LORD THOMAS COCHRANE

 

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Jorge Arturo Flores

Tuvo Chile la fortuna de contar, en sus balbuceos independistas, con la presencia de Thomas Cochrane, marino inglés, de vasta trayectoria náutica. Pocos países tienen, a veces, ese extraño privilegio.

Más aún si se trataba de un Lord.

Pues bien, la historia nos cuenta que el marino inglés obtuvo el mando de la nueva armada chilena, fue nombrado almirante y  púsose a su disposición varios navíos de madera. Con los marineros no fue tan fácil el asunto por cuanto, ya lo sabemos, Chile recién comenzaba a desperezarse del sueño español y no contaba con profesionales en la materia. Ayudado por el  buen ojo  e indudable experticia, Cochrane y sus ