LO QUE ERES, FUI; LO QUE SOY, SERÁS.

Muchas veces escuchamos “no hay nada imposible en la vida, salvo la muerte”,  lo cual explica que todo se puede conseguir en esta existencia a base de esfuerzo, disciplina y la cuota necesaria de suerte, porque los dos primeros, a veces, no bastan. Pues bien, el aserto es correcto. La muerte es el fin de nuestra vida y no tenemos nada que hacer al respecto. Menos retrasar o evitarla. Recordemos lo que  algunos  cementerios colocan en su entrada: “Lo que eres, fui; lo que soy, serás”. En términos literarios es, sin duda, un maravilloso modelo de síntesis,   pero, a la vez, terrible anatema que nos deja convertidos en nada frente al futuro, válido especialmente para los soberbios, los que se creen casos únicos, los abusadores, los desagradables y muchos más. Éstos comprobarán, tarde o temprano,  lo efímero que es la vida y lo categórico que es el final. No tenemos escapatoria ni alternativa. Vivimos para morir. Sin embargo, pensamos que hay otro matiz que se escapa cuando expresamos aquello que nada es imposible. Dice relación con el progreso de la vida humana. Esta parte tampoco puede controlarse y por más empeño que le coloquemos, la vejez, (que es el anticipo de la muerte), es inevitable, no podemos detenerla, es una caída libre de la cual nadie escapa. El tiempo, entonces, mirada desde la perspectiva progresiva de la persona, también es imposible de maniatar. Tiempo y Muerte. La ancianidad  y la figura de la Guadaña, con su calavera negra encapuchada (a propósito de encapuchados), allá, al final del camino, donde todo termina, nos  aguardan. Impacientes, incluso instándonos a precipitar el  paso para capturarnos.  A los que les agrada su vida, debe ser terrible tamaña posibilidad. A los que le interesa un pepino, es el alivio a sus pesares. ¿Dónde se ubica usted?

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020