MI MADRE

Jorge Arturo Flores

Además de haber sido una belleza, buena mujer, gran esposa, mejor amiga y buenísima persona, nuestra madre tenía una facultad matriz: era una gran lectora. Impenitente. Desde joven hasta que la vela de su vida extinguióse a los 91 años (2014). Tanta lectura, mantenida en el tiempo, le otorgó, por supuesto, una condición espiritual distinta.

Observadora, hablando lo justo, con variedad de temas, amoldándose siempre con inteligencia en la sociabilidad.” Sensible, sensitiva, sentimental”. Con ella hablamos de todo, desde política hasta el arte, de la cotidianidad hasta la religión, de lo alto y bajo de la existencia. Le pasamos cada nuevo escrito que salía de nuestro magín y atendíamos con cuidado a su crítica, siempre benevolente, aunque sin ocultar lo que no le parecía.

Fue la gran amiga.

“In illo tempore” la casa contenía muchos libros. El padre leía a Julio Verne o Emilio Salgari, además de las clásicas novelitas de bolsillo de cowboys. Todo fue engullido por quien escribe a muy temprana edad. Nuestra madre gustaba preferentemente novelas y revistas femeninas, pero, posteriormente, desde la venida de Pucón, el espectro de lecturas se amplió y abarcó más selectas, donde la literatura no estuvo ausente.

Paralelo a la lectura, escuchábamos con ella El Gran Teatro de la Historia que se daba a través de la Radio Minería y contaba las vicisitudes de los soldados chilenos en la Guerra del Pacífico. Todos los días, todas las tardes. Cuando muere en la batalla Rafael Torreblanca, héroe del Regimiento Atacama, ambos lloramos “a moco tendido”. Debemos haber tenido 13 o 14 años.

Posteriormente adquirió los 5 tomos del libro de Jorge Inostrosa. Después de leído, nos los pasaba. Eran devorados.

Cronos continuó con el éxodo del tiempo.

Una vez, en Constitución, en tiempos liceanos, la acompañamos al centro de la ciudad a comprar. Pasamos a la librería. Quería adquirir un libro. Cuando tuvo lo que buscaba nos dijo, “elije uno”. Miramos los anaqueles y la vista se posó en un ejemplar de tapas celestes, con letras blancas y azul profundo. Título: Los Cuatro Grandes de la Literatura Chilena. Autor Alone.

Nunca antes un lector se ha visto de tal modo conmocionado con la lectura de un libro. Se nos abrió, de un violento pantallazo, una amplia ventana a la literatura chilena y nos sentimos transportados al cosmos mediante un formidable estilo que hasta hoy admiramos.

Desde aquel momento, todo fue leer, investigar y escribir.

El espíritu, dicen, sopla donde quiere o cuando quiere.

Nuestra madre fue el gran artífice del gusto por leer y de la inveterada manía por escribir.

Hasta hoy.

Cuando leemos lo que escribimos en la pantalla del computador, entrelíneas, surge su faz linda, su mirada azul, el pelo cano y esa sonrisa maravillosa, tierna y dulce con que nos recibía y que nos acompañará siempre por el resto de nuestra vida.

Hasta cuando nos encontremos.

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