Julio Vicuña Cifuentes:El Asno, La Ocasión

Por Jorge Arturo Flores

(Prohibida su reproducción)

Julio Vicuña Cifuentes tiene un lugar ganado en la literatura chilena, no por la cantidad de trabajos producidos, que es exiguo, sino porque las antologías no permiten excluirlo de sus textos.

Dueño de una poesía intimista, basado en lo cotidiano, con palabras justas, el poeta recrea realidades con un talento notable.

En cierta forma ha pasado a la posteridad con dos bellos poemas que, como decíamos, se repiten en toda antología que se precie de tal. Son El Asno y La Ocasión.

Veamos el primero.

No es frecuente que los bardos apunten la pluma hacia seres un tanto desprolijos de atención o que, pese a su indudable capacidad para caminar al lado de la humanidad, pasan inadvertidos justamente por sus características básicas: mansedumbre, soledad, domesticación.

El Asno es uno de ello.

En Chile le conocemos como burro y su figura se presta, en general, para la broma, el jolgorio y la analogía con la terquedad.

Ser burro es sinónimo de incapacidad para instruirse o entender: “¡Eres un burro”!. La lentitud de su paso cansino también es motivo de expresiones populares: ” lento como el burro”. O cuando portamos excesivo peso: “más cargado que burro”. Pero donde la creatividad del connacional toca ciertos límites es cuando, entre hombres, se hacen alusiones al tamaño de sus genitales comparándolo, oh ingenuidad, con los humanos, añadiéndole a ese parangón la consiguiente complacencia sexual.

El chileno tiene un amplio registro sobre lo positivo y negativo del asno.

Sin embargo, lo quiere entrañablemente.

Apartando el matiz humorístico que la desmadejada figura del asno provoca en el vulgo, encontramos al poeta chileno que le hace justicia, lo describe acertadamente, lo adorna con cariño y lo eleva a la altura que merece.

El celebrado formidable poema, que surge en las buenas antologías, es el que a continuación leemos:

En la dehesa, sátiro; en el corral, asceta;
paciente como Job, como Falstaff, deforme,
con gravedad de apóstol, sobre la frente quieta
lleva los dos apéndices de su cabeza enorme.

Ni la hartura le halaga, ni el ayuno le aprieta,
con su destino vive, si no feliz, conforme,
y prolonga su efigie de contrahecho atleta
en una innumerable generación biforme.

Vivió noches amargas, tuvo días lozanos;
le cabalgaron númenes, le afligieron villanos;
unas veces la jáquima, otras veces el freno.

Honores y trabajos tiempo ha los dio al olvido,
pero siempre recuerda su pellejo curtido
la presión inefable del dulce Nazareno.

“Pero siempre recuerda su pellejo curtido / la presión inefable del dulce Nazareno”. ¡Qué final más bello, qué cierre magistral!. Después de contar las venturas y desventuras del animal, cierra todo aquello con una imagen notable. “La presión inefable”, “el dulce Nazareno”.

Cuesta encontrar las expresiones precisas para resaltar ese formidable fin de poema. Hay que leerlo, sin sacarlo del contexto. Y admirarse.

Sabemos que en materia de gustos nada hay escrito y esos versos, que nos parecen estupendos al cerrar el poema, a otros los puede dejar perfectamente indiferentes, asombrados. Es lógico, es lícito. Es humano.

Al final, cuestión de ánimo.

En La Ocasión, el poeta desenrolla lentamente la acción a través de preguntas de la madre, como al desgaire, seguramente mientras realiza su tarea doméstica, y las respuestas de la hija, quizás con la mirada en el suelo y las manos a los lados, laxa.

Comienza en el cortejo y finaliza con la acción física.

En el poema de Vicuña Cifuentes hay algo más bien frío, contenido, aunque se respira la atmósfera de la muchacha que va excusando en sordo murmullo la pérdida de su virginidad. Una excusa muy valedera. Meditada. Hasta objetiva. Real.

Lo que la muchacha va excusando, la sabiduría de la madre lo intuye.

Léase el breve poema

 

La rosa que ayer tarde en el jardín cogiste,
ya no estaba en tu pecho al volver del salón:
-quien pudo arrebatártela si ti no se la diste?
-La ocasión, madre, la ocasión.
-En tus mejillas rojas hay la huella de un beso
(los besos dejan huellas cuando pecados son):
i quien pudo, sin tu gusto, consumar este exceso?
-La ocasión, madre, la ocasión.
-Tu rostro languidece, se te acorta el vestido
y ya le viene estrecho al talle el cinturón:
-quien pudo ajar tu honra, si ti no lo has querido?
-La ocasión, madre, la ocasión.

Otro final espléndido que cierra el poema.

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