GONZÁLEZ VERA, VIDAS MÍNIMAS

 

 

descargaPor Jorge Arturo Flores

Se firmaba González Vera y publicó en vida 8 libros. O sea, produjo poco. “Es cierto, ha tenido esa discreción” apuntó alguna vez Alone.

Tuvo encontrados detractores cuando se le otorgó el Premio Nacional de Literatura, justamente porque… había publicado poco. En aquellos tiempos, parece, cantidad era sinónimo de calidad.

González Vera fue un escritor que, en pocas líneas, decía mucho o todo. Provisto de una mirada hasta cierto punto bondadosa, no desciende en sus escritos a la vulgaridad y es dueño de un estilo inmejorable. Debe ser uno de los escasos escritores chilenos que cultiva el buen escribir. Sus obras, “corregidas y disminuidas”, son verdaderas joyas. Si bien es cierto, al principio, los temas apuntan a las vivencias del pueblo, no se advierte en sus palabras gritos desaforados o chillas reinvidicatorias. Sólo escribe, muestra y pasa. Le deja la tarea al lector. Como debe ser.

Eso molestó a muchos.

Su estilo, como todo buen estilo, aparte de ser breve y sintético, estaba dotado de un humor finísimo, agudo y repentino. Hay perlas en sus textos que resultan esplendidas. La lectura, entonces, se convierte en un paseo agradable, sin desviar la mirada y procurando el conocimiento.

No fue escritor que se esforzó por publicar en abundancia.

Lo justo.

VIDAS MÍNIMAS

La incursión de González Vera en el mundo de conventillo, y, por ende, en el universo de la pobreza chilena, se realiza al través de sus libros Vidas Mínimas y Cuando era Muchacho. Ambas con tintes autobiográficos. Más extensa la última, con una variedad infinita de anécdotas. En cambio, Vidas Mínimas es breve, muy sintética, como a pasitos cortos, en que la acción corre a parejas con la historia de amor. Escrita en primera y tercera persona.

Está dividido en Un Conventillo y La Mujer.

El retrato del conventillo está dibujado con absoluta realidad. La pluma del autor pinta lo que va viendo. Es un mundo sórdido, sin duda, y González Vera, impasible, narra.

Es la historia entre Margarita y el intérprete. En éste coexiste un ser tímido, y complejo, todo le cuesta en materia de sentimientos y es soñador impenitente. Demasiado timorato, dan ganas de zamarrearlo. Ella, prototipo de la mujer del pueblo, lejana de sentimiento,  de aparente indiferencia, envuelta por una madre que no le pierde pisada y la encamina por el rumbo que ella quiere.

El muestrario de las personas que habitan el lugar es original, increíble, muy realista. Las paredes prácticamente no existen y todos saben lo que ocurre en cada vivienda. Hay reflexiones moralistas frente a los actos sexuales de los vecinos, a las constantes borracheras y el desempleo crónico.

También el vecindario se molesta por las personas que padecen de tos durable.

La muerte de la tísica ofrece el espectáculo de la solidaridad entre los pobres. Todos, de alguna manera, hacen llegar a las manos del viudo velas, alcohol, dinero y comestibles. Se reúnen los que no se miran, los que se contemplan,  los de carácter suave y los ariscos. El pescador, el zapatero, Bautista, la mayordoma, etc. El velatorio, con gloriado y café, con rezos y adormilamiento.

Hasta el día siguiente.

Luego la vida continúa. El hombre (no recordamos que tenga nombre) prolonga  su amistad con  Margarita,  mujer complicada, a quien, a veces, dan ganas de propinarle un garrotazo. Surge Elisa, todo lo contario, alegre, festiva, grácil. Pero ninguna de las dos mujeres conviene finalmente al personaje. Una se va al convento. La otra termina con él por Elisa.

Se queda sin pan ni pedazo.

La segunda parte, llamada Una mujer trata sobre el enamoramiento progresivo del protagonista. Ella se llama María Dolores. Por supuesto es indiferente a su enamorado platónico, llena de vida, tiene un amante, participa de las tertulias de los anarquistas, cose vestidos, vive como un pájaro. El sufre, se atormenta, quisiera matar al amante que la sedujo de joven, sueña con tenerla. La encontró en Valparaíso, adonde fue en busca de trabajo. Aloja donde un pariente. Conoce a las tías del amor no correspondido: Francisca y Adelaida.

El fluir del consciente es magistral por parte de González Vera. Sus elucubraciones ardientes en torno a la presa resultan inmejorables y nótase la maestría en el oficio del escribir, con un manejo notable del lenguaje y provisto de un estilo que se aligera rápidamente de monsergas, disquisiciones, latería, comentarios marginales.

El humor, por su parte, ocupa un lugar preponderante.

Es fino, atinado, sintético, que desmorona cualquier imagen feliz. El lector ríe, pero también piensa. Tiene genialidades y el papel es escaso para copiar algunos pequeños párrafos donde hace gala de su pertinaz ironía.

El hombre compra y vende libros. Al final encuentra trabajo como encuadernador. Sin embargo, el tener una “pega” no es suficiente para capturar el corazón de María Dolores y ésta, en una terrible escena final, borracha, le espeta su desprecio, dejándolo a la “altura del unto”.

Y él, como decía Alone, magistralmente, “que para evocarla, ponía su faz al cielo”.

Libro realista, sin afeites ni efectos, tal cual, donde transcurre el mundo de los pobres de espíritu y ricos en esperanza, prestos a gozar con lo poco que tienen. El alcohol es el arma predilecta. Desapegado de ellos, el protagonista del libro es un paréntesis, una gota que se diluye con facilidad, un ser que vive en otro mundo, donde sus alcances  son menores.

González Vera como escritor  es sencillamente magnífico y leerle es motivo de permanente gozo, aun cuando los temas que trata no permitan el regocijo o el aplauso.

Con justificada razón ocupa un lugar sobresaliente en la literatura chilena.

 

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