Guillermo Blest Gana, la Mirada Atrás

 

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Por Jorge Arturo Flores

Permitida su reproducción siempre que se mencione el nombre del autor y la fuente

El romanticismo, como trasfondo en la creación poética,  nunca fenecerá. Pasará de moda, acaso,  pero el ser humano tiende ineludiblemente  a retornar sobre escenas, hechos o acontecimientos que marcaron su vida sentimental. Y lo deja expresado en el papel. Hasta el más duro en estas lides tiene un espacio en su corazón para melancolizar sobre lo que pudo ser y no fue.

Guillermo Blest Gana (1829-1904), poeta romántico, hermano del novelista Alberto Blest Gana, tiene un poema que es todo un acierto. Es la mirada de quien ya ha vivido una existencia, que no tiene esperanzas para el futuro, pero que, de pronto, retorna la vista y comprueba su trayectoria humana. Quimeras e ilusiones que no pudieron concretizar. ¿Quién no ha soñado en la vida, quién no ha levantado castillos en el aire, quien no ha hecho proyectos que después nunca sucedieron!. Pero todo ello no  importa al poeta porque dejó una deuda que a esas alturas le duele, le mortifica, lo descompone y ya no puede asumir.

Es el tema más recurrido en la poesía.

Leamos ese poema:

MIRADA RETROSPECTIVA

 

 

Al llegar a la página postrera
de la tragicomedia de mi vida,
vuelvo la vista al punto de partida
con el dolor de quien ya nada espera.

¡Cuánta noble ambición que fué quimera!
¡Cuánta bella ilusión desvanecida!
¡Sembrada está la senda recorrida
con las flores de aquella primavera!

Pero en esta hora lúgubre, sombría,
de severa verdad y desencanto,
de supremo dolor y de agonía,

es mi mayor pesar, en mi quebranto,
no haber amado más, yo que creía,
¡yo que pensaba haber amado tanto!

 

 

¡Yo que pensaba haber amado tanto!. Ah, el amor, siempre el amor. El poeta se lamenta de no haber amado más y estaba seguro de haberlo hecho. ¡Qué desperdicio!. Es lo único que le incomoda, porque  avizora el final de sus días y esa idea de amar más, ya no puede concretizarse.

Su mirada  recorre la senda sembrada de flores de primavera, habla de sus ilusiones desvanecidas, de sus ambiciones quiméricas, pero no hay allí un gemido por la musa inalcanzable o por la mujer que lo hirió, como se estila en estos lances sentimentales, sino, reiteramos, su mayor pesar, su mayor quebranto, es no haber amado más, él que pensaba haber amado tanto.

Romántico,  sensible, hasta absurdo, pero la complejidad humana en punto a pasiones es demasiado vasta.

Poema que adorna muchas selecciones  de la poesía chilena.

 

 

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