ENRIQUE ARAYA La Luna Era Mi Tierra

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Por Jorge Arturo Flores

El libro fue publicado en 1948 y tuvo inmediato éxito, tanto de crítica como de los lectores, a tal punto que se reeditó varias veces, alcanzando un número considerable. No ha mucho, año 2015, una editorial chilena publicó, en forma muy sui generis, tres novelas de Enrique Araya en un volumen que trata justamente sobre el lugar que el autor más gustaba visitar. Se intitula Las Tres Lunas, incorporando La Luna era mi Tierra, La Otra cara de la Luna y Siempre en la Luna.

Como se observa, el planeta que acompaña a la tierra en su vida por el Universo, es definitivamente el verdadero hogar del escritor chileno.

EL COMIENZO DE LA ODISEA

Sentado en su escritorio, a la luz de la vela, porque la corriente eléctrica fue cortada por impaga, tratando de comprender textos de Derecho para poder obtener su título de abogado, sentado, decíamos, Eustaquio Arredondo se ensimisma en recuerdos y vuelca su alma al pasado, tratando de explicar el porqué de su momento,

Así comienza una hilarante, risueña, pero, a la vez, tragicómica existencia del protagonista desde su infancia, juventud y madurez.

La lectura del libro en comento es una fiesta que agrada de principio a fin. La sonrisa es permanente visita en los labios y a veces irrumpe en jolgorio por las peripecias que le van ocurriendo. Muy bien retratada la experiencia estudiantil, con los acosos de los compañeros, hoy bulling, su imposibilidad de comprender el álgebra y las matemáticas; las respuestas a los profesores nunca acertadas, la encerrona que hacen a un educador de filosofía con otro compañero, las desagradables peripecias con el abrigo y gorro junto a su hermano, la crueldad de los compañeros, el tremendo sufrimiento en los exámenes finales. Hay una escena memorable que derechamente provoca carcajadas. Es el símil que realiza con el gesto llamado “tapa” que equivale hoy al dedo del medio elevado en la mano empuñada y que constituye un acto ofensivo. Pues bien, al confesarse, el joven lamenta el hecho de realizar tantas “tapas” en la vida colegial. Y hace alusión por cierto a las manos. Las dos manos. El sacerdote confunde rápidamente esos movimientos manuales con masturbación ¡era que no! y viene un dialogo sabroso e irrepetible. Simplemente genial. También narra espléndidamente los veraneos que efectuaba con la familia en los balnearios de la costa central y, por supuesto, el surgimiento del amor juvenil. Terrible, lloroso, conmovedor, punzante. Desfilan los objetos de su amor. Un amor aun puro y respetable. “Pololeos” propios de la época.

Y luego lo ineludible, el despertar sexual.

Todo ello relatado con sencillez, humildad, con el desparpajo propio de alguien que “vive en la luna”, que anda en otro mundo, que no entiende la cotidianidad, que no aprende nada de lo ocurrido, que comete tontería tras tontería, sin reflexionar. Golpea, no una, sino varias veces la misma piedra. Es de una torpeza que, si bien provoca sonrisas, también origina un sentimiento de piedad hacia un ser tan desasido de la vida real.

¿Tiene mala suerte?. Claro que si, como los conejos que le comen los garbanzos o el traje que le confecciona la modista. O mal ojo, cuando elije tres yeguas tuertas. Pero la mayoría de sus malhadadas experiencias provienen de su forma de ser, tan alejada de la realidad, tan cerca de los sueños.

Más tarde deviene la madurez biológica, porque la mental se resiste a evolucionar. Y principian las experiencias laborales (ayudante de abogado y empleado en una empresa de cartones) que provocan más de una sonrisa…hasta que se convierte en agricultor. Aquí el lector lee, pero no sonríe mucho, puesto que las prácticas son definitivamente tragicómicas. La incursión en su parcela es hasta terrible y conmueve tanta ingenuidad.

Trata de pasarse de listo, pero nada le resulta.

Lo que no le falla es su fértil imaginación para especular en mecanismos que le permitan obtener dinero para sus disparatados planes. Algunos son brillantes y el lector le da hasta vergüenza ajena leer como va tejiendo paraísos agrícolas, castillos en el aire, engatusando a las personas, ofreciendo perspectivas futuras de una increíble solvencia económica, la cual, lógicamente, nunca llegó. Embauca con facilidad asombrosa, aunque de inmediato las justifica dejándola a nivel de blancura absoluta.

En realidad, todo lo prestado, es devuelto religiosamente.

También el leyente se conmisera con el mayordomo Plutarco y su cónyuge durmiendo precariamente y hundiéndose en la melancolía.

Como lector, repetimos, es una fiesta el progreso de su trama. Existe verdadero talento para desenrollar el tema, provisto de un lenguaje claro, variado, sin artilugios ni descripciones soporíferas, ayudado por un estilo que es ágil, despejado , con cierto desenfado, muy liviano, donde espejea la transparencia de su autor, quien, al través de todo el libro, se ríe de sí mismo con envidiable humor.

Y reírse de sí mismo no es tarea fácil. Es un arte y un valiente acto de arrojo.

TRASFONDO DE LA NOVELA

La Luna es mi Tierra importa en el fondo una feroz crítica a la burocracia estatal, a las costumbres de la sociedad chilena, ahogada en su rigurosidad, trancas y moral añejas, ajustadas, claro está, al tiempo en que transcurre. Punzantes reflexiones al acontecer político, a la educación chilena, al ambiente laboral. Es un amplio friso. El humor, en general, tiende a eso, constituye una estocada a la rigidez humana, comprimida en valores y principios morales, religiosos y sociales que la limitan y coartan la libertad del individuo.

Es la estela que deja el mensaje.

Ahora bien, si rozamos la raíz de este especial humor, evidentemente nos toparemos con el trasfondo del autor, su parte humana, la que se sujeta a la pluma para comunicar al mundo una suerte de melancolía, frustración, descontento, que conforman también los motivos que impulsan a muchas personas a enmascarar, con alegres anécdotas y situaciones festivas, el mar de preocupaciones que portan en su interior. Eso es obvio y no necesita análisis. Sólo lo mencionamos por si alguien lo olvidó.

El ríe, payaso, ríe, tan común en la cotidianidad, es una figura que siempre surge.

A nuestro juicio, es el mejor libro en su género.

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