EDUARDO SOLAR CORREA

duardo solar correa

Por Jorge Arturo Flores

No son escasos los méritos de don Eduardo Solar Correa en  el panorama de las letras chilenas: profesor, abogado, ensayista literario, historiógrafo (a diferencia del historiador), etc., son los títulos que adornan su vasta trayectoria. La docencia, eso si,  lo absorbió en demasía por lo que su producción literaria, si bien contundente, es parca, aunque no por ello menos importante.

Sobresale en su quehacer artístico la mesura, el equilibrio, el respeto a las formas clásicas del lenguaje y estilo.

Dueño de una honda erudición, su tarea tendió a la didáctica en desmedro un poco de su labor literaria. Pese al extenso conocimiento que poseía en las materias que dominaba, ello no lo tentó y evitó caer en los tradicionales tecnicismos a los cuales son tan proclives quienes, en vida, no han podido acceder a los tronos sociales y académico que sueñan.

Para ello recurren a la jerigonza oscura y detestable.

Don Eduardo Solar Correa, merced a su inclinación didáctica, deviene en textos que son modelo de ecuanimidad, buen criterio, sobresaliendo, reiteramos, su claridad literaria, no exenta de un estilo sobrio, ajustado a las forma clásicas del lenguaje.

Hay consenso, sin duda, en señalar la importancia de sus trabajos, especialmente las conocidas Semblanzas Literarias de la Colonia, que han seguido editándose, como asimismo, sus antologías poéticas referidas a la poesía hispánica y latinoamericana.

Prácticamente todo es panegírico.

Sin embargo, si bien es nombrado en los panoramas, historias y estudios especializados, no tiene aún, o es lo que percibimos, el eco necesario como para tener un sitial más alto en las letras chilenas. No en vano fue miembro de las Academias de la Lengua y de la Historia. Pero, repetimos, hay en torno suyo una suerte de olvido que no se corresponde con las críticas favorables que tuvo.

¿Tal vez conspiró su genuina falta de soberbia, su tarea silenciosa en la docencia, su afán por investigar antes que darse a conocer?.

Puede ser.

Por ahí, un escritor de algún renombre (Jorge Edwards), decía que “era un caballero de polainas y de corbata de pajarita, de grandes mostachos y de bastón”. Antes lo había tildado de “un personaje anticuado, anacrónico y simpático”, con lo cual evidentemente quiso posar de humorista frente a sus lectores.

Alguien debió sonreír. . .

Raúl Silva Castro, en cambio, le dedicó conceptos justos y elogiosos. Dice: “En la literatura crítica chilena ocupa Solar Correa un lugar de excepción por el equilibrio de que dio muestras en sus ensayos. Después de abarcar las letras españolas, hubo de concretarse en !a parte final de su labor a las letras nacionales, en cuyo esclarecimiento se le deben contribuciones de primera categoría. Los estudios que publicó sobre Ercilla, Oña, Ovalle y otros escritores, son decisivos para juzgar a los autores de la literatura colonial ante la sensibilidad literaria de hoy. También merece mención en esta parte de su obra el libro titulado Las tres colonias, que se publicó después de sus días (1943), en el cual retiene noticias dispersas para caracterizar los tres siglos de dominación española desde el punto de vista espiritual y con relación a la formación del carácter del pueblo chileno. Aunque no era aficionado a las polémicas literarias y en vida mantuvo siempre completo apartamiento de capillas y de grupos, adoptó por única vez actitud de polemista con La Muerte del Humanismo en Chile ( 1934), libro destinado a lamentar la supresión de los estudios de latín y de griego. El estudio mismo es un capítulo de la historia literaria que estaba por escribir y una espléndida monografía que muestra en el autor erudición y buen gusto”.

Para las generaciones actuales, nos referimos a quienes, de una u otra forma, gustan de la lectura de autores chilenos, Eduardo Solar Correa les debe sonar  un perfecto desconocido. Incluso tememos que tal desconocimiento se extiende  a quienes, por obligaciones propias de estudios pedagógicos, lo visitan. Es que el hombre tuvo en su afán literario  la misma carencia de figuración que en vida. Era un ser sobrio, tranquilo, educado, ” a la antigua”. Y ello, naturalmente, conspira contra los que, en materias artísticas, tiene como único fin sobresalir a cómo dé lugar, aunque sea subiendo en los hombros de sus competidores.

Pero quien logra acceder a sus trabajos, agradecerá el placentero paseo que les brinda su estilo claro y su lenguaje preciso, además de la irrepetible enseñanza que sus palabras dejan en la estela del conocimiento.

Sean estas brevísimas palabras una suerte de homenaje para quien, pensamos, es un gran ensayista en la literatura chilena.

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Extraído de nuestra página web http://www.semblanzasliterarias.wordpress.com