CHILE, PAÍS DE POETAS

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Por Jorge Arturo Flores

Desde su nacimiento, Chile fue motejado como país de historiadores. Era lo que más abundaba. La exuberancia de historiadores disminuyó con el tiempo y en el siglo veinte surgen más especialistas que historiógrafos generales. Nombrar a los más acreditados resulta inoficioso puesto que el común de los chilenos los sabe de memoria.
¿Cuándo comienza el inicio de la poesía en Chile?. Todos parten con Ercilla y Pedro de Oña, pero el gran vislumbre se origina, a nuestro juicio, a partir de la primera mitad del siglo veinte. “In illo tempore”, comienzan las primeras manifestaciones artísticas de los que, posteriormente, serán grandes poetas chilenos, llámese Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha y Nicanor Parra.
El siglo veinte es el siglo de los poetas.
No en vano, durante su periplo, Chile obtuvo dos Premios Nobel y un Premio Cervantes, (que equivalen al Nobel en letras españolas), hecho que en América del Sur, al menos, no tiene parangón.
Posteriormente, en el año 2003 y 2011, dos poetas chilenos, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra obtienen el premio Cervantes.
Entonces, el Chile país de poetas es un marco que tiene un sólido respaldo.
Si nuestro país es territorio donde se cultiva afanosamente el género poético, podría columbrarse que también es fuente de buenos ingresos para los creadores y la lectura de sus trabajos es algo natural, casi cotidiano.
Es una conclusión valida.
No obstante ello, la realidad dice otra cosa.
En Chile se cultiva mucho la poesía, la mayoría de los escritores se inicia con ella, se escribe en cantidades casi excesivas, pero ocurre que los chilenos no leen poesía y, por consiguiente, tampoco la compran.
Ser poeta en estos campos no es un callejón para el éxito económico.
Tal vez alcance para la popularidad. Pero más allá no, con las consabidas excepciones de los grandes anteriormente mencionados.
En suma, la poesía no vende en Chile ni se lee en la misma proporción en que se produce. Es una realidad tangible, fácilmente comprobable y que no debiera merecer reparos.
¿Por qué?.
La poesía, al contrario de la novela, el cuento, la historia o el ensayo, necesita de un lector peculiar, una persona que debe adentrarse en un mundo que no es fácil, porque muestra la interioridad del autor y cuya faena tampoco es fluida ni comprensible, salvo algunas excepciones como Parra, Hahn y Teillier. Prima generalmente la hermeticidad, el afán de pasar o posar de filósofos, psicólogos, sociólogos o genios. El afán vanguardista los engulle, aunque sepamos que hace tiempo nada nuevo crece bajo el sol. Todo ha sido creado.” E pur si mouve” dirán algunos. Ciertamente. Se mueve. Pero no en la dirección que sus autores querrían.
En la búsqueda de originalidad, los bardos o aprendices de tales se conturban, arriscan el ceño, se enroscan, prefieren la oscuridad (sinónimo de sabiduría), retuercen la palabra, la hacen compresible sólo para ellos y se necesitaría un libro explicatorio, como las pinturas, para entenderlos.
Algunos parecen hasta alienados.
Todo sea por parecer vanguardistas, revolucionarios, originales.
También están los poetas artesanales, los caseros, los que escriben porque sienten el bicho artístico, los que simplemente transcriben sus discernimientos cotidianos al través del metraje poético, sin mayores pretensiones (aparentemente), los que escriben por terapia, porque sí, porque les nace hacerlo, porque conviene a su espiritualidad, etc.
En el fondo tampoco esconden el afán por obtener laureles.
Sin embargo, aquellos y éstos no hieren lo suficiente la sensibilidad del ser común, con las salvedades de rigor, como para encumbrarlos a las cimas soñadas.
Por eso la poesía no vende, por eso deja de ser atractiva su publicación, por eso quedan reservados sólo para amigos, familiares y colegas. Por eso, finalmente, no se lee tanto ni trasciende más allá.
La novela gana lejos, lejísimo.
Ésta, como se comprenderá, tiende a interesar al lector al través de sus confabulaciones atrayentes, lo retiene con su tensión dramática, con el estudio pormenorizado de sus protagonistas y personajes secundarios, captura, en otras palabras, al desprevenido o cómplice lector y los lleva por campos en que la imaginación es profusa. Los somete a vaivenes concebibles e inconcebibles, lo zamarrea, lo inquieta, lo estremece, lo hace llorar y soñar, vulnera sus fibras íntimas, etc. Además, posee la ventaja de lo ilimitado, aunque, en algunos casos, se transforma en una desventaja…
No tiene, al menos en el imaginario popular, contrincantes que la superen o pongan en suspenso su perennidad.
Ahora bien, en este mismo esquema sin duda que la poesía ha dado con notables expresiones que conmueven, hacen pensar, estremecen, tocan las fibras íntimas. Hay excepcionales y el mundo ya sabe de ellas, incluso queda mejor en la memoria que la novela, porque es breve, emocional, subjetiva, de piel, pero curiosamente su vuelo es corto y con rapidez se pierde en el olvido, con las excepciones conocidas.
Una lástima porque, al ser más íntima, igual mantiene sitios importantes en la aceptación pública.
Por ello, aunque la novela la supere, no muere.

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