CHILE, TAMBIÉN PAÍS DE HISTORIADORES

Por Jorge Arturo Flores

Como se sabe, es de común ocurrencia que tratemos a Chile como país de poetas. Es un aserto que está magnetizado en el imaginario popular. Además, es cosa sabida desde pequeños. No puede negarse que lo es. Hay, como pruebas contundentes, dos Premio Nobel y tres Premios Cervantes que lo atestiguan, todo lo cual nos pone a distancias considerables de nuestros vecinos de América del Sur. Asimismo, existen otros galardones de diferentes naciones que hablan, sin duda, de esta especial inclinación patriota hacia uno de los géneros más populares de la literatura.
Sin embargo, y es lo curioso, se lee poca poesía y se vende menos.
Queda reducida a círculos íntimos.
Pero, no hay que olvidar que Chile también es país de historiadores.
Lo fue desde su amanecer como nación hasta nuestros días. Los analistas chilenos manifiestan un amor entrañable por todo el pretérito. En otras palabras, aman a su país y a su tradición con una prodigalidad y entusiasmo realmente notable, a tal punto que la suma de libros que escarban en el pasado es, a veces, superior a la de países que nos superan en número de habitante e importancia histórica.
Eso ya lo dijeron, en su oportunidad, distinguidos intelectuales.
Les sorprendió, parece, ese afán casi fanático de los chilenos por conocer su pasado.
También la sumatoria de historiadores, a veces, sobrepasa la de los poetas.
Pues bien, durante el Siglo Diecinueve hay una profusidad de historiadores cuya tarea, además de necesaria, fue importante.
Pero es en el Siglo Veinte cuando surgen los historiadores más conocidos y reconocidos en el ámbito nacional, José Toribio Medina, Diego Barros Arana, Francisco Encina, Sotomayor Valdés, hasta confluir con los investigadores Jaime Eyzaguirre, Alberto Edwards, Gabriel Salazar, Sergio Villalobos, Gabriel Guarda, Mario Góngora, por nombrar algunos.

¿Cuál es la diferencia entre aquellos robles enhiestos, indemnes a los hachazos que pugnaban por derribarlos, y la nueva generación?.
Hay sin duda una suerte de reconocimiento de la historia de Chile basada, con seguridad, en nuevas herramientas que tienden a obtener la ansiada imparcialidad, la objetividad que da un cartabón de absoluta certidumbre y, porque no, de desdeñosa preponderancia intelectual. De esta manera se agostan los interminables tomos de Barros Arana, Francisco Antonio Encina, Gonzalo Bulnes y otros y se condensan en volúmenes especiales que cogen ciertos períodos, no escondiendo en estas pretensiones el íntimo motivo de desestabilizar a los dinosaurios tradicionales y aportar rocío refrescante a las hojas pretéritas.
Digamos, a modo de complementación, que el tinte político es el gran segregador de estas corrientes como lo ha sido en todo el trayecto, pero que, en la actualidad, dada la instantaneidad de la información, es más notorio.
La política, presente en todos los tiempos, mete su oscura y raída cola en los campos históricos y literarios.
Parece un estigma.
Ahora bien, de todo este proceso, analizado por los historiadores contemporáneos, desdeñosos de los viejos historiadores, podría deducirse que sus aportes bordearon la soñada objetividad, independencia e imparcialidad de sus juicios. Es lo esperable. Sin embargo, nada más alejado del escenario. Reina la intolerancia y el desdén. Aunque cuesta aceptarlo, es de conocimiento general que las historias de los países son escritas por personas que tienen preferencias sociales, políticas y religiosas ostensibles. No pueden destrabarse de esas ataduras. O sea, historia personal. Todo lo que profieren en sus textos está teñido de la subjetividad inevitable de sus personalidades. Es imposible dar con un discurso imparcial, independiente, objetivo. Suena hasta ridículo. Y mucho ganarían los señores investigadores si, al empezar su trabajo, expresaran que lo investigado refleja su parecer, lleva su impronta, es parte de la persona que escribe y no hay, por consiguiente, aires de imparcialidad, independencia y objetividad en sus juicios.
Es lo ideal.
Pero, como sabemos, los ideales son utopías, quimeras, instancias irrealizables. Aprovechando esa connotación, los trabajadores del pretérito, para convencer, juran y rejuran sobre sus papeles que lo escrito es objetivo, imparcial e independiente de todo y todos. Y no indican, por supuesto, que es su apreciación personal.
La cuestión es convencer a toda costa.
En suma, en síntesis, en resumen, Chile también es un país de historiadores. Lo ha sido siempre y posee como respaldo un arsenal libresco de significativo valor. Es innegable. Esa tendencia ha permanecido en el tiempo y, a medida que transcurre la cronología, surgen nuevas voces, otras miradas, se establecen parámetros aparentemente sólidos, dando con ello la imagen contundente que las historias están escritas sin asomo de subjetividad, sino muy por el contrario, todo lo cual mantiene al lector en suspenso: o lo acepta a rajatabla, lo rechaza  o simplemente se convierte en otro ser que acata, como los borregos, las directrices que se imparte desde arriba, es decir, desde las cúpulas ideológicas o élites económicas o las jerarquías religiosas.
En tal sentido, a pesar del cambio, nada cambiará.

(Es propiedad del autor. Todos los derechos reservados)