EL JURADO EN EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

En un principio el jurado para discernir el máximo galardón literario en Chile estuvo compuesto por personas idóneas, es decir, poetas y escritores. Recordamos que la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) poseía importante sitio en el debate. Pero algo pasó allí, seguramente la infaltable política metió la cola o la sensible epidermis de los autores corrompió el sistema, posibilitando la llegada de otra clase de miembros para tan difícil tarea. De esa forma aparecieron, oh paradoja, Ministros de Estado y rectores de universidades. ¿Qué hacían, nos preguntamos, ministros y rectores en la discusión de un premio literario? A simple vista, están fuera de foco, son extraños en esos páramos, resultan ajenos a todo compromiso literario. Lo que pudo ser una solución se convirtió en una perdición. No tenían, naturalmente, dedos para el piano, sus intereses eran diversos, no entraba en sus cabales discernir o investigar a los competidores. Otros eran sus ideales. Pero las conveniencias políticas y, con toda seguridad, unos emolumentos apetitoso hizo que prosiguieran años en este accionar. Respaldando el aserto, veamos la composición del último Premio (2018). Lo formaron el Ministerio de la Culturas, las Artes y el Patrimonio, dos rectores (Universidad de Chile y Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación), un representante del Consejo de Rectores, una delegada de la Academia Chilena de la Lengua y el último Premio Nacional de Literatura. En suma, tres rectores, un ministro, un representante de la Academia Chilena de la Lengua…y un poeta o escritor. ¿No creen ustedes que, a simple vista, la cosa, aparte de absurda, está desbalanceada y notoriamente coja? ¿Qué valor puede tener el dictamen de rectores y ministros sobre un laurel que abarca la prosa y el verso?
Ninguno.
Los discernimientos, entonces, fueron polémicos, cobraron víctimas y ardió la llanura.
Nadie quedaba contento con sus juicios. Nada extraño, por lo demás, porque dudamos que en un concurso los perdedores encuentren justicia en el ganador.
El tema, varias veces tratado, parece que al final explosionó y las autoridades tomaron el toro por las astas, en este caso, el Premio Nacional, echando a caminar un Ministerio de la Cultura, Artes y Patrimonio y con ello la selección de un nuevo jurado para las diferentes áreas artísticas en competencia.
Aguardemos que esta vez le apunten al blanco, porque si de nuevo aparecen las cabezas de ministros y rectores, significa que nada fue aprendido, que son más duros que pata cruda, que no tienen idea y que la solución, nuevamente, no extingue el problema.
O sea, volvemos a lo mismo. ¡Que los dioses nos protejan!

PD Con el objeto que no se produzcan, en los escogimientos, dudas respecto al valor, trayectoria y género del ganador, sugerimos otorgar anualmente un Premio Nacional por género o categoría o como quiérase llamar. Por ejemplo, Cuento, Novela, Poesía, Ensayo. Se terminan muchos problemas. Lo otro, la popularidad manifiesta de algunos autores ¿no sirve acaso como mérito también para el laurel? Debiera serlo. Por algo logran esa meta. ¿Por qué? Porque algunos premiados, un buen numero, no los conoce nadie, tan solo su familia a la hora de almuerzo.
ARTURO FLORES PINOCHET (2019)