LA QUINTAESENCIA DEL CUENTO BREVE: Monterroso

 

conejo y leon, reducido

 

Por Jorge Arturo Flores

Augusto Monterroso, escritor guatemalteco, no es muy conocido en Chile. No sabemos si en el resto de los países ocurre lo mismo. En todo caso,  su trayectoria literaria es vastísima y ha obtenido muchos y preciados laureles por su trabajo además del reconocimiento internacional. Su obra, como corresponde a un cultivador del mini cuento, es,  por lógica, breve. Tal vez por allí pase el que su producción no haya sido convenientemente repartida. Como sabemos, a muchos la abundancia o la extensión casi siempre les resultan sinónimos de talento y la calidad.

Monterroso, sin embargo, es la contrapartida de cualquier exceso.

Cultivaba con esmero, con “ciencia, paciencia y conciencia”, el difícil arte del cuento breve, donde la síntesis y la brevedad, además de la agudeza y un estilo casi perfecto, son estaciones obligadas para el conductor.

Abunda en su tarea  la sagacidad, el humor, la ironía, el sarcasmo, la caricatura. Pero ¡con qué simpleza, con qué estilo, con qué talento!. A veces roza la genialidad. No se muerde la lengua cuando desliza críticas a la injusticia social  ni escapa a su visión la ramplonería, los vicios, las malas costumbres, el individualismo, las escandalosas ansias de poder y riqueza a la que es tan dedicado el hombre en general.

Leerle resulta, entonces,  un inmenso agrado.

Lástima que algunos  todavía no lo conozcan. Ganarían mucho, sin duda,  especialmente para conseguir el anhelado método que le permitió a Monterroso caminar  por la vida literaria capturando con talento y agudeza ese corpus escurridizo que conforman la síntesis y la brevedad.

Leamos dos cuentos del insigne escritor:

 

CABALLO IMAGINANDO A DIOS

 

“A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo.

Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.”

 

EL CONEJO Y EL LEON

 

“Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semi perdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada”.

 

 

 

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