EL MISTERIO DE LA LA CREACIÓN LITERRIA

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione el nombre del autor y la fuente.

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Por Jorge Arturo Flores

Detrás de cada invención hay un itinerario de  sudores, afanes, inspiraciones, ensimismamientos imaginación,  como también, ruptura con la realidad, búsqueda del sagrado silencio, y, en medio de todo,  es el cuento, un poco de talento.

Para concretizar, por ejemplo, un libro, que para muchos puede parecer cosa fácil, especialmente si no tiene calidad, es necesario todo lo dicho y varias cosas más.

¿Dónde, cómo, cuándo se provoca la chispa que induce a un autor  trasladar al papel sus inventivas?. Al principio es una idea, luego deviene  el bosquejo y la nomenclatura general. Hasta puede pensarse en el final anticipado.

Pero cuando se carece de algunas herramientas no es fácil y no todo es oro lo que reluce como seguramente pensó el diletante.

Vamos a teorizar un  poco. No para quien lee esto, sino para el que escribe. .

EL ORIGEN

Creemos que la creación literaria importa varios aspectos. Uno es la vocación, otro  el talento. Más allá una cultura apreciable. Por acá conocimientos mínimos de  gramática, ortografía y técnica literaria. Desde luego, facilidad para redactar, una gran imaginación  y un acervo de lecturas importante.

El mucho leer ayuda a escribir.

Y provoca esa mariposa en el estómago que obliga, en algún momento, vaciar todo aquello. Hablamos, claro está, de lecturas con algo de contenido, aunque a la hora de las evaluaciones hasta la mala literatura sirve.

Luego está la vocación.

Esto es más difícil. Significa sacrificio y constancia, dos virtudes cada vez más escasas en este mundo  puesto que la inmediatez es lo que importa y la lejanía con el compromiso es la base de muchas opciones. Puede darse el caso que alguien tenga mucho talento, pero carece de vocación y se pierde. O viceversa. Resulta extraño, pero lo hemos comprobado. Alguna vez vimos en las paredes de una casa bellas pinturas, originales, pulcras, producto de un trabajo concienzudo. El dueño nos dijo que las había pintado cuando joven. Soltero. Había allí sin duda un artista con vocación y talento. Después, lo de siempre, matrimonio, hijos, trabajo. Y se acabó esa vocación. Murió la práctica porque él nunca olvidó pintar como no se olvida andar en bicicleta o nadar, aunque se haga distanciadamente.

¿Cuántas virtudes artísticas se perdieron en el camino porque sus poseedores prefirieron otras rutas, más placenteras o simplemente no pudieron continuar por otras razones o, en definitiva, no tenían vocación, pero sí talento?.

Muchas.

La vocación supone constancia, afán,  renuncia,  no claudicar, dedicando todo el tiempo posible a ese grato quehacer, aunque afuera llueve, truene y desciendan rayos.

He ahí, entonces, algunas pautas que envuelven y sirven a la génesis artística como soportes para su concretización.

LA PAGINA EN BLANCO

Todo lo anterior  es necesario y básico. Sin duda. Pero antes,  el autor debe contar con algún contenido a exponer. Es el meollo, la almendra, la razón de escribir. Algunos lo hacen desde su biografía, otros de sus padecimientos. O ficcionalizan todo, a partir de una perspectiva realista, para engañar al lector. La autobiografía también es insoslayable a la hora de originar hechos, situaciones, tramas. Se filtra. Siempre y cuando la persona tenga una rica vida interior, de lo contrario, la cosa no funciona.

¿Busca el tema el autor o éste va a su encuentro?.

