LA LLEGADA DE LOS CHOROYES

En aquellos tiempos maravillosos y privilegiados  de nuestra infancia y juventud en la Península de Pucón (Nacimos en Constitución y nos fuimos chiquitos al sur) nos sonaba a maravillas el bullicio de los choroyes, entendiéndolo como el anuncio de la primavera. Entonces las estaciones eran marcadas y la más linda era ésta con días soleados, flores por doquier, árboles en su esplendor, pájaros perfumando el aire con sus trinos, mientras comenzaban los preparativos para construir nidos y conquistar  la pareja que le daría pajaritos. Vida de campo. Era una atmósfera plena, alegre, luminosa, a veces con el puelche tibio cabalgando de cordillera a mar. Eso era vida, un renacer. Los choroyes llegaban en bandadas verdes y se quedaban en los hualles y peumos, comiendo sus frutos. Iban de árbol en árbol. Después,  íbanse y no regresaban hasta el otro año. Pero el recuerdo de su algarabía quedaba en nuestra memoria.  Esta remembranza nace cuando  escuchamos, en la ciudad, el griterío, no de choroyes, sino de las cotorras argentinas que se adueñan de los más altos árboles, nidifican y llenan el aire con sus gorjeos estridentes. Ellas no tienen, al parecer, el límite de las estaciones y están todo el tiempo en lo mismo. Pero nosotros, al oírlas, nos transporta al pasado y traemos de allá una visión paradisíaca de aquella época maravillosa que solo ahora  valoramos. Por cierto, solo se valora lo que se pierde. Después, después  es tarde. Un visaje nostálgico a una etapa de nuestra vida que nos marcó for ever y quisimos compartir con las amigas y amigos.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020