ESA MALDITA MANÍA DE ESCRIBIR DIFICIL

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Por Jorge Arturo Flores

Hay ciertos autores que, al momento de escribir un texto de investigación, se fruncen, retuercen, acarician su barbilla, entrecierran los ojos, se rodean de un arsenal de palabras técnicas y miran alrededor con cierta condescendencia. Hasta carraspean.

Luego escriben.

Mostrando desvergonzadamente la lengua a la síntesis, brevedad, sencillez, orden y claridad, pensando únicamente en sí mismos y jamás en el atribulado lector, garrapatean lo que ellos consideran, sin esfuerzo, una obra maestra. Desarrollan el tema con enrevesada fruición, saboreando cada palabra técnica, la cual, mientras más oscura, mejor suena a sus pétreos cráneos. Muestran, con gran ostentación, el conocimiento aprendido en las aulas académicas, pensado para sus adentros cómo será la expresión facial de sus colegas y profesores cuando tengan en sus manos el libro de marras.

La verdad es que hacia ellos inclinan sus esfuerzos.

De esta manera dan vida a unos mamotretos que representan el mejor remedio para curar el insomnio o coger un sueño rápido y aliviador. Al hacerlo, piensan en la gloria y en el dinero, además de cierto poderío magnético.

El resultado, para mal de sus males, es otro.

Nadie los lee, se les envía a lugares oscuros para que desaparezcan luego, los lectores dan claras muestras de fastidio y buscan ocupaciones más placenteras, algo que no precise el horrible sacrificio de leer algo soso, árido, mal escrito, manchado de términos técnicos, con abundancia de obviedades, muchas glosas marginales y disquisiciones por doquier. Como si todo esto fuera poco, le añaden un magnifico depósito de repeticiones, asonancias, cacofonías y la inocultable avidez por parecer filósofos, pensadores o psicólogos.

No se entiende, a veces, tanto empecinamiento en desagradar.

¿Qué les hace caer en esa maldita manía de escribir difícil?, ¿Qué pretenden lograr con esos adefesios literarios?, ¿Hacia dónde apunta su ego?. ¿Disfrutarán escribiendo esos libros soporíferos sin quedar dormidos?.

Que lo disfrutan, lo disfrutan, de lo contrario no los escribirían. Que se consideran colmados de dicha, obviamente, como los asesinos en serie después de cometido el delito. Que sus sueños están cumplidos, por supuesto. Que serán blanco de comentarios, sin duda alguna. Que deducen que son casos únicos, claro que si, al igual que los enajenados mentales.

El loco jamás pone en duda su locura, creyéndola perfectamente normal y única.

Así como ellos se especializan en investigar, a su turno también son objeto de análisis. ¿De dónde salen, con quien anduvieron, cuáles son las amistades, qué matices psicológicos soportan tan rígidos cerebros?. Entonces debemos ir a las raíces, al ambiente que cobijó tan preclaras figuras. Con seguridad su infancia y juventud tuvo altibajos económicos, tal vez la convivencia familiar no fue grata, quizá algún defecto físico, un abuso, un desajuste emocional o nunca fueron nada en la vida. Acaso. En cambio ahora, con su esfuerzo, pueden llegar a la cima y desde allí, además de mirar con benevolencia al resto, olvidando sus orígenes, condenan a la sociedad a leer estos libros que son un monumento al tedio.
Que son empeñosos, ciertamente, tanto como el enajenado que golpea su cabeza en la muralla con entusiasmo y benedictina constancia casi todos los días del año y, a veces, sin casi.

Pero su tesón no es suficiente para dar en el blanco.

¡Qué lástima! Tanto alambicamiento y meticulosidad para nada.

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