Las dos cosas. El que busca siempre encuentra y puede toparse si hay oficio, inteligencia y técnica  de por medio. Facilita el trabajo. Pero, en otras ocasiones, es al revés. De lo alto desciende un rayo de luz y se posa en el cráneo del autor, dándole el puntapié inicial. Después él, con su talento, virtudes y defectos, con su acervo cultural, con la técnica adquirida, con la amplitud de conocimiento de  vida y del arte, con la facilidad para redactar, inicia la escritura,  desarrolla el argumento,  crea personajes, ambientes,  encarrila la acción,  privilegia en los  diálogos la fluidez, sin  absurdas disquisiciones y evita farragosas pinturas, tanto de lugares como del alma.

La descripción, si no da vida, mata, diríase, parodiando al gran Huidobro.

En consecuencia, la inspiración existe, aunque muchos la nieguen. Son instantes precisos, preciosos, provocadores;  son llamaradas fugaces que iluminan y abren el horizonte. Es el maná del cielo. Ahí estarán los que recogen y los que pasan de largo.

Como en la  economía, es cuestión de oportunidades.

El misterio de la creación, como decíamos, es un instante único. Pero después sobreviene el otro misterio que es el desarrollo de la idea, del asunto o del motivo, esa fantástica manera de ir creando personajes, inventando dramas, provocando conflictos, colocando emoción, humor, deseos. Tanta cosa. Es otro misterio porque  la imaginación comienza a destilar su contenido y el escritor ve con sorpresa como avanza el relato,  con escenarios, incluso, que no previó al principio y que surgen de los matorrales, sorprendiéndolo.

El que tiene oficio no se aturde. Ya es una costumbre.

Pero el escritor, que todavía mantiene la capacidad de asombro, no puede menos que maravillarse al leer lo  redactado, quedando absorto y levantando la vista sorprendido, como diciendo ¿y esto lo escribí yo?.¿En qué momento, cuando, cómo surgió?.

Hay una zona ciega que no  devela el gran secreto.

Jorge Luis Borges decía “el escritor no sabe lo que escribe. Si lo guía el espíritu santo, es un amanuense”.

Notable.

LA ORIGINALIDAD

Este debería ser el punto más crítico, más delicado, más trascendental en la creación artística. Es la titánica búsqueda por descubrir algo que nadie haya visto. En otras palabras, ser el primero en revelar mundos, el primero en hollar el camino, el único en obtener la llave para abrir el paraíso.

Ser  vanguardista, en otras palabras, ojalá creando escuela.

Es humano, lógico, hasta comprensible que el ser, especialmente el dedicado al arte, pretenda estas cimas. Porque  lo contrario es marcar el paso, seguir la trillada senda, sin apartarse de la manada. Y el artista,  por sí y ante sí, quiere destacarse, abandonar  la muchedumbre, constituir caso único, buscando  una piedra, ojalá muy  alta,  desde la cual otear el horizonte y, ¡ay!, mirar con cierta condescendencia a quienes caminan  abajo.

La soberbia, como la serpiente, está al acecho.

Pero lo triste, lo lamentable, lo ya comprobado es que nadie crea nada. Como dijo Alone (*), “Nadie crea nada. Ni aun el Creador: para hacer al hombre lo modeló a “imagen y semejanza”. Los poetas y escritores de cosas imaginarias combinan, extraen, cambian, alteran, funden y confunden los elementos reales, tomando uno de aquí, otro de más allá, procediendo por analogías o contrastes. Nunca son del todo nuevos, absolutamente originales. Ninguno podría sacar nada de nada. Pero desgraciadamente lo pretenden, como la frase lo denuncia. Por lo demás, lo han confesado: cada uno se declara un “pequeño dios”.

Es la tragedia que muchos se esmeran en evitar. Para ello,  cierran  ojos,  tapan oídos y caminan raudos en pos del anhelado triunfo que sólo la originalidad otorga.

En sustancia, a la luz de lo expuesto y de lo que han aseverado otros más sapientes, debemos dar por cierto que la creación literaria continúa siendo un misterio.

 

(*) Hernán Díaz Arrieta escritor y crítico chileno (1891-1984)

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