el espíritu crítico sobre el carácter chileno, generalmente indolente y contradictorio.

De ahí su gran éxito.

No lo tuvo  Tierra de Océano.

Si bien es una defensa cerrada en torno a la importancia que el mar debiera tener para los chilenos, su trascendencia no corrió a la par con  la “Loca Geografía”.

El tema, desde luego, es distinto

Acá hay una sorprendente historia de los primeros navegantes de nuestro país, corsarios incluidos, junto a personajes históricos, con anotaciones singulares, curiosas y eruditas. A ratos parece historia novelada. Destacan los títulos de las tres partes en que se divide el libro, donde ondea, sin duda, un preludio poético, Los Navegantes del Alba, ( incluye Los Jinetes del Océano, Los Hombres del Horizonte y Los Campesinos del Mar); Los Monstruos Alados y Cuando la estrella descendió a la bandera.

¿Qué fue lo que nos cautivó de este libro?.

Todo, pero lo que nos hizo detenernos y prestar vigilancia fue la óptica que tiene el gran ensayista para referirse a ciertos capítulos de nuestra historiografía. Prevalece, por supuesto, su visión crítica sobre la idiosincrasia chilena. Resalta lo apuntado sobre Lord Thomas Cochrane  y San Martín, esa cofradía maldita denominada Logia Lautarina, el sibilino influir de Monteagudo,  la ineptitud de O’Higgins, y, por sobre todo, la ojeada distinta al combate naval de Iquique, donde, por fin, despunta el pariente pobre de la refriega, el combate de Punta Gruesa.

Es una desmitificación necesaria.

La misma que utilizó con particular éxito el mejor novelista histórico de Chile, Jorge Inostrosa.

Ambos no tuvieron seguidores en estas materias.

Las razones que encumbran la derrota de Iquique a la categoría de “victoria” nunca nos han convencido y lo atribuimos a la oportunidad histórica de la época para levantar el ánimo de la patria. Lamentablemente, ha persistido en el tiempo y hoy ocupa sitial importante en las celebraciones.

Los peruanos aun no entienden por qué celebramos una derrota.

No faltan, ciertamente, los exégetas que, con enrevesadas razones, explican que aquello no fue una derrota, sino un gran triunfo y hablan sobre el gran eco que tuvo en Chile.

Allá ellos.

Subercaseaux tiene otra mirada sobre la gesta de Iquique, más humana, más tierna, más sentida. Pero le cambia el ánimo cuando habla de Condell, la Covadonga y la derrota de la Independencia. Allí sonríe con las chirigotas de los fusileros en las cofas o con la impasibilidad de Condell.

Es que ésta fue un éxito.

Sobre esta victoria, extractaremos lo que el  autor concluyó:

Hubo algo muy nuestro  en esta acción de Punta Gruesa y fue que ella resultó practica;  interesada en cierto modo: salvamos nuestro buque e hicimos perder al enemigo una poderosa unidad, muy útil y decidora en el curso de la guerra. Este éxito, amen de la pericia náutica de Condell para sortear los obstáculos de la navegación durante el combate, hicieron del  encuentro de Punta Gruesa una brillante acción naval, tal vez la más interesante de cuantas se vieron en las guerras contra el Perú. Las hubo más heroicas y sangrientas, como la de Iquique; más importantes, pero fáciles, como la de Punta Angamos; más tercas y tenaces como la de Chipana; pero ninguna de ellas obtuvo un resultado material mayor con medios tan mínimos, ni pudieron vanagloriarse aquéllos de haber obtenido esos resultados por el simple juego de la táctica, unida a la pericia náutica.

¡Por qué nadie lo ha querido ver? Porqué este héroe ocupa un papel tan opaco en nuestra historia, privado como está, hasta del honor de un monumento?

La respuesta es todo un síntoma, cuyo leitmotiv ha venido marcando su ritmo desde la primera página de este libro hasta la última; nuestro sentido terrestre no gusta exaltar las epopeyas marítimas cuando estas son exclusivamente marinas en el espíritu aventurero y personal que ellas substraen de la inmensa libertad del mar…Por eso no tienen monumento nuestros corsarios, por eso la inmensa epopeya de Cochrane es solo un recuerdo confuso del pasado, donde prima el sentido terrestre, representado por un general extranjero que por poco no acaba con nuestra naciente Escuadra; por esto Condell es el pariente pobre de la Guerra del Pacifico y se aplica, como a Su Señoría (Cochrane), el calificativo de loco, porque sabía triunfar, navegar y pensar libremente bajo su sola responsabilidad; por eso en nuestro país florecen las leyes y la historia, marcos terrestres impuestos a la verdad multiforme de la vida; por eso ha sido necesario escribir Locas Geografías y Locas Historias…”

El extracto en comento, hasta hoy, continúa sorprendiéndonos (lo leímos a los 18 años de edad) y constituye un soporte maestro para encarar la mitificación de  la historia chilena.

Por otra parte, es impactante la disputa de Cochrane con San Martín. Su juicio sobre el Protector de Lima es demoledor y cuando estuvo en Mendoza como cónsul, alguien desempolvó esas páginas y  organizaron una guerra tal que el chileno hubo de renunciar y cambiar de aires.

San Martín es otro mito en la historia chilena y suramericana.

El ensayista desmenuza sus debilidades, su ignorancia táctica, sus oscuras pretensiones, su cobardía para enfrentar los desafíos, su desdén por Chile y lo confronta con la lógica del almirante inglés, mucho más  intrépido, honesto, valiente y atrevido que el argentino. De todo lo cual, San Martín no sale bien parado y nos forma una opinión que dista sideralmente de la ofrecida en los manuales de historia.

Es el gran mérito del ensayista nacional.

 CONCLUSIONES TERRESTRES

 El desconocimiento, tanto de nuestros corsarios como de la gesta de Cochrane, Latorre y Condell, posee una conclusión que se enmarca en lo terrestre. Pero también existe otra que Subercaseaux despliega con acierta y es singular: Chile admira a los mártires, goza con el dolor, se emociona con el sacrificio. Y lo celebra. En cambio, manda al desván del olvido a los héroes que, si bien ganaron, fueron inteligentes y geniales en su tarea, no murieron en combate, sino en la cama. Ejemplos claro de esto último son Thomas Cochrane, Juan Luis Latorre y Carlos Condell. Paradigmas clásicos de los primeros son Prat, sus marinos muertos y los masacrados en La Concepción (la excepción a la regla la constituye el caso  Ohiggins).

Así se explican muchas cosas.

Estamos hablando, por cierto, de una visión histórica  que coincide con la nuestra. Nada se aprecia tanto sino lo que se nos parece. No somos historiadores, sabemos que ellos piensan distinto y arriban a conclusiones que destrozan nuestra mirada anecdótica de la historia chilena.

Pese a ello, insistimos.

Por eso se agranda la admiración por Jorge Inostrosa y Benjamin Subercaseaux, observados desde la perspectiva desmitificadora, que nos obligó a reformular nuestro enfoque sobre la historia chilena, tan seria, ideologizada y, por lo mismo, prejuiciada.

Por ello, finalmente, Tierra de Océano es un libro capital en esta “santa materia” y ofrece la “mirada nueva” que pretendió instaurar el gran ensayista chileno.

Saludémosle con respeto. 

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