CHILE EN LLAMAS

El fuerte bombazo social que surgió en nuestro país, teniendo como detonante la evasión estudiantil en el Metro por el aumento de los pasajes en $ 30, significó una estampida inesperada para las autoridades chilena. Jamás esperaron un tsunami de estas proporciones, a tal punto que simplemente se vieron sobrepasadas en todos los aspectos, mostrando la cara más trágica, significativa y frágil de sus capacidades como gobernantes. No se salvó ninguno. Fue tal la ola arrasadora que hasta los políticos, culpables por su indiferencia, ineficacia y lejanía, que tampoco se distinguen precisamente por su honestidad y esfuerzo, mantuvieron un cómplice silencio, hicieron mutis por el foro y cuando la cuestión se volvió insostenible, se decidieron a dejar sus egoístas posturas personales y convinieron en buscar arreglo a la cosa. Rápidamente aprobaron el congelamiento del pasaje. Con rapidez inaudita crearon un proyecto de ley donde se rebaja por fin el sueldo desvergonzado de los congresistas y de todas las autoridades del país. Algo impensado. Estaban tan agarrados de la teta fiscal que no la soltaban ni siquiera cuando se les increpaba por sus convicciones democráticas. Y también, oh sorpresa, le pusieron límites a las reelecciones, otra vergüenza inmensa en sus hojas de ruta. Negocio, solo negocio. El país a la mierda. Pero ahora comprobaron con cierto pavor que la cosa iba en serio, que la olla no aguantó más la presión, que no había miedo a los militares, política ni a la cesantía ni a la paz social, ni a Seguridad Interior del Estado. Una nueva generación, que actuaba pacíficamente, no les tuvo temor, incluso a las armas, y le quitaron todo el peso y el recelo a los estados de emergencia y al toque de queda, a tal punto que ningún militar, policía o carabinero se atrevió a disparar a la ciudadanía. El escenario había cambiado y existe una nueva generación joven que tiene otras ideas, no las anquilosadas de izquierda y derecha, que son valientes y pacíficos. Que hay desaguisados, claro que sí, la rabia contenida provoca aquello, pero la acción mayoritaria es pacífica, firme, exigiendo solución a lo que les perjudica. Don Francisco, el conocido animador, se sorprendió de todo esto y derramó lágrimas de cocodrilo expresando que nunca pensó que había tanta rabia contenida. En qué mundo vivía este señor. En qué mundo viven los que pensaron que el país podía ser manipulado eternamente sin oposición, en qué mundo vivían los parlamentarios, ahítos de poder y riqueza, que se subían automáticamente los sueldos, sin consultarlo a nadie,  elegidos por sus votantes, que se reelegían cuantas veces quisieran, que formaban una casta privilegiada, ayudado por los inocentes que aun creían en sus zalamera promesas.

Esto no es ficción ni falacia.

Por primera vez los habitantes de este país estuvieron de acuerdo en que era cierto que existían abusos de todo tipo, que el modelo económico no les daba ningún beneficio, que las ganancias era para arriba y no para abajo, que no había solución para las pensiones bajas, para los de AFP e Isapres, que tampoco había una política que equiparara el precio de los medicamentos, inflados artificialmente por la colusión al igual que otros escándalos del mismo tiempo; que los peajes eran caros al igual que el valor del transporte, que con los sueldos miserable que obtenían de este modelo apenas alcanzaba a fin de mes, que la lucha cotidiana por sobrevivir no se veía compensada por los tremendos esfuerzos que realizaba a diario, en cambio, observaban con rabia e impotencia cómo trabajaban para unos pocos que recibían mucho y no había siquiera una actitud de acercar las diferencias insondables en el plano económico, etc. Por fin se volvieron todos transversales y estuvieron de acuerdo. Ahora exigen inmediata solución a los problemas planteados, nada de comisiones ni plazos eternos en el Congreso, ahora piden que trabajen los parásitos que ganan sueldos grandiosos y saquen leyes que por fin los favorezcan. Están hartos de tanta injusticia y abuso, en circunstancia que se puede evitar perfectamente con políticas más equilibradas, más sabias, más lógicas. Si no hay acuerdo ni solución a los problemas planteados, se corre el riesgo que la ciudadanía vuela a entender que no los escucharon, que no les dan pelota, que siguen viviendo en un mundo de Bilz y Pap, y retornarán a lo mismo, con el peligro que se imponga una cultura de la impunidad (nadie nos puede disparar) y se desarrolle realmente una guerra fratricida. Es apocalíptico, increíble, absurdo, pero no estamos tan lejos. Los habitantes le tomaron el gusto al saqueo impune y cada vez que puedan lo van a hacer con la certidumbre que nada les ocurrirá. Eso es terrible.

Es la consecuencia inmediata de no resolverse los problemas.

El tema es vasto. Solo tomamos una cuerda del ovillo.

ARTURO FLORES PINOCHET, escritor 2019