EL QUIEBRE DE LA LITERATURA CHILENA

Aparentemente, porque nada es categórico, percibimos un quiebre profundo en la literatura chilena a partir de 1973, es decir, los acontecimientos también arrastraron a las letras criollas en la división de los compatriotas. No corresponde explicar las razones religiosas, políticas y económicas del asunto porque es archisabido y las segmentaciones pasaron a la categoría de absolutas, ya que no tienen ni tendrán solución. Es un quiebre irreversible. Pues bien, como lectores,   advertimos el corte aludido. Antes del famoso año divisamos una suerte de siglo de las luces que va desde principio del siglo   hasta… el año 1973. Allí surgieron los que hoy calificamos de inmortales en las letras, los que con propiedad se adjudicaron el título de clásicos, los que le dieron a la patria dos Premios Nobel de Poesía y un Cervantes en narrativa, los que no han sido superados a la fecha. No es, por tanto,  un juicio ligero y carente de erudición, sino representa los que la historia indica. Porque, si hacemos un brevísimo catastro, ¿quiénes, en los tiempos contemporáneos, podrían hombrearse, por ejemplo, con los dos Premios Nobel de Poesía, con novelistas de la talla de Manuel Rojas y José Donoso, ambos Premios Nacionales, con poetas de la estatura de Nicanor Parra (Premio Nacional y Premio Cervantes) y un poco menos Jorge Teillier? Y no olvidamos a Vicente Huidobro ni a María Luisa Bombal. ¿Quiénes podrían? Por supuesto, ninguno. Quedan a kilómetros de distancia o no alcanzan siquiera a los talones. Tampoco dejamos a un lado a los grandes de la crítica literaria (Omer Emeth, Alone, Silva Castro, Latcham, Del Solar e Ignacio Valente), cuyo legado se perdió y hoy no existen, (ni siquiera por si acaso),  alguien de la misma estirpe. Asimismo, no surgieron más ensayistas de la calidad de Benjamín Subercaseaux y Jorge Millas ni menos novelistas históricos a la altura del más grande en esos terreno, Jorge Inostrosa.  Si el Premio Nacional de Literatura fuere una medida válida, es posible ver la evolución artística de los citados premios después del año 73. Salvo honrosas excepciones, cerca de tres con mucha generosidad, la mayoría de esos elegidos reflejaron, primero, el tinte político; segundo, el pago de favores ideológicos, tercero, un trabajo literario regular, apenas decoroso, pero sin ningún valor para alcanzar alturas, relevancia ni perspectiva histórica. Nacieron y murieron, sin traspasar ninguna frontera. Solo quedaron en el recuerdo de los familiares amigos y del vecino. Se perdió el respeto por el Arte. Triunfó la pecha ideológica orquestada por un partido, en particular, el de color rojo. Se libran algunos, pero son los menos. Y cuarto, obras perfectamente desechables y postulantes permanentes al desván oscuro del olvido, sin salida ni aplauso del lector, con excepción, claro está, de los que representan sectas ideológicas teñidas de tono rojizo, cuyos simpatizantes las leyeron alguna vez o ninguna, pero que, sin embargo, aplauden para que los escuchen sus compañeros de lucha. O sea, nada valioso, muy panfletario, con evidentes sesgos políticos, de los cuales les fue imposible abstraerse. Eso es la literatura después del 73 y que permanece  sin cambios en la actualidad. No han surgido voces capaces de eclipsar a los vetustos del siglo 20. Y tampoco se ven. Por consiguiente, no es aventurado decir que las letras chilenas están fracturadas, no tanto en lo temporal, sino también en los artístico. La mediocridad escogida es lo que más se ve  en estos campos. Por eso, a no sorprenderse si el chileno medio no lee. Pero a no extrañarse tampoco: a nivel mundial también desaparecieron los grandes escritores que dieron a luz textos inmortales. Debe ser el sistema socio-económico imperante que, poco a poco, nos empuja al precipicio de la mediocridad. Y ese  constituye un abismo sin vuelta, donde solamente reina la muerte del espíritu. ¡Lúgubre horizonte!

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020