Jorge Teillier: En la secreta casa de la noche

CASA NOCHE

Prohibida su reproducción, salvo que se indique el nombre del autor y la fuente.

Por Jorge Arturo Flores

Hay poetas que consiguen encajar en nuestra memoria imágenes que no se olvidan y permanecen allí por tiempos milenarios. Son metáforas brillantes  que muestran ingenio, agudeza, un talento soberbio, una plenitud lírica realmente notable.

Son muchos los casos que podrían enumerarse.

Pero esta vez no referiremos a uno en particular.

Es el que da el título a esta crónica. Pertenece a Jorge Teillier, el gran poeta sureño, dueño de una capacidad de versificar sobre lo cotidiano – en especial la melancolía y el recuerdo juvenil – ciertamente envidiable. Aparentemente sin esfuerzo, como al desgaire, dejando fluir el agua correntina de sus versos, formó un considerable caudal de poemas que agradan y llaman la atención.

El lector que vivió en el sur, que sintió la lluvia golpear el rostro o el viento arremolinar sus vestidos o escuchar el maravilloso canto de los pájaros o pudo comer el pan amasado recién salido del horno o logró contemplar “el temporal del último tren”, etc., se reconoce plenamente  en sus versos,  conviértese al rato en un cómplice del País de Nunca Jamás, rememora y querría que aquello nunca muriera.

He aquí un poema referido a los amantes, a los que se esconden “en la secreta casa de la noche” para desbordar sus pasiones y, con toda seguridad, su amor. Redactado en tono sencillo, explícito, sin desbordar, cuenta lo que ocurre. Es un tema por lo demás manido, pero que en la pluma de Teillier cobra otro realce, va más allá de la simple mención. Si bien el tema es recurrente, reiteramos,  lo que sobresale y marca al lector es aquella notable imagen que se repite sin molestar ni parece indebida: la secreta casa de la noche.

Todo un acierto sin duda. Propio, naturalmente, de los bendecidos por los dioses.

Leámoslo

 

EN LA SECRETA CASA DE LA NOCHE

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.

Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.

Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.

El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la casa secreta de la noche.

 

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