LAS CRÓNICAS DE JOAQUIN EDWARDS BELLO

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Una definición clásica  enuncia que los cronistas “buscan retratar su entorno a través de un lenguaje sencillo y rico en descripciones que permiten recomponer los hechos de acuerdo a la visión personal del autor-testigo. La vida urbana, las costumbres y episodios del pasado son sus temas predilectos” (Memoria Chilena).

En general, son periodistas o escritores que durante gran parte de su vida trazaron, en la prensa nacional, sus impresiones sobre el entorno que los envolvió.

La gran ventaja de la crónica es su sencillez, su desplante, la carencia absoluta de protagonismo, provista de un lenguaje claro, simple y entendible, sin rebuscamientos ni honduras filosóficas, con un manejo del estilo que, aparte de singularizarlo, permite al lector disfrutar.

Los hubo en Chile, claro que sí, especialmente históricos, pero no fue especie que abundó, como los conejos. Hoy (2018) se les puede contar, no con cinco dedos, sino a lo más  con dos.

Sobresale uno, eso sí, que es el mejor. Por supuesto pertenece al “Siglo de Las Luces”  del periodismo y literatura. Siglo XX. Su nombre: Joaquín Edwards Bello (JEB).

Hablar sobre él es redundante. En vida recogió todos los ditirambos y le fue bien. Tanto como cronista como  escritor. Obtuvo dos preciados Premios: Periodismo y Literatura.

Hoy nos interesa hablar sobre algunos aspectos que surgieron de la lectura de uno de los varios tomos publicados alrededor de su obra. Se llama CRÓNICAS REUNIDAS 1934-1935. Son 656 páginas.

Contundente cifra que habla de una fecunda tarea en dos años. Si tomáramos como parámetro 192 crónicas anuales (4 cada mes), en dos años sumamos 384, pero acá recaudaron 656, lo cual significa que el hombre escribía varias veces en el mes.

Estamos frente a un ejemplo de constancia, devoción y talento.

Para enfocarlo debemos  ambientarnos en su época. Trajes, costumbres, hechos, cotidianidad, prensa, noticias, novedades. El cronista toca un sinnúmero de temas. Nada  le es ajeno. Analiza acerbamente al compatriota. Sobre las cuantiosas importaciones, Bello indica” Dentro de poco nos llegará dentro de la revista Vogue el poncho y el traje de huaso. Entonces nos parecerá muy elegante”). Hay en las crónicas expresiones que han trascendido al través del tiempo, es decir, se usaron en aquellos años y se repiten en la actualidad. Por ejemplo, entre muchas,  la palabra “turco” en vez de  “sirio, bueno pa los combos, pensión (por casa hospedaje), tonto grave, cuando usted va, vengo de vuelta, cuadratura del círculo, gauchada (por paleteada), regio (por estupendo), echarle con l’olla, chance (por oportunidad).

Esta intemporalidad de las expresiones tradicionales revela que nuestro lenguaje no ha sufrido muchos cambios. Recordemos que hablamos del año 1934, es decir, hace  84 años (2018)

O sea, muy cercano al siglo.

El enfoque sociológico que realiza Edwards Bello en sus crónicas es uno de los matices más destacados. Se vincula un poco con el desabrimiento de Benjamín Subercaseaux. Alguien explicaba que estos “limones agrios” eran necesarios en la patria porque provocaban reacción. Creemos que lo dijo Gabriela Mistral a propósito de “Chile o una Loca Geografía”. Pero, en el fondo, explicaba, ocultan un tremendo amor por el país y buscan soluciones. Véase, por ejemplo, lo que el cronista dice de la posición de Chile en Suramérica: “una larga y angosta faja de ají, grasa y envidia”. Mirando el factor religioso: “el chileno no es religioso, sino supersticioso”.( De ahí su manía por colocar velas a las ánimas). Otra de las características nacionales: “entramos por donde dice “salida” y salimos por donde dice “entrada”. Esto es genial, pero, si hacemos memoria, comprobaremos que la actitud hoy persiste. Algo típico: “ lo bueno se calla, lo malo se proclama”.

El listado es grande.

Evidencia, tal como lo dijimos, la tarea del cronista de “recomponer los hechos” de acuerdo a su visión. Y lo hace desde la época en que escribe.

Finalmente, las crónicas de JEB son notables, certeras, precisas, amenas, constituye una gran demostración del acervo cultural de Edwards Bello, que no es menor, muestra su capacidad irónica e irreverente para revelar un Chile siempre incómodo y se lee con el mismo entusiasmo en 2018 como en 1935, lo cual explica su vigor.

Advertimos que, no obstante redactar bien, desarrollando a la perfección el tema, aunque muy poblado, tiende a extenderse y  no finaliza, a nuestro juicio, en forma adecuada. Carece de un “Grand Finale” en sus trabajos. Viene galopando frenéticamente, hay polvo y velocidad, pero cuando llega, se baja lento, sin gritos ni fuerza, cansino, mustio.

Se agota demasiado en el viaje. Diríase “partida de caballo inglés, llegada de asno chileno

Pero el detalle no es obstáculo para que se lea de un tirón, provocándonos  un gran deleite intelectual.

El imponente tomo está pensado más en el admirador o  el académico,  que en el lector común, el cual, muchas veces, no lo ubica.

Estos tomos son la gran oportunidad de ampliar el conocimiento del mejor cronista de Chile.