ESA MALDITA MORALINA

Si usted es lectora y tiene algunos años recordará, por cierto, las situaciones embarazosas que sufrió en carne propia cuando, por ejemplo, se le notaban los tirantes del sostén sobre los hombros y asomaba bajo el vestido un pedazo de enagua. Era preocupante. Si es varón recordará sonriente cuando le quedaba el marrueco del pantalón abierto. De todas partes les hacían señas o simplemente le indicaban en código: “tiene el almacén abierto”. El joven entendía de inmediato, se ponía rojo y trataba de buscar un lugar donde correr el cierre. Bueno, cuando existían los cierre eclair, porque no olvidemos que antes estaban los botones. Y eso demoraba.

A lo jóvenes de ahora estas situaciones les parecen ridículas, absurdas, tontas.

A los que la vivieron también, pero las experiencias no les hicieron ninguna gracia.

Hoy, cuando salimos a la calle con el cierre abajo, sentimos cierto gozo maquiavélico al subirlo, sin detenernos. Es como una venganza por las ocasiones en que tuvimos que hacer malabares para corregirlo. Es una suerte de exhibicionismo.

A la gente alrededor en verdad le importa un pepino.

En la actualidad, cuando ya tenemos varios años en el cuerpo, rememoramos esos hechos y no concebimos tamaña estupidez. ¿Qué tiene de malo que se vea la enagua o combinación (extinta) o los tirantes del sostén?, ¿qué hay de nefasto que al hombre le quede el marrueco abierto? ¿Por qué tanta zoncería? Después de pensarlo, llegamos a la causa: la maldita moral religiosa que inculcó en generaciones el horror al sexo, convirtiéndolo en una cuestión traumática y que ejerció por siglos un despotismo sin límites. ¡Qué wea más distinguida! ¡Qué mentes más sucias, que ideologías tan absurdas y castradoras! Se nos vino a la mente el anatema del obispo católico de Viña o Valparaíso, hace muchos años,  condenando el bikini en las playas. Creemos que amenazaba con la excomunión. ¿Habrá bajado los ojos púdicamente como una vieja mojigata alguna vez si acaso tuvo la ocasión de ver cuerpos bronceados y bellos de las chilenas, con dos piezas casi mínimas? Seguramente.    ¡Qué manera de zaherir el cuerpo humano o el desnudo! ¡Qué manía de prohibir en nombre de Dios! Las prohibiciones, a la larga, son el mejor incentivo para  vulnerarlas. O no me va a decir que realizar cosas prohibidas no tiene su secreto encanto. Son las mejores. Si no que lo digan los amantes. Lo pasan “chancho”. Toda esa maldita moralina absurda pregonada… en nombre de  la moral y las buenas costumbres, con las penas del infierno si no cumplen. Caldo de cultivo para empobrecer el raciocinio humano. Sin embargo, por bajo cuerda, los predicadores llevaban otra vida.

El cura Gatica predicaba, pero no practicaba.

Felizmente la evolución llegó a esos campos y la juventud es mucho más natural con su cuerpo y vestidos. Como tiene que ser. La naturalidad ante todo. Hoy “la lleva” mostrar los tirantes del sostén sin que nadie se escandalice. Con las enaguas no ocurre lo mismo porque desaparecieron por innecesarias. El marruecos de los pantalones, tanto femenino como masculino, no llama la atención si está abierto. ¿A quién le importa! El cuerpo humano no puede ser avergonzado porque algunas mentes perversas lo estiman. No olvidemos que es una creación de Dios y, por consiguiente, los creyentes en El deben  asumir  que todo lo creado es bueno. Lentamente volvemos a lo natural, a la ausencia de malicia y obsesión. Menos mal.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020