GONZALEZ VERA y “Algunos” Escritores

articles-9747_thumbnail.thumbPor Jorge Arturo Flores

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No era tan ancho ni ajeno, para González Vera, el cultivo del ensayo. Poseía condiciones sin duda. Ya en sus textos, en especial, los cuentos, inmovilizaba la acción, elevándose en digresiones filosóficas y artística. Debemos ser sinceros: al lector le molesta, en general, las interrupciones y mucho más si el autor se complace en la descripción. Acá, en honor a la verdad, el protagonista de Cuando era Muchacho no se desmide y se mide, resultando atractivas sus reflexiones.

En Algunos centra su interés en perfilar las singularidades humanas de ciertos escritores, sin desplazar el análisis crítico sobre su obra. Las dos cosas la mezcla acertadamente. Todo lo cual deviene en una historia casi profunda, interesante, amena, documentada, incluyendo el proverbial humor de su escritura y revestido de la síntesis y brevedad que le son tan propias.

Los elegidos por el esteta son: Alone, Augusto DHalmar, Enrique Espinoza, Federico Gana, Jorge Gonzalez Bastías, Pedro Antonio Gonzalez, Amanda Labarca, Guillermo Labarca, Mariano Latorre, Baldomero Lillo, Gabriela Mistral, Manuel Rojas, Ernesto Montenegro y Vicente Perez Rosales.

Hay retratos que sobresalen sin duda. Como en todo orden de cosas

La dirigida a Federico Gana está entre las mejores. Un brillante perfil sobre un escritor muy sui generis. Retrata fielmente las particularidades del ser humano que casi nunca ejerció su profesión, se dio con entusiasmo a los amigos, escribía en cualquier parte y ninguna de las tres diligencias que cultivó (padre, abogado y escritor) las concluyó de mejor manera. Era un caballero a la antigua y gran bohemio. El final del ensayo espléndido: “vuelve ligeramente su cabeza a un costado, entorna los párpados y, si alguien, desde ese instante, dijera una palabra solamente, ya no la podría contestar”.

También es interesante la semblanza que dibuja del poeta Jorge González Bastías. Lo hace merecedor a las más excelsas virtudes, recrea su persona con agudeza, se detiene poco en su actividad literaria y repasa, ante todo, al buen hombre que existió en la tierra. Los referidos a Hernan Diaz Arrieta (Alone) y Augusto DHalmar también están bien expuestos. Con el primero se permite algunos apuntes humorísticos que distienden el rostro.

Con el otro es más serio.

No encontramos muy afortunado el escrito sobre Enrique Espinoza. Se distrajo demasiado en nombrar todas las revistas, libros y diarios en que le cupo participar. Es una nómina que no incita al goce precisamente. Al final, recuerda cual era el motivo del escrito y retorna al perfil humano, aunque en menor gradación.

Ya sabemos que Pedro Antonio González fue un gran poeta, renovador, pero, en punto a la persona, bohemio sin vuelta. De ese pozo nunca pudo salir y su existencia fue, en realidad, trágica, con escasos lampos de luz. Gonzalez Vera recrea acertadamente su vida. Lo suyo es una página intensa por su dramatismo y el lector no puede evitar condolerse.

Liviana es su apreciación en torno de Amanda Labarca. Como en el caso de Enrique Espinoza, hinca el diente en las creaciones de la distinguida dama. Reconoce su aporte cultural, más aun en aquellos tiempos. Por su parte, el ensayo sobre el marido, Guillermo Labarca, si bien no captura con facilidad el interés, lo hace internarse en los derroteros políticos del escritor, donde cierto anarquismo burila su actuación. No olvidemos las simpatías de Gonzalez Vera sobre esta corriente política. Subraya su labor en la cosa pública, le hace justicia al libro Mirando al Océano y se afirma en las opiniones de preclaros críticos.

Ambos, en todo caso, nos parecen ensayos un tanto débiles.

Se repite la impresión con Mariano Latorre. Si bien destaca los méritos del escritor criollista y hace sobresalir su capacidad poética, enclaustrada por la prosa que sólo permite algunas escapadas, en general queda la impresión que no profundizó el tema, fue pulsado como al desgaire, casi por obligación y no se percibe el agrado o la fuerza que puso en los otros textos.

Vuelve, por decirlo de alguna manera, a la normalidad cuando enjuicia la vida y obra de Baldomero Lillo. ¿Será que le atraen las existencias desbaratadas de la realidad, llenas de dolor y pobreza y, por supuesto, con alguna propensión al anarquismo?. Es posible. Ya se sabe, los caminos pavimentados, sin baches, son una maravilla, pero monótonos. En cambio la ruta estrecha, con depresiones, subidas y bajadas, enripiados, con abundancia de curvas, recodos y cuestas, llama la atención, suena mejor y concentra al espíritu.

