HISTORIAS DE BANDIDOS EN LAS LETRAS CHILENAS

PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN DEL TEXTO, SALVO QUE SE INDIQUE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA FUENTE.

 

 

CUATRERO DIBUJO

 

Jorge Arturo Flores

La literatura chilena no ha permanecido indiferente a las historias de bandidos que ocurrieron en la historia nacional. Específicamente en los tiempos coloniales. Muchos recordarán, sin duda, las aventuras de Vicente Benavides, Los Pincheira y, en menor grado, José Miguel Neira, el bandido Neira. Forman la trilogía de los forajidos más conocidos de Chile.

Los textos contando sus “hazañas” suman número apreciable.

Al parecer agrada al lector común, a muchos lectores mejor dicho, esta clase de protagonista, tanto en la historia como en las letras, y saborea con indisimulada fruición todo lo que se relacione con ellos. Debe sugerirle, tal vez, el anti héroe, el hombre que rompe cadenas, carga con los prejuicios, busca con ahínco su sobrevivencia. La sangre, violencia y muerte es lo abundante en torno a sus fechorías y estas circunstancias, no olvidemos, es lo que más arraigo tiene en la masa. Pero también hay cierta complacencia y algún solapado olvido por lo que hicieron, aunque después digan que eran unos deshumanizados, cercanos a las bestias y bien merecieron su destino final.

Es que no es bien visto aplaudir facinerosos.

Eso en lo relativo a novelas de bandidos de carne y hueso, con las debidas licencias ficcionales. Contrario censu existen otros autores chilenos que incursionaron en esta vertiente, específicamente en el cuento, deviniendo en relatos de singular trayectoria y redactadas con decoro.

Sin ir muy lejos, parte de la cuentística de Manuel Rojas lo aborda, primordialmente el que se ha considera el mejor de su producción: El Bonete Maulino, historia de un inadvertido zapatero que por las noches se dedicaba al cuatrerismo o al robo de casas.

El otro cuento clásico en estas materias es Los Dos junto a Ciriaco Contreras de Rafael Maluenda (que publicó un libro intitulado Historias de Bandidos).Los Dos es un cuento vibrante, esplendido, tenso, emocionante. Uno de los mejores en la narrativa breve junto al Bolete Maulino de Rojas.
Pero la lista de buenos cuentos narrando historias de forajidos continúa con El Cuarto de Garras de Fernando Santiván, El aspado de Mariano Latorre, Cuesta Arriba de Luis Durand, El último disparo del Negro Chávez de Oscar Castro, La Espera y El Negro González de Guillermo Blanco; etc.

Al parecer es tema de época, porque actualmente cuesta encontrar cultivadores de este “género”, abundando los que se refieren al delincuente urbano.

El peso del progreso citadino sin duda.

En general – de la muestra obtenida – podemos inferir que los cultores del tema en comento lo hicieron bien, reflejaron con acierto una historia que camina al costado de la vida cotidiana y tuvieron el tacto de dibujar a los bandidos desde la perspectiva eminentemente humana, sin descalificaciones, con una mirada plena de simpatía.

Una forma, tal vez, de confrontar desde las letras al sistema socio económico imperante y sus secuelas.


APENDICE

Como una manera de complementar eruditamente nuestra brevísima crónica sobre bandidos, extraemos del excelente portal MEMORIA CHILENA la presentación que realiza obre el tema:

“Las andanzas y peripecias de bandidos –salteadores y cuatreros– constituyen un tema fuertemente arraigado en la literatura chilena, cuya tradición se remonta al siglo XIX. Desde la década de 1750, grandes bandas de salteadores asolaron los campos del Valle Central, desafiando a las autoridades, sembrando el pánico entre los hacendados y despertando la fascinación del mundo popular. Símbolo de la libertad ansiada por los sectores más postergados del campesinado y, al mismo tiempo, de una violencia que no conoce dios ni ley, la representación literaria de los bandoleros ha transitado desde la de auténticos héroes populares hasta la de criminales implacables y sanguinarios. Siempre revestidos por un halo de leyenda, los bandidos han servido de inspiración a numerosos autores nacionales, que han dado forma a una narrativa con rasgos particulares.

El bandido en nuestra literatura suele ser, en su origen, un vagabundo o un peón de campo que transita por los márgenes del sistema social de la hacienda y encuentra en la actividad delictual una manera de recuperar la dignidad. Se convierte, entonces, en “cuatrero o ladrón de caballería, que viene a constituir algo así como el generalato dentro de la jerarquía de los malhechores, en que el escapero o el punga ocuparían el rango inferior” (Dantel, Elvira. “El bandido en la literatura chilena, p. 242). De acuerdo al crítico literario Antonio Avaria, “la literatura del bandolerismo suele preferir las hazañas y la leyenda romántica a la descripción o enjuiciamiento de crímenes y atrocidades” (“Bandido chileno no es de jugar”, p. 2), inclinándose así, abiertamente, por la representación heroica del bandido. El retrato del personaje resalta aquellos atributos que le permiten burlar el orden establecido, muchas veces para salir en defensa de los desprotegidos: la mayoría se caracteriza por su astucia, picardía e intrepidez; otros, son reconocidos por su caballerosidad o sentido de justicia social excepcionales. Por tal motivo, el entorno de estos personajes se relaciona con ellos a través de un sentimiento de complicidad, el mismo que aflora en el lector al seguir sus fechorías.

La revisión de las publicaciones más notables que tienen el bandolerismo como eje central se inicia en 1885, con el libro Leyendas nacionales, donde Salvador Sanfuentes plasma su visión del bandido. Luego, en 1871, apareció Los Talaveras: novela histórica (1814-1817) de Liborio Brieba, cuyo argumento se inscribe en el ciclo temático de la Independencia. Por su parte, en 1874 Francisco Ulloa publicó El bandido del sur: episodios: 1830 a 1837.

En las primeras décadas del siglo XX, gracias a la revalorización de los temas campesinos que promovió el criollismo, el tema del bandidaje atrajo la atención de una serie de autores, como Mariano Latorre en On Panta (1935) y Luis Durand en Frontera (1949). Años más tarde, en 1961, Rafael Maluenda, uno de los escritores que mejor desarrolló este tópico, publicó Historias de bandidos. Luego, Pablo Nerudacontribuyó al desarrollo de este tópico con un libro sobre la figura de Joaquín Murieta, que ya había sido retratada antes por Antonio Acevedo Hernández.

El trabajo compilatorio realizado en 1972 por Enrique Lihn, titulado Diez cuentos de bandidos, entrega un panorama de la literatura de bandoleros chilena, por medio de relatos de destacados autores nacionales del siglo XX que demuestran cómo las tensiones sociales y las sensibilidades de cada época han dado forma a la representación del forajido y del mundo que lo rodea”.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s