INTOLERANCIA Y SOBERBIA DE VEGANOS Y VEGETARIANOS

Se  impone fuerte, tanto en el país como en  el planeta, la opción de no comer carne y preferir, a toda costa, lo que provenga de plantas, cereales, frutas, legumbres o vegetales. Algunos aceptan lácteos, huevos o peces. Ellos son los vegetarianos. Los otros, los veganos, no comen nada que tenga origen animal. Pero se impone la moda, porque lo es, de comer solo lo que no provenga de seres vivos. Es decir, ¡pobres plantas!, ¡pobres vegetales!,¡pobres lechugas! ¡pobres legumbres! no hay piedad con ellos y los adictos no “cachan” que podrían “sentir” algo, tal vez un dolor o un violento shock. Ignoran convenientemente que también tienen vida, de lo contrario, serían unos inconsecuentes, o sea, los matan para comer, es decir, lo mismo que critican a los que mastican carne. Hay estudios serios que hablan del “sentir” de árboles y vegetales. La teoría, como todas las teorías, es respetable y no  daña. La práctica, sin embargo, es un tanto dura. Se abren dificultosamente en la vida, tienen las conflictos lógicos con la cotidianidad, llámese celebraciones, comidas, fiestas; se convierten en seres singulares (¿será eso lo que buscan?), deben comer lo que puedan o concurrir a los pocos establecimientos específicos. Pero no reniegan de sus convicciones y continúan. Espléndido si es cierto y se aplaude a los consecuentes con sus principios. Hay una suerte de orgullo ahí. Decíamos que la teoría es respetable, pero su práctica complicada. ¿Por qué? Por cuanto, como es grupo menor, se convierten en secta y como tal su pensamiento no acepta ninguna crítica, son recalcitrantes con los que no siguen sus aguas, les niegan toda autoridad en estas materias y, quiéranlo o no, hay en su postura una suerte de soberbia, de cierto desdén hacia los “desnaturalizados” o desgraciados o imbéciles que comen carne, sin reparar en el sufrimiento animal. Hasta se descomponen cuando no los entienden. Algunos, más prudentes, sonríen, aunque desdeñosamente. Los siglos de la humanidad masticando carne como aporte nutricional a sus cuerpos pierden validez frente a la encorajinada actitud de estos impetuosos adeptos a plantas y vegetales. Hay un discurso que recuerda  ciertos partidos políticos de izquierda,  algunas sectas religiosas o  las posturas homosexuales de hombres y mujeres, todo un contexto que es discriminatorio, intolerante, dogmático, intransigente y agresivo. ¡Y ay de quienes se les ocurra rebatirles! Se lo comen vivo, con patitas y todo,  lo empapelan, no con pinturas clásicas (Mona Lisa por ejemplo), sino con un arsenal de insolencias, intimidación y agresividad que obliga a no ponerse frente a sus narices. Hay excepciones a la regla, por supuesto, siempre las hay, pero son escasas. ¡Ah mis queridos veganos/as y vegetarianos/as! Decimos queridos porque en nuestro  hogar hay dos que siguen esa tendencia y nuestra fortaleza físico-mental venció sus terribles maleficios sin que ninguna letra de su discurso nos contamine. En definitiva, no pudieron y nos observan, no con mucha simpatía, sino todo lo contrario. Nos recuerdan  a los obsesivos-maníacos. Antes que nos fulminen, nos despedimos porque junto a nuestro hijo tenemos preparado un asado de chuparse los dedos junto a una cantidad decente de buenísimos vinos, acompañados, escasamente, por cierto, de lechugas, tomates y papas con mayonesa. Pero la carne predomina de todas maneras. Bon apetite. Au revoir.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2019