La vida de Baldomero Lillo no fue un manantial de alegría y, además de su enfermedad crónica, hubo de sobreponerse a las pérdidas de su cónyuge, hermana y madre, todo lo cual no lo predispuso al jolgorio. No se creía escritor y si bien su obra no resulta abundante, es plena, causó sensación en su tiempo, fue bien criticada y mejor recibida por el público. Sub Terra, por ejemplo, es un clásico de la literatura nacional y, en ese contexto, tocó la primera campana sobre las condiciones de los mineros.

En general, y habida cuenta de lo leído, Gonzalez Vera resalta la complicada vida de los que, en su momento, se decidieron por escribir y publicar. Salvo ciertas excepciones, la mayoría sufrió bastante, su afición no les provocó más que satisfacciones espirituales, fueron reconocidos, claro que sí, pero ello no les aligeró el peso de sus existencia, no siempre felices, ni les cambió la melancolía de sus rostros ni solucionó los problemas íntimos que traían desde la infancia.

Las “pellejerías” económicas son las que más prevalecen.

Lo anterior se repite en el otro invitado estelar, Gabriela Mistral.

Si bien menciona los avatares que le tocó vivir, no abunda en los problemas que tuvo en su infancia, en especial, su actividad escolar y luego sus dramas para ingresar a la Escuela Normal. El factor económico siempre pesó.

Lo mira desde arriba.

El ensayo consta, por así decirlo, de tres partes y es uno de los más voluminosos del libro. La primera narra la infancia y adolescencia de la poeta hasta que encuentra trabajo. Hay hallazgos notables en su escritura, donde retoma la ironía tan propia, actitud que no repite después. Posteriormente deviene la publicación de los poemas, el aprecio popular, la fama, El Premio, la adoración que fue objeto, muchas manifestaciones de cariño, mucho amor de todas partes. Merecido. Y termina con una crítica literaria sobre Sonetos de la Muerte y lo que él considera la poesía religiosa de Gabriela Mistral.

Aunque acertado, su crítica literaria no es precisamente una virtud de la cual pueda vanagloriarse.

La diversidad de oficios efectuados, la constante migración de los lugares de trabajo y, en consecuencia, el gran acervo cultural que ello involucra en términos de coexistencia, tienen en Ernesto Montenegro, Manuel Rojas y Vicente Pérez Rosales a sus más conspicuos representantes.

La cercanía del autor de Alhué por aquellos tiene que ver con la similitud de experiencias vividas.

González Vera también practicó con entusiasmo el arte de volar de trabajo en trabajo y permanecer quieto en algún lugar nunca fue su quimera. Por ello, el autor no economiza palabras y se extiende en las biografía de los seleccionados, teniendo Vicente Pérez Rosales el mayor volumen.

Siempre nos ha parecido que González Vera, por su peculiaridad artística, es corredor de 100 metros. La maratón no le sienta. En la distancia corta destella fulgurantemente. En cambio, en la corrida de fondo se pierde, abunda, carece de fuerza, languidece, se hunde, en otras palabras, no es su mejor destreza.

En lo concerniente a los tres últimos escritores señalados esta circunstancia se observa notoriamente, en especial, la dedicada a Pérez Rosales.

Puede que haya conspirado el estado de ánimo de quien lee y escribe, pero nos parece que la cavilación en torno a éste último peca de ultrapetita y su lectura no es tan placentera como las otras.

Por otra parte, notamos que la nómina de experiencias del trío no posee la pasión, el tono y la gracia que dedicó a las anteriores. La enumeración metódica y pertinaz aleja el interés y los irreprimibles bostezos son la mejor prueba.

En sustancia, el libro Algunos, pese a lo enunciado, es un texto agradable de leer, nos muestra, reiteramos, diferentes escritores en expansiones íntimas, especialmente sus esforzados inicios literarios; aumenta el conocimiento sobre ellos, nos permite una visión más profunda y queda, al final, ¡qué hacerle!, un sabor agridulce, inducido, ante todo, por el escenario que plantea González Vera.

Es que no puede obviarse, en estos campos, el sufrimiento de algunos por subsistir en la selva humana. Es ineludible. No son todos, como ha quedado claro, porque a otros les fue mejor en esta tentativa de infinito que es escribir y publicar. Pero en general, como en la vida misma, queda en la retentiva la tribulación antes que el bienestar.

Al parecer es una debilidad irrefrenable del ser humano.

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