EL CANTO DEL ZORZAL

La imagen de este pájaro amarillo-café nos recuerda, sin duda, el sur de Chile. Su presencia constante en la ciudad habla de lo bien que se  amoldó a la vida citadina, aunque, por otro lado, no es bueno, ya que no está en su hábitat. Al menos, está libre.  ¿Por qué esta nota? Simple. Todas las mañanas a las 6 horas me despierta un zorzal con sus trinos. Eso no tiene nada de singular: todos los pájaros cantan cuando la noche muere y brota el día.  Cuando lo escuchaba siempre discurría que  conversaba con sus pares dado el amplio abanico de voces. Es común en el campo que un pájaro trine y otros le contestan, pero en este caso no era así. Un día me asomé lentamente a la ventana y lo vi. Hermoso, parado en la línea telefónica. Solitario. Su pico desgranaba, no solo una melodía, pásmese, sino llegué a contar 3 y hasta cuatro. Miré para otros lados y nada. Era él  quien perfumaba el aire con sus bellos trinos. Quedé  sorprendido. Había leído que su canto era el más completo y complejo, según algunos ornitólogos, pero en el sur escuchábamos uno solo. Esta vez eran varios visajes musicales. Un concierto acompañado por otros gorjeos de distinto tono. Lo observamos un rato. Enhiesto, mirando a lado y lado, lanzaba su canto al infinito. Después de la cantata matinal, íbase, de seguro, a comer lombrices. Todas las mañanas me indica que amaneció. Todas las mañanas lo escucho. Todas las mañanas su canto me dice que este mundo, pese a todo, es casi aceptable.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor, 2019