FRANCISCO DONOSO El silbido del Tren

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Por Jorge Arturo Flores

A veces basta un aroma, un ruido, una imagen o una situación para que nuestra mente vuele hacia el pasado, trayéndonos remembranzas que estaban escondidas en  los archivos de la memoria y que, sin ese campanazo, quedarían allí inertes, en silencio, muertas.

Le pasó a Marcel Proust cuando llevó la magdalena a su boca, después de mojarla con el té (o el tilo, no recordamos bien). De inmediato le vino a la memoria un sinfín de recuerdos. O cuando sintió el ruido de una vajilla o la vacilación del pie sobre un ladrillo mal equilibrado en el pavimento o un trozo musical o el ruido de los campanarios y un largo etc.

Nos ocurre a menudo cuando vemos escenas repetidas (algunos hablan de reencarnación) o cuando escuchamos una canción que nos retrotrae a hechos que tuvieron importancia especialmente en la juventud o sentimos olores que nos llevan a la época escolar: el olor a  cuero de los bolsones, por ejemplo, o el de los lápices a grafito. También el maravilloso perfume a tierra mojada por la lluvia, ¡oh que recuerdos!.

El tema da para largo.

Entregaremos un breve poema de un escritor chileno, Francisco Donoso, que toca justamente el punto que nos preocupa: la añoranza inmediata que le provoca… el largo silbido del tren, específicamente, el silbo de la locomotora cuando pasa lejos. ¡Quien no la recuerda!. Incluso, hoy, la bocina de los modernos trenes siempre  nos trae alguna reminiscencia porque se asocia con los convoyes de nuestra infancia y juventud, esas maravillosas locomotoras a vapor, todas empenachadas de humo, con el característico olor a carbón, bramando por la línea, “ligeras, aladas y sagradas”, arrastrado la extensa fila de vagones.

¡Recuerdos que no volverán!.

Leamos:

“¡Este largo silbido lejano del tren!

Me ha traído una suave, sutil resonancia

Que despierta un aroma, que me abre un edén;

Es la voz que me llama de nuevo a la infancia

Este largo silbido lejano del tren!

Y sin irme, te sigo, silbido infinito,

Por la vaga añoranza de azules pasajes

Donde el eco del alma prolonga tu grito.

Escuchándola emprendo fantásticos viajes

Y, sin irme, te sigo, silbido infinito.

A través de las gasas flotantes de abril,

Reconozco mis campos, mis bosques, mis ríos

Y la blanca casita de airoso perfil;

Y en mí siento frescura de castos rocíos

A través de las gasas flotantes de abril.

¡Oh virtud milagrosa del silbo del tren!

Al oírlo, horizontes de niño me llevo:

¡Cuántas cosas queridas, sin verlas, se ven!

¡Cuántos años ya muertos se viven de nuevo!

¡Oh virtud milagrosa del silbo del tren!”

Cuantos años ya muertos se viven de nuevo”, “cuantas cosas queridas que sin verlas se ven”, refleja con claridad el ánimo del poeta al escuchar el querido y milagroso  silbo del tren.

Las imágenes brotan por doquier.

A veces basta un toque, no necesariamente mágico, para destrabar el desmoronamiento de gratas evocaciones.

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