Hernán del Solar, La Noche de Enfrente (libro)

la-noche-de-enfrente-hernan-del-solar-nascimento-1952-262121-MLC20710217382_052016-FPor Jorge Arturo Flores        

Hernán del Solar, (crítico literario, cuentista, traductor, periodista, Premio Nacional de Literatura 1968), caminó por la senda de la narrativa con particular éxito. Si bien se le recuerda por sus libros publicados por Rapa Nui (más de 40), relatos de índole infantil, no es menor su trayectoria en la cuentística, aunque en esta faceta solamente publicó dos libros (Valle Verde y La Noche de Enfrente). Dos textos que marcan una forma distinta de narrar, con un estilo sobrio, aunque aureolado de poesía, y un lenguaje sintético, como dando pasos cortos, disminuyendo distancias y dejando en la retina del lector una imagen curiosa, brillante, diversa.

Hay que leer sus cuentos y disfrutarlos, porque son diferentes a los escritos a esa fecha (1952).

La noche de enfrente

El nombre de uno de sus ficciones da título al libro. Es un ejemplar que reúne nueve narraciones breves, aunque no demasiado menudas. Algunas exceden largamente las cinco páginas.

Hay dos relatos que sobresalen

Uno de ellos es Pata de Palo. Hernán del Solar, con un estilo preciso, provisto de una lengua rigurosa, algo extraña para el común de los relatos tradicionales, se sumerge en la interioridad infantil, en sus juegos, en su amigo imaginario. En este caso, el Capitán con su pata de palo. Y es notable cómo engarza la anécdota, observándola desde el prisma infantil. La narración corre presurosa y va saltando las generaciones, explicando de paso cómo el niño deja de ser tal y, por ende, obliga a  Pata de Palo enmudecer.(”Y una vez, ya no recuerdo cómo, creí que había muerto. No lo ví más, no lo recordé, porque dejé de ser niño”). Pero más adelante viene el matrimonio, mujer e hijo y la historia vuelve a repetirse. Pata de Palo revive y cuenta sus sueños al nuevo infante.

Es un relato magistral.

Llama la atención, como decíamos, el manejo del lenguaje: breve, sintético, nimbado de poesía, con reflexiones mínimas y descripciones menudas. Tiene un gran trasfondo, recrea acertadamente el ambiente y deviene en un cuento rotundo.

Como lo es Rododendro, el otro texto que comparece a continuación.

El autor traza magníficamente la soledad de un hombre que vive en una casa de huéspedes. Ha jubilado, confecciona barcos en botellas y habla con ellos. Hasta que surge la palabra que todo lo trastorna: Rododendro. No es la planta que explica el boticario en la mesa, sino la que el misántropo  le ha otorgado en su magín: un pez. Busca la madera, lo talla, lo sitúa en una redoma, le confecciona un gran ojo…y conversa con  él.

Rododendro.

Es la expresión que más abunda en el cuento y expresa la terrible soledad de un jubilado que se encierra en su habitación esperando, con seguridad, la muerte. Hay un atisbo de pasión en el encuentro con Alicia, pero ésta abandona el cuarto riendo, dejándolo en la absoluta orfandad.

“Es hora de dormir. Somos viejos”, finaliza.

Notable.

Pero el agrado de leerle no remata en estos cuentos. No. Hay otros que también cautivan y atrapan al lector. Por ejemplo, la Noche de Enfrente, risueña relación de dos muertos que desordenan una tertulia de espiritistas. Es el alma de un asesinado junto al de un suicida. Este último es más serio y quiere que lo escuchen. El otro, cuando penetra en la sala, suelta su alma humorística y arma tal batahola que los humanos huyen.

Una atmósfera marcadora

Al finalizar la lectura, el lector queda un rato pensativo. Madura lo leído. Piensa. Y hay algo que le roe el alma, algo como inexplicable. Vuelve a leer los dos primeros cuentos. Ya. Ahora sabe que es lo que inquieta. Es la atmosfera, el ambiente, la forma que conviven los personajes. Falta alegría. El niño en Pata de Palo no es regocijado. Más bien reflexivo. Para qué decir el Capitán. Peor aun. Se ensimisma mirando el mar. En Rododendro la atmósfera es igual. El jubilado no es exultante ni brinca de gozo. Puede comprenderse. Apartando a los colegiales que dan el tono festivo,  el entorno es melancólico, de color gris. Eso es. Hay melancolía. Algo que no sube. Se mantiene. Es muy parejo.

Además, está el estilo.

Una forma de contar que rompe un poco con los moldes tradicionales. Hay poesía, es cierto; reflexión, la lengua es precisa, justa, no de ordinaria ocurrencia. Nótase la cultura de su autor.

Aun cuando los risueños espíritus de los muertos juegan a incomodar a los espiritistas, aun así, se nota la seriedad del creador. Algo empaquetado. No se despercude.

Es curioso.

Eso no quita que  el volumen se lea con mucho interés, agrade y deje en el aire una sensación de amplia cultura, sosegada originalidad y estilo enriquecedor.

Hernán del Solar tuvo atributos de sobra para incursionar con éxito en la narrativa. Lo hizo magistralmente en su más de 40 novelas para niños y es uno de los factores que tuvieron los jueces para otorgarle El Premio Nacional. La literatura infantil, al menos en Chile, no ha tenido un desarrollo sostenido y relevante. Lastima que no perseverare en esta aptitud, entregándose de lleno, el resto de vida, a comentar libros ajenos.

Lo hizo también con arte, justicia y conocimiento.

Hernán del Solar fue un grande escritor y conviene, después de un tiempo, releerle.

NOTA: En el año 2012 Raúl Ruiz, cineasta chileno, dio a luz  una película del mismo nombre. Debiera estar basada en el libro porque en el filme surge el Capitan Silver (Pata de Palo), el jubilado (Rododendro) y la sesión espiritista (La noche de enfrente).

TEXTO: Jorge Arturo Flores

FOTO: Memoria Chilena

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