LA MUERTE DE NICANOR PARRA

Cuesta escribir sobre el poeta favorito que elevó vuelo a la eternidad ( 23 de enero de 2018). Cuesta porque nos acompañó desde los 18 años de edad en nuestra travesía literaria y constituye una pérdida inconmensurable. Más aun, cuando por la edad que poseía, 103 años, ya estábamos acostumbrados y sorprendidos por lo bien que se mantenía. Sabíamos que tenía que irse, pero su fortaleza física y una maravillosa lucidez impedían el despegue.

Han pasado tres días de su fallecimiento y hoy lo recordamos teniendo el réquiem de Mozart como compañía.

La lectura de su poema “Sinfonía de Cuna” nos impulsó a conocer al gran antipoeta. Con rapidez buscamos sus libros y lo leímos con apasionamiento. Un mundo distinto se nos abrió, una nueva forma de poetizar, una manera sencilla y clara de construir versos, que no habíamos visto antes,( todo encorsetado por la rima o por lo hermético). Fue algo como la visión divina que tienen los presuntos profetas. Así de grande fue nuestra emoción al conocerle.

Leerle, entonces, se convirtió en una pasión obligada.

Empezamos a saber de su vida y de su obra. En aquellos tiempos todavía no alcanzaba el fulgor que logró posteriormente, pero nos mantuvimos atentos a su tarea. Poco a poco, a medida que se publicaban, íbamos adquiriendo sus libros. Todos sus libros. Leyendo y releyéndolos, a tal punto que nuestra escritura poética, por lógica, cambió el paso abruptamente y se encaminó gozosa por las líneas parrianas, en el sentido de la coloquialidad, sencillez, claridad y algo de humor.

Pergeñamos también crónicas literarias que publicamos en nuestras páginas web, las cuales en estos días sufrieron un alza de las estadísticas realmente increíble. Recortamos los artículos de la prensa escrita relacionados con su trayectoria. Es decir, todo lo que hace cualquier ferviente admirador de su poeta o escritor favorito.

Confrontamos nuestro juicio con los especialistas que escribían en la prensa o en textos específicos. En general coincidíamos con la irrupción de esa nueva formar de poetizar, aunque no en la forma críptica y pedante que escribían. Asimismo, leímos los juicios de poetas y escritores que no tragaban la poesía de Parra. Eran pocos, pero ladraban agudamente. Divisamos a Gonzalo Rojas y Carlos Droguett. La mayoría, en todo caso, eran poetas de escaso nivel y escritores de bajo relieve. Columbramos que esos ataques provenían de la “inmortal tristeza por el bien ajeno” (en Chile ocurre siempre que alguien se despega del común) o eran productos de su delicada epidermis o simplemente no coincidieron en la empatía. Pensamos que todo se reducía a la máxima “me gustas, no me gusta”, pero, posteriormente, leyéndolos más a fondo, comprobamos que todos poseían coincidencias ideológicas: o era comunistas o izquierdistas fanáticos. Predominaban los ignorantes consuetudinarios y los arribistas artísticos.

La política una vez más haciendo de las suyas en campos que no le son propios.

De esa manera se entendían los ataques.

Los derechistas tampoco estuvieron ajenos al acontecer parriano, especialmente en la dictadura. Sin embargo, como la virtud artística nunca ha sido uno de sus privilegios y no cuentan en el Parnaso de Las letras con habitantes de lustre, sus invectivas fueron, como todo lo suyo, estériles, anodinas, enceguecidas por el odio marxista (¿), sosas y carentes de proyección.

En materias políticas, Nicanor Parra se aisló. Sacó de quicio a los izquierdistas y derechistas. Prefirió la independencia ideológica, se convirtió en “ecopoeta” y en sus escasos textos de índole doctrinaria les aplicó agudos y geniales estiletes, totalmente ajenos al panfletarismo, tan propio de los mediocres, y entroncados en la genialidad artística, privativo de los elegidos.

Entre tantos, uno de sus mejores artefactos fue “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, algo que parece absurdo, pero que hoy ya no lo parece y es normal verlas juntas.

El vate vaticinó.

Pese a los ladridos, cada vez más lejanos y mortecinos, contemplamos como Nicanor Parra empezó a recibir lauros que se fueron depositando en su cabeza con cierta regularidad. Había alcanzado la cima, adonde llegan los elegidos, entre los cuales, por supuesto, no estaban Rojas ni Droguett. Nombrado Hijo Ilustre de Chillán, le fue concedido el Premio Municipal de Poesía (dos veces), el Premio Nacional de Literatura, el Premio Prometeo de España, el Premio Abate Molina, el Premio Luis Oyarzún, el Premio Reina Sofía de España, el Premio Juan Rulfo de México y el más cotizado, el Premio Cervantes, equivalente al Nobel de Literatura. Como obtuvo el Cervantes, hubo de concederle el Premio Iberoamericano Pablo Neruda, el cual, en circunstancias normales, no tenía para cuándo. La lista de galardones no es poca, pero nombramos los más conocidos. También surgieron los “Doctor Honoris Causa” de varias universidades chilenas y extranjeras (Oxford y Brown) y las Medallas Universitarias. El Gobierno de Chile le concedió la Medalla Gabriela Mistral, la más grande distinción. Como si todo ello no bastara, fue postulado tres veces al Premio Nobel de Literatura, sí, tres veces, lo cual indica definitivamente su alto nivel artístico.

Hubo, sin duda, una gran valoración de su tarea.

Nuestra afición por su obra literaria no conoció límites y su presencia nos acompañará a lo largo del tiempo hasta que cerremos los ojos. El más grande de las fruiciones en la poemática nos fue proporcionado por el gran antipoeta Nicanor Parra, el irrepetible.

Hoy ya no está. Sólo quedan sus libros, mudos testigos de su paso por la vida terrenal, a los cuales deberemos retornar una y otra vez para disfrutar nuevamente de su talento, ingenio y humor.

POST DATA
La muerte de Nicanor Parra originó un despliegue periodístico increíble en un país absorto en los vaivenes de la política, de la farándula, de los festivales veraneales, de los homicidios y accidentes de tránsito. Los diarios publicaron su fotografía en la portada con extensión admirable al igual que muchos diarios extranjeros. Los titulares opacaron el resto de las noticias. Incluso el presidente electo, antes de dar a conocer a los miembros de su gabinete, en un acto insólito (la cultura no es alimento apreciado por la política), anunció el fallecimiento del antipoeta, recordó algunas anécdotas, sin equivocarse y pidió un minuto de silencio.

La televisión destacó a sus reporteros y cubrieron in extenso la noticia. Como buenos periodistas, no todos estaban al tanto de la obra parriana y lo conocían de oídas, pero salieron bien del paso.

Se decretó duelo nacional. Sus restos fueron velados en la catedral de Santiago y luego depositados en la propiedad contigua a su casa, el sitio donde hubo una casa llamado Castillo Negro o Pajarera y que fue incendiado misteriosamente durante la dictadura. Parra no quiso construir de nuevo en el lugar, el cual visitaba periódicamente cuando quería estar solo. Había solicitado encarecidamente que lo sepultarán allí mirando al mar y a la tumba de Vicente Huidobro en Cartagena, “quien le daba buena onda”.

“Pablito” quedó a su espalda.

La Presidente en ejercicio, Michelle Bachelet, acudió tanto al velatorio como al entierro en Las Cruces. También lo hicieron el Ministro de Cultura y la nueva Ministra del próximo gobierno. Escasísimos colegas de profesión. Prácticamente 3 o 4.

Miles de personas (¿cuántos realmente lo habrán leído?) acompañaron todas las manifestaciones de pesar, cantando, bailando cuecas, colocando dibujos alusivos y flores.

Chile despedía así al último de los Grandes Poetas de la Poesía Chilena. Antes le precedieron Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro.

Jorge Arturo Flores
Peñaflor, 25 de enero de 2018