IGNACIO VALENTE, EL ULTIMO DE LOS CRITICOS LITERARIOS

Como sabemos la crítica literaria es un género zarandeado por quienes sufren los efectos negativos de su acción. Es más zaherida, incluso, que la poesía y la narrativa. Sin embargo, es necesaria y los autores magullados lo saben muy bien.
Analizar la crítica literaria no viene al caso. Nos interesa reflexionar brevemente sobre uno de los grandes críticos chilenos: Ignacio Valente.
En los comentos realizados al través de nuestra existencia, advertíamos que, a nuestro juicio, cuatro eran los grandes en el ejercicio del análisis literario: Alone, Ricardo Latcham, Raúl Silva Castro, Hernan del Solar. Inclusive le dedicamos un estudio que permanece inédito (“Cuatro Grandes en la Crítica Literaria Chilena”). Son las cimas que imperaron sin pausa. Con dedicación benedictina, enjuiciaron las obras de escritores chilenos preferentemente durante el siglo XX. Siglo, por lo demás, que es el más fructífero, penetrante y vigente hasta la fecha.
“In illo tempore” surgieron voces que hoy son clásicos y constituyen estatuas que no han sido derrumbadas.
Pues bien, en ese escogido grupo de críticos también hay que agregar a Ignacio Valente. Escribe desde 1966 hasta 1993 y después lo hace esporádicamente (2018). Fue vecino de Alone en El Mercurio. Las diferencias entre ambos, aunque parecen siderales, no lo son. Ignacio Valente las manifestó en un artículo. No le encuentra iguales en el manejo magistral del estilo, aplaude su mirada exquisita en torno a las letras y lo sindica como crítico de su época. Mas aun, lo catalogó de Poeta de la Crítica. Objetó obviamente el subjetivismo hedonista de Alone, su alma mater. Sin embargo, con el paso de los años, en el transcurso del Siglo XXI, en un artículo reclama la importancia del gusto y el placer como motivantes de la lectura y su posterior análisis.
Un poco tarde aprendió la lección, pero a tiempo.
Valente indica que también se distancia de Alone en mantener la rigurosidad y jerarquía del género literario, ahondando en la estructura de los textos y sus partes.(Alone, sin embargo, por otros caminos llegaba a lo mismo). Aunque se confiesa enemigo del estructuralismo (no se condice con el placer y el gusto personal), su afán y el rigor académico lo hace caer, quiéralo o no, en las garras de aquella corriente crítica. Se le nota menos ahora. Incluso ha ganado en fluidez y claridad.

Son los años sin duda.
Lo ha dicho en reciente entrevista, a propósito del lanzamiento del libro Crítica Escogida (2018).
Ahora bien, como apasionados lectores de la literatura chilena hasta los años 70 y un poco más, nos cuesta dejar afuera de los Grandes al sacerdote del Opus Dei. Porque, si observamos su trayectoria, sus libros, su erudición indudable, es inevitable pasar a su lado sin contemplarlo.
Realmente sería una injusticia.
¿Cuál es la metodología de Valente en estos avatares? Desde luego, es dueño de una mirada crítica que se entronca con el academicismo. Es lo que más sobresale. Lo apoya su erudición, pero también, reiteramos, el rigor. Por otra parte, no escribe agradable como Alone o Hernan del Solar. Se parece un poco a Raúl Silva Castro (en la rigurosidad) y a Ricardo Latcham (en la cultura universal). En sus principios era pedante, oscuro y tedioso. Ha cambiado. Le costó aceptar que la crítica periodística va enrumbada hacia lectores heterogéneos, no necesariamente cultos y que, por ello mismo, el afán enjuiciador debe tender puentes para fomentar el cultivo de las bellas letras. Se equivocó asimismo al pensar que escribía para lectores que habían leído el libro en comento.
Después “le cayó la teja”.
Ahora bien, conocido, grosso modo, algo de su trabajo y trayectoria, deviene la interrogante clásica: ¿Fue aporte en el análisis de las letras?, ¿Colaboró en su desarrollo?, ¿Descubrió nuevos talentos?.
Pensamos que sí. Admirador de Nicanor Parra, distingue a Raúl Zurita, Silva Acevedo y Oscar Hahn entre los contemporáneos. Recordemos que Valente es crítico de poesía antes que narrativa como Alone de novela. Reconoce el gran valor de los poetas del siglo XX, hasta la década del 80. Entre ellos los conocidos Neruda, Parra, Rojas, Anguita, Arenas, Arteche, Teillier, Uribe, etc. Después, salvo los seleccionados en primer lugar, encuentra que la cuestión ha cambiado y le cuesta reconocer algunos con cierto talento. Consecuencia sin duda del gran interregno cultural que sopló sobre Chile durante 17 años.
Después del apagón, ciertamente cuesta divisar cumbres, a lo más pequeños montículos.
Por otra parte, en el decurso de su trabajo analítico, la política no podía estar ajena. Es imposible. Constituye un imán del cual pocos escapan. Al igual que Alone, era anti izquierdista. Pero, igual que Alone, no discriminó a quienes no comulgaban con sus predilecciones ideológicas. Alone lo hizo, por cierto, aunque menos de lo que se piensa, incluso su enfoque casi siempre recayó sobre autores que caminaban en las antípodas de su creencia. Pero los aplaudió igual. Es que, ante todo, primaba el gusto exquisito, la búsqueda de la belleza y el valor literario. Valente, a su vez, reconoce que la mayoría de los poetas y escritores nacionales caminan en la izquierda. Es decir, no tenía mucho donde decidir. Por un tiempo se asomó a la literatura universal, alternándola con la chilena. Fue una manera de no comprometer su independencia literaria. Pero, al final, sumaron más sus compatriotas que los extranjeros.
En sustancia, en resumidas cuentas, la tarea del crítico literario chileno Ignacio Valente (José Miguel Ibáñez Langlois) ha resultado provechosa en el Parnaso nacional. Su labor es reconocida y, si bien tiene adversarios de peso, entre los que destacan los manchados por la ideología de izquierda, abundan los que, en mérito a lo literario y artístico, celebran la gestión del sacerdote en la poesía. Es un referente, un obelisco al cual inevitablemente hay que acercarse, no se puede obviar su magisterio y, quiérase o no, el hombre tiene talento y erudición en lo que trabaja.
Debe contarse entre los Grandes de la Crítica Chilena. El último vivo.