EL YOISMO O AUTORREFERENCIA

Los chilenos han caído, desde hace muchos años, en la manía de colocarse primero en la fila de las conversaciones, haciendo aflorar su inmenso ego sobre el resto, hablándoles de su vida, sus vivencias, sus logros. No callan la boca y, cuando deben tomar aire para seguir, los contertulios aprovechan meter baza y hablan sobre temas universales, aunque también caen en el mismo pecado: hablar de sí mismos hasta por las orejas, si es que las orejas permiten hablar. ¿Por qué ese prurito de hablar de sí en vez de ampliar el mundo con temas universales, donde la cultura no debiera estar ausente? ¿Qué les pasa por la mente? ¿Tan importantes se creen? o simplemente es todo lo contrario: nadie les da pelota, nadie los escucha, necesitan ser atendidos, necesitan gritar su soledad, su rabia, sus temores, sus desvaríos, sus desconsuelos. La plática sirve para eso. Los ejemplos abundan. El más común es cuando alguien cuenta sobre su viaje reciente, especialmente al extranjero, porque hoy todo el mundo viaja. No avanza mucho cuando lo interrumpen (manía nacional interrumpir al que habla) y narran sus experiencias de viaje. Hable de la operación que tuvo y los otros de inmediato lo pondrán al tanto de las suyas, con lujo de detalles, incluso mostrándole las cicatrices. Expláyese sobre casos anecdóticos terribles y no va a faltar el que también cuente enseguida sobre los acontecimientos impresionantes que a él le ocurrieron. Si por esas cosas de la vida le toca compartir asiento en un medio de transporte con alguien bueno para la conversa, no le quepa duda que, en tan poco tiempo, ventila toda su vida con usted, hasta las cosas más íntimas ¡Y lo conoce recién! Yoismo por todos lados. Individualismo. Egoísmo. Egolatría. Egocentrismo. Hay sin duda carencias   que los impelen a reemplazarlas con las conversaciones monotemáticas. También complejo de inferioridad. De todo hay en la viña del Señor. Por otra parte, existen personas con voluntad de oro y paciencia de asno que los escuchan bondadosamente, sin interrumpirlos. Son los llamados “orejas” porque oyen sin interrumpir. Un manjar para los autorreferentes y yoístas. El problema es que muchos, de tanto escuchar y que, a su vez,  no los escuchen, se convierten en mudos. Nos pasó toda la vida. Escuchamos con paciencia benedictina y con una cara de beato que ya se la quisieran los santos y  mártires, el torrente de anécdotas que muchos nos relataban. Cuando por fin nos tocaba el turno, atendían a regañadientes, importándole un comino lo que hablaba, pensando rápidamente en otro tema. Nos dimos cuenta a temprana edad de esta situación y enmudecimos para siempre. Definitivamente no tenemos contenidos para conversar. Nos encanta el dialogo inteligente y respetuoso. Pero sabemos que está en retirada. ¿Problema del siglo? ¿Escasa vida interior? ¿Consecuencia del consumismo? ¿Ignorancia supina? Los eruditos dicen que aunque estemos rodeados de gente, seguimos solos. “Necesidad de Compañía” se llama un libro del escritor chileno Gonzáles Vera, uno de nuestros favoritos. He ahí el desiderátum que explica un poco esa “necesidad” de hablar hasta por los poros. Necesitamos que nos escuchen, necesitamos hablar, necesitamos batir la lengua. Es parte de nuestra estructura humana. Pero, como generalmente se pasan de la raya con frecuencia, bien harían   los hablantines en  morigerar su vendaval de palabras y hacer reverencia a la síntesis y a la brevedad para no arrancar espantados de su lado. No es una mala medida. Fácil, gratis, no paga impuesto y no  necesitan marchas para instaurarlo.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020