Jenaro Prieto, Un Muerto de Mal Criterio

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione al autor y la fuente.

 

 

 

articles-9149_thumbnail.thumbPor Jorge Arturo Flores

No tuvo la repercusión de su célebre libro, El Socio. No obstante ello, se hace leer con agrado. El tema es la muerte de un juez que vuelve, desde ultratumba a sentarse en el mismo sillón, dentro del mismo tribunal, junto al mismo secretario Gelezaga (muerto cinco años antes).

Desde allí trabaja de nuevo.

El ambiente, claro está, es muy disímil: están en la otra vida, su jefe es el Padre Eterno, tienen a Salomón, sí, el mismo del Cantar de los Cantares, como Corte de Apelaciones y sus dictámenes tiene que ver con el destino final de las personas: limbo, infierno, cielo o purgatorio.

Todos apelan, dice el secretario, cuando la sentencia no es el cielo.

En su época, Un muerto de mal criterio recibió elogios, pero no fue estudiada mayormente, por lo tanto no se analizó el valor escatológico subyacente en la obra. Por otra parte, esta novela fue comparada con la narrativa picaresca española, cuyo máximo exponente fue Francisco de Quevedo: “Flota sobre el libro un amable escepticismo. El fondo de la inspiración, la arquitectura general, la filosofía un poco cínica, pero siempre sana y original, el chiste mismo, están entroncadas con la mejor tradición española de la época picaresca. Me atrevería a pronunciar un nombre muy grande: el de Quevedo” (C.S.V. “Un muerto de mal criterio”, El Mercurio, 30 de julio, 1926). (Memoria Chilena)

En sustancia, es una postura sarcástica y crítica del régimen judicial chileno, adornado con excelentes agudezas y provisto del necesario humor, que lo ha hecho famoso. Los alegatos de los muertos frente al juez permiten a éste y a su singular secretario elucubrar las más festivas teorías respecto al comportamiento humano, es decir, a los vivos. Es la oportunidad para hablar en sorna o echar a la broma los serios argumentos que el común de los mortales emplea en su cotidianidad. Hay mucho lenguaje técnico propio de quien ejerció la abogacía. Y los leguleyos, al leerle, no ocultarán sonrisas a diestra y siniestra por los casos que allí se tratan y la jurisprudencia que se recaba para cada situación. También, resultan brillantes los alegatos en pro o en contra del dictamen.

Un libro que no ha perdido vigencia y que siempre es bueno releer.

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