EN TORNO A JORGE INOSTROSA

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No resulta exagerado expresar que la obra monumental del novelista histórico don Jorge Inostrosa Cuevas fue el detonante crucial para que muchos lectores desviaran su mirada hacia el desarrollo de la Guerra del Pacifico. Incluso muchas páginas web que han surgido en internet provienen de ahí. Ciertamente no se lleva el cien por cierto de la gloria, pero su importancia es contundente.
Es su gran legado.
Como una manera de aumentar el conocimiento sobre su exitosa obra, nos permitiremos allegar nuestro juicio sobre la tarea y virtudes literarias del conocido novelista chileno.

LOS LIBROS DE JORGE INOSTROSA

A diferencia de otros novelistas históricos, Inostrosa se pasea con propiedad sobre otros temas que engalanan la historia de Chile. Y lo hace, como todo lo suyo, de manera notable.
Veámoslo:
La Colonia está retratada en “El Corregidor de Calicanto”. La Independencia de Chile se manifiesta en los cuatro tomos de “Los Húsares Trágicos”, que relatan las vivencias de José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez. Posteriormente, en “Se las Echó el Buin”, surge la guerra contra la Confederación Perú Boliviana. Luego viene la entronización del régimen político en “El Ministro Portales”, para arribar a la guerra del Pacífico en “Adiós al Séptimo de Línea”, cinco tomos que se convirtieron en un best seller y es, hasta hoy, el libro más vendido (entre cinco y siete millones de ejemplares.
Entremedio queda la novela histórica “La Justicia de los Maurelio”, basada en un hecho real y diseñada en la isla de Juan Fernández.
No mencionamos “Los Hidalgos del Mar”, que trata del combate Naval de Iquique, Punta Gruesa y Angamos, porque es la trascripción de esos hechos de su obra Adiós al Séptimo de Línea.
Lo anterior constituye la obra gruesa de Inostrosa.
Aparejados a ella están breve textos, compuesto de entretenidos e importante relatos sobre distintos acontecimientos del devenir pretérito: El Rescatado por Dios, Fantasmas y Retratos de la Tradición, Huella de los Siglos, Siempre una mujer.
Existe otra novela, Pueblo de Techo Negros, publicada en 1971 en Madrid y que trata de la existencia de una ambiciosa mujer, La Gabacha. Ambientada en Coñaripe, cerca del volcán Villarrica.
Ahí termina su mirada sobre el Chile que tanto amó.
Lo curioso es el salto hacia las fronteras, cuando publica el libro dirigido a exaltar la memoria de Simón Bolívar: “Bajo las Banderas del Libertador” y que podría adscribirse en el segmento dedicado a la Independencia chilena.
Ahora bien, si bien “Adiós al Séptimo de Línea” es su obra cumbre, no debemos olvidar los tres tomos dedicados a José Miguel Carrera, sus hermanos y Manuel Rodríguez (Los Húsares Trágicos), que recrea parte de la Independencia de Chile. En todos ellos, como en la totalidad de su obra, denota un vasto y profundo conocimiento de la historia a narrar.
Es lo que más sorprende.

LAS FACULTADES MATRICES DE SU OBRA

Es tal su maestría para relatar que muchos de sus lectores toman su libro máximo como texto de historia, dando por cierto todo lo que allí se cuenta, olvidando desde luego que es una novela histórica y, por tanto, hay visajes a la ficción.
Ello importa, sin duda, una virtud sobresaliente del novelista.
Otras de su características principales, porque tiene muchas, es el cultivo del sentimiento, dando emoción y dramatismo a su relato. También en toda su obra hay un toque humorístico que es muy bueno. Está, asimismo, la habilidad para dibujar caracteres, con sus defectos y virtudes, inclusive, bajando del pedestal a varios que hoy tienen sólidas estatuas. En este sentido, cuenta con nuestra complacencia porque, de alguna manera, tendió a desmitificar ciertos héroes que, en verdad, no poseían las condiciones para ello.
En lo que sobresale, por cierto, es en la magnífica caracterización de sus personajes, en el formidable talento para recrear la época y los ambientes, en ese don divino que logra al describir notablemente los aconteceres bélicos, haciendo sentir al lector la experiencia de estar en medio de los actos bélicos.
He ahí un resorte fundamental.
Pocos han señalado, por otra parte, las virtudes literarias de Jorge Inostrosa y se les olvida dos que son magníficas: su estilo y el lenguaje. El sólo hecho de cautivar hasta el infinito al lector con el suspenso, la emoción, el sentimiento, la fluidez, habla a las claras de un estilo preciso, directo, sin rodeos y de un lenguaje sencillo, aprehensible para todos. Es decir, no hay allí ni enrevesamientos literarios ni oscuridades académicas ni juego de abalorios.
El lector agradece sobremanera esta facultad matriz, porque le permite interesarse en el tema, devorar los tomos y sentir la sensación de no haber perdido el tiempo, sino de haber ganado un cúmulo de conocimientos que no habitaban en su memoria.
¡Qué mejor premio para un escritor!
Sin embargo, aunque el público premió con creces al autor comprando sus libros, Jorge Inostrosa, a nivel histórico y literario, no fue ovacionado como debió ser. El notable hecho de vender millones de ejemplares, al parecer, desdibujó la sonrisa en los que se creen sabios en historia, eruditos en literatura y dioses en conocimientos generales. No le perdonaron, sin duda, el éxito y ondea entre ellos la reprochable melancolía por el bien ajeno.
O sea, la envidia.

No obstante ello, algunas voces autorizadas en estas materias reconocieron el mérito del novelista histórico. Alone, en una de sus crónicas, apuntaba: “Cuando el “Séptimo de Linea” era objeto de innumerables comentarios y sus aventuras llegaba  a los mas humildes, incluso a muchos que no sabían leer, nos tocó oír, entre las opiniones dudosas y discrepantes, dos cuya coincidencia nos impresionó.
Una del entonces Presidente de la Academia de la Historia, artista refinadísimo que no otorgaba su aprobación a cualquiera: Alfonso Bulnes que ni siquiera imaginábamos leyendo a Jorge Inostrosa, lo celebraba. La otra de una autoridad distinta, equivalente. Don Francisco Encina, el historiador máximo, se asombraba de lo que puede “la disposición natural” y reconocía que ese periodo de la Guerra del Pacifico, por él investigado de primeras aguas, el autor del “Séptimo de Linea”, con unas cuantas lecturas, que él habría podido enumerar, conseguía el milagro de hacerlo vivir con su espíritu, su carácter, su atmósfera, tanto que apenas habría requerido leves modificaciones para tenerlo como un documento de época. El acuerdo de esas eminencias diferentes, en otros aspectos discordantes, nos pareció un hecha digno de ser meditado”. 

Sobre don Jorge Inostrosa Cuevas, a quien tuvimos el privilegio de tratar, podríamos escribir más, mucho más, pero hay que respetar los ojos del lector y su capacidad de aguante.
Por ello, finalmente, sirva esta crónica como un sentido homenaje al gran novelista histórico, que tan grandes satisfacciones literarias e históricas nos dio en nuestra adolescencia y que aún perdura.
Es el testimonio de un admirador incondicional.

J.Arturo Flores
(www.escritorjorgearturoflores.wordpress.com)

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