EL LADO OSCURO DE NERUDA

Escuchaba no ha mucho a un escritor referirse a la coherencia que él buscaba entre el hombre y el literato para investigar su trabajo literario. En otras palabras, indicaba que era importante para su investigación  que el autor tuviera conexión con su vida y obra. En el fondo, porque vemos bajo el agua, quiso justificar el compromiso  que cada autor debiera tener en la existencia diaria. No concebía que los escritores no tuvieren una obligación social. Respetable ponencia por cierto. Recordamos que apoyarse en la vida del autor para criticar un libro fue, en épocas pasadas, una metodología utilizada con asiduidad y fue, asimismo, fuente de controversia en lo tocante a la crítica literaria. Después, entendemos, la cuestión cambió y se trató de buscar el Santo Grial de la objetividad. Entre ellos, el estructuralismo. Algo así como el análisis científico de una obra artística, asunto que partió muerto pues es imposible analizar científicamente una obra creada al través de la hipersensibilidad. Desde el momento que eliges un texto para estudiarlo y no otro, ya demuestras la subjetividad inmanente y haces tabla rasa con la supuesta imparcialidad. Bien. Nos quedó dando vueltas aquello de la coherencia. Sabíamos el motivo íntimo, sin duda, pero el tema era susceptible de polémica. Nuestro referente, por ejemplo, era incondicional de Pablo Neruda. Con seguridad, aparte de tenerlo en un altar, estudió su vida y obra. Aplicando su método coherente, ¿qué  ocurrió cuando comprobó lo que todo el mundo sabe: que el poeta no era precisamente consecuente con la idea comunista, sino se trasformó en un burgués acomodado; que Neruda como padre no fue ciertamente un buen progenitor porque abandonó a su hija; que durante su vida matrimonial fue infiel varias veces, abanicándose con la moral; que en la cotidianidad era machista, que en Ceilán, cuando fue cónsul, violó a una empleada (Lo dice en Confieso que he vivido), que su mano impidió dos veces que Vicente Huidobro recibiera el Premio Nacional de Literatura y en una a Pablo de Rokha, etc. Hay mucho paño que cortar. Es lo que algunos han llamado “el lado oscuro de Neruda”.  Entonces, ¿cómo diablos el hombre de marras podía sustentar la teoría de la coherencia si uno de sus ídolos hacía agua por todos los costados y no era leal con su ideario? Súmele las controversias políticas respecto al plagio de varios poemas y veremos que la cuestión se nubla. Además, ciertas feministas sugirieron no leer al Nobel por su trato hacia la mujer. Entonces algo no encaja en su discurso, salvo que, como creemos, su visión estuviere plenamente comprometida por sobre todo y sólo requería de justificaciones públicas para insertar la idea preconcebida. Puede ser. Aunque también cabe pensar que el hombrón es buena persona, no va por el fragor ideológico su premisa y piensa honestamente que el autor debe comprometerse con el medio. También puede ser. Hay que buscar un equilibrio y no liquidarlo de inmediato, aunque se tengan ganas  de apretar el gatillo. En lo personal tenemos dudas sobre su real intención, en especial,  lo referente a Neruda. Y vaya a saber usted si en otras investigaciones sobre autores, a pesar de tener conocimiento de sus discordancias, se comporta con la misma seriedad con que abordó al vate chileno. Eso es más delicado y se llama inconsecuencia con sus principios. Pero démosle el beneficio de la duda. El hombre no se ve tan malévolo de presencia física.

ARTURO FLORES PINOCHET, escritor 2019