GONZALEZ VERA, Alhué

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Por Jorge Arturo Flores

Prohibida su reprodución, salvo que se mencione al autor y la fuente

Cuando finaliza la lectura de este breve, pero sustancioso libro, queda flotando la sensación de haber caminado por un sendero pleno de vida, escrito de tal forma que cada estampa queda fácilmente copiada en nuestro pensamiento, con un arte, con una donosura, realmente esplendida.

Es un texto que contiene 14 capítulos, es decir, 14 estampas (Leyenda, Perspectiva, Crepúsculo, Hombre triste, Mi padre, Asesinato, Mudanza, Vecinos, La Morada de las Animas, El Preceptor Bizco, Una calle, La Semana del Señor, Aliste el sepulturero, Ismael o el reloj de la pobreza).

Breves, sintéticas, donosamente escritas, con una pulcritud de estilo y precisión del lenguaje notable.

Todo esto ya se ha dicho de Gonzalez Vera.

Pero la relectura de su libro provoca otra vez ese estremecimiento sorprendente, como decíamos, de toparnos con un escritor que escribe como los dioses, con una capacidad de síntesis que abruma, sostenida por un lenguaje simple, de la calle, de todos los días y provisto, además, como si aquello no bastara, de un humor finísimo, casi perfecto, entre líneas que, a partir de un punto, recrea toda una realidad, una persona, un ambiente.

Es admirable. Todo ello relatando las vivencias infantiles del autor en la aldea Alhué.

En un vuelo fugaz sobre el texto, captamos imágenes que sin duda sobresalen del resto y es el que la memoria, en su primera lectura, guardó con rapidez. Por ejemplo, el relacionado con Aliste, el sepulturero o el asno que lleva a Judas o el dueño del Bar con su cónyuge o la feroz recreación de semana santa cuando incendian el muñeco de trapo que representa a Judas. En este último caso existe una ironía, una sarcástica alusión a las costumbres religiosas enquistada en el imaginario chileno.

Descarna los sentimientos de los aldeanos, fijándose en sus reacciones casi insanas.

El final del capitulo El Profesor Bizco es notable. La descripción del alumno castigado, el aparente  extravío del guante, la actitud seria, reposada, terriblemente sádica del maldito profesor, los sollozos y su escala ascendente del educando,resulta simplemente admirable. Es una página de antología. En verdad, el lector sonríe al leer la escena, pero, en el fondo,  debiera compadecer al niño de tamaña barbaridad.

En los otros capítulos, coexiste una aguda visión de las características de los pueblerinos, sorprendidos en sus rutinas, mostrando un mundo provinciano seco, monótono, sin brisas, donde todo transcurre sin que nadie se agite o rompa el silencio. Un cosmos no decadente, pero sombrío y embrutecedor, lejos del ruido citadino, sin progreso, detenido en el tiempo.

Las breves y sintéticas descripciones de cada uno de los aldeanos son notables por su agudeza e ingenio. A cualquiera lo despacha en dos o tres palabras y ya tenemos el cuadro, la imagen, el rostro. La ironía, una fina ironía, conduce la descripción y el lector no puede evitar sonreír.

Es una de facultades matrices.

Inevitablemente, al analizar el texto, surge la imagen de su autor, un hombre que en vida fue tranquilo, desapegado del mundo, aunque en su juventud tuvo bastante acción estudiantil, pero que después se recogió a sí mismo, enemigo del bullicio, los méritos, la parafernalia, lejos, muy lejos de todos, anidado en su familia, sosegado, tranquilo.

Las semblanzas en torno a Gonzalez Vera siempre se detienen en esa circunstancia.

Alhué, Estampas de Una Aldea, es un libro formidable, que en su tiempo reunió los elogios brindados por la crítica y luego por el público. Es de pocas páginas, sus capítulos son breves y están nimbados por el fulgor de la síntesis, el humor y la brevedad, además de una lucidez para introducirse en lo psicológico que asombra.

Lectura aparentemente liviana, pero que importa un gran espesor artístico.