CUANDO DAMOS LAS GRACIAS

Cuando ingresamos a una tienda y adquirimos un producto, al despedirnos, decimos muchas gracias. Es signo de buena educación. Otros sólo se despiden. “Cada uno con su gusto”, diría esa viejecilla revolviendo la sopa, no “con la pata de la guagua”, como es el dicho popular, sino  con un celular. Pues bien, le hemos dado vueltas a esas “gracias” que proferimos cuando recibimos lo comprado y abandonamos el sitio ¿Por qué agradecer por algo que estamos pagando? ¿Nos están haciendo un favor? Porque cuando recibimos un favor damos las gracias. De Perogrullo. Pero si compramos algo, pagamos el importe, que siempre es oneroso ¿por qué agradecer? Claro, sí, de acuerdo, cuestión de buenas costumbres, de educación recibida. Está bien. Lo que abunda no daña, salvo la obesidad. Pero si aplicamos una lógica elemental quien debiera agradecernos es el que nos vende, porque gracias a nosotros recibe dinero y ese dinero le sirve para vivir. Elemental Watson. Lo mismo ocurre cuando vamos a un lugar para comer. Los dueños y garzones felices. Ambos ganarán en esta transacción y podrán vivir felices comiendo perdices. Pues bien, nos retiramos y damos las gracias. A lo más cabría felicitar al chef por su esmero, aunque es su deber, o decir buenas noches. ¿Y por la atención recibida? Preguntarán. Es parte del precio. Nos vamos, decíamos,  con  la “guatita llena y el corazón contento” y si se trata de una comida con alguna mujer, es decir, una cita, o con la cónyuge para que no piensen mal, (escogemos la primera),  además de la guatita llena y el corazón contento, existen serias expectativas de finalizar con un postre maravilloso: la cama. Tal vez ahí se justifica, con creces, dar las gracias… (Apostamos triple contra sencillo que, cuando leyeron “la cama”, la asociaron  de inmediato con el sexo. Mal pensados. Nos referíamos a los dulces sueños después de una velada gratísima). Ni yo me la creo.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020