Carlos Pezoa Véliz, tarde en el hospital

Prohibida la reproducción del texto salvo que se nombre al autor y la fuente.

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Por Jorge Arturo Flores

¡Hay muchas tardes en el hospital de cualquier ser humano!. Son escasos los que escapan a sus garras. En general frías, inclementes, monótonas, cerradas de atmósfera, plagada de gemidos y olor a remedios. Asépticas en todo, hasta en la vestimenta de médicos y enfermeras. Mundo tranquilo en apariencia, pero sufriente, donde circula soterradamente la esperanza de salir o la resignación del final.

¡Qué lúgubre es un hospital!.

¿Y cuán pequeños somos frente a una adversidad sobre la que no tenemos el control?.Es igual cuando nos enfrentamos a la furia del  mar o estamos sometidos al miedo de un terremoto.

Dependencia pura. Tenebrosidad mayor. Desolación absoluta.

 La biografía del poeta chileno Carlos Pezoa Veliz es ampliamente conocida y no conviene abundar sobre ella.(*) Lo que siempre es grato, como buen lector, es volver sobre sus poemas, especialmente los que lo catapultaron a la inmortalidad en las letras, como son, por ejemplo, Nada y Tarde en el hospital.

En este caso, nos quedaremos una “tarde en el hospital”

¿Qué tiene este breve, grácil, leve poema que atrae, interesa y deja pensando?.¿Dónde está su arte, su facultad matriz que lo hace tan elocuente en escasas palabras?

Es la magia  del talento.

Para empezar posee una construcción simple, espaciada, sin recovecos. Luego, está el lenguaje empleado que es el  cotidiano. El tercer condimento es la maestría para reflejar una atmósfera, el ambiente de hospital, nada hospitalario sin duda. La cuarta virtud es la narración, sí, la narración de un motivo, en este caso, la enfermedad del poeta, postrado en cama, mientras afuera llueve. La lluvia, que cae mustia, grácil, leve, le da sentido al pensamiento del enfermo, lo sobresalta, despierta y lo fuerza a cavilar. Además, la lluvia trae angustia. La que transmite al yaciente.

Por eso piensa y duerme.

 La quinta esencia del poema, sin duda alguna, es la prolongada reverencia a la síntesis y la brevedad. Simplemente magnífico.

Ya tenemos los aciertos del poeta: facilidad, sencillez,  equilibrio, una lengua cotidiana, el ambiente, la atmósfera, la enfermedad, el mensaje, la síntesis, la brevedad.

El final, sin embargo, rompe la magia, la armonía, el descenso fluido. El “pienso”, que lo quiso rimar con “inmenso”, no es, a nuestro juicio, acertado. Pero tranquilos, somos malos críticos.

Repasemos una vez más esta inmortal creación.

 

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

 

 

Algo tan simple, tan bellamente retratado, donde nada falta ni sobra, con un manejo extraordinario del lenguaje y, sobre todo, con una capacidad de síntesis y brevedad que es toda una hazaña.

En tan poco, tanto.

(*) Ver biografía, comentario y libros en http://www.semblanzasliterarias.wordpress.com

2013

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