¿HAN SURGIDO VOCES NUEVAS EN LA LETRAS CHILENAS?

Si lo cotejamos con el número de publicaciones, sí. Se ha visto un enorme hervor editorial en el país. Es decir, cada día se publican libros y más libros, pese al advenimiento del texto digital y pese también a la perspectiva futura que indica que todo se trasvasijará a ese formato. No olvidemos que la tecnología es discriminadora y aleja todo lo que estorbe su camino, porque lo físico llena espacio, molesta y representa un lastre para el formidable desarrollo.

En palabras más simples, lo físico, lo palpable debe desaparecer porque no será necesario.

Puede sonar absurdo, hasta ridículo expresar algo así, pero nuestra visión del futuro no es optimista en torno al tratamiento cultural.

Bien, pero no nos desviemos del tema. Decíamos que pese a la evolución digital, igual se  continúa imprimiendo en papel y éstos llenan espacios y más espacios.

El hecho de publicar tanto debiera  necesariamente revelar que el panorama literario actual es brillante, generoso y con profuso talento.

No, por supuesto que no. Y aquí vamos a la esencia del comento. Cuando examinamos los libros actuales o los de 40 años atrás, de inmediato surge la comparación con los que están más atrás aun,  fundamentalmente antes del año 1973. Aunque comparación no es razón, como dicen los franceses, la realidad es clara. Hay allí una fisura manifiesta y después, hasta nuestros días,  la literatura chilena no ha logrado levantar cabeza. Mucho libro, mucho esfuerzo editorial, mucho taller, mucha televisión y radio, pero obras imperecederas, notables, dignas de ingresar a la inmortalidad, ninguna.

Son más bien desechables como la moda o la basura o la obsolescencia programada.

Al que le gusta las letras chilenas, cuando hablamos de clásicos, piensa de inmediato  en Manuel Rojas, María Luisa Bombal y José Donoso en la novela, en Jorge Inostrosa en el relato histórico, en Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Nicanor Parra y Jorge Teillier en poesía y otros que se nos escapan. Si los cotejamos con los autores actuales o los que publican desde el 73 en adelante, cabe preguntarse cuántos de ellos podrían codearse con los nombrados, cuantos podrían ser considerados iconos, cuántos se distinguen por la calidad, por el talento, por la sabiduría de sus textos.

Ninguno.

Hay un bache, reiteramos, que no ha podido rellenarse, pese al tiempo transcurrido desde el apagón cultural. No hay caso. Busque, indague, pregunte. Mucho libro, mucha juventud, mucho academicismo, mucha agresividad, gran incontinencia verbal, variadas temáticas, (aunque el amor y la política predominan), soberbia sin límites, hermeticidad a granel,  cero trascendencia, escasa calidad, pobre talento.

Además, quítele a muchos trabajos el factor político y verá cómo se desploman, absolutamente vacíos.

Enrique Lafourcade e Ignacio Valente, por nombrar algunos, en sus artículos mercuriales hacían ver esta pobreza literaria que invadió al país, indicando que no se vislumbraban autores de la talla de los nombrados. Aun cuando algunos necios salten de inmediato y rasguen vestiduras por los juicios de escritores derechistas, lo cual, según ellos,  quita valor a sus juicios,  aun así, una mirada no tan manchada de sucia política y sólo observando la calidad artística, determina que esos apuntes  no están alejados de la realidad y coinciden con nuestro pensamiento: no hay gemas brillantes y solo refulge el barro a la luz de la luna.

Ya se sabe, en materia de gustos nada hay escrito.

Pese a sus publicaciones, esfuerzos y soberbia, los candidatos a la gloria literaria todavía no alcanzan  los talones de los maestros.

Sigan participando.

ARTURO FLORES PINOCHET (2019)