LA CIUDAD DE LOS CESARES EN LAS LETRAS CHILENAS

La búsqueda de ciudades mágicas, plenas de oro y plata, con habitantes distintos, ubicadas en lugares ignotos, ha sido leitmotiv  en la temática de varios autores, no tan solo chilenos, sino también a nivel mundial. Basta recordar las aventuras en busca de El Dorado en la Amazonía o los territorios de las Amazonas, las famosas mujeres guerreras, no precisamente en tierras brasileñas, sino en Europa. La imaginación por lo maravilloso, por lo que  sale de lo normal, por todo aquello que llena el espíritu de aventuras, siempre está presente en la literatura.

En Chile no estuvimos ausentes del fenómeno.

 Hay dos escritores, muy conocidos en el ambiente, que emplearon su pluma para hablar sobre esas ciudades míticas. Uno Manuel Rojas, con la Ciudad de los Cesares. El otro Hugo Silva Endeiza con Pacha Pulai.

Pero hay otros que no se mencionan con facilidad.

Luis Enrique Délano publicó En la Ciudad de los Cesares. Pedro Prado escribió El Viaje de Antón Paéz. La ciudad mitológica aparece en la obra de Miguel Serrano “La Ciudad Inexistente” en tanto Martínez Estrada, en su Radiografía de La Pampa, hace referencia a Trapalanda.   Francisco Ortega realiza la serie La Trilogía de los Césares, donde la ciudad en comento surge en la segunda saga, El Verbo Kaifman. Finalmente, Bruce Chatwin también cita la Ciudad de los Césares en su libro En la Patagonia.

Como podrá verse,  es tema que ha prosperado en nuestra literatura.

Pocos, pero buenos.

La sed de aventuras, tanto de autores como de leyentes, los impulsa a recrear la imaginación, a borrar límites, a concebir mitos y leyendas, a solidificarlos y exhibirlos en la realidad de un libro, creando con ello un interés anexo al gusto de las mayorías. Hoy, cuando no se lee y la tecnología impera, desertificando el imaginario, es bueno saber que existieron autores que sobrevolaron, en alas de la imaginación, tierras inexploradas, “conocieron” civilizaciones remotas e inventaron tramas dentro de ellas concitando el interés del lector, haciéndolo soñar, que es uno de los objetivos primordiales de todo buen aficionado a la lectura. Soñar, verbo que en la actualidad ha quedado a la vera del camino, porque los intereses globales corren por otros rieles, perdón, por otras fibras ópticas, constituyendo una actividad poco rentable. Bendigamos a estos inventores de fantasías porque nos alegraron el espíritu, nos hicieron fantasear y, lo mejor, conseguimos volar por mundos fantásticos, esos que ya no existen y alimentaron, alguna vez, nuestras imaginaciones juveniles.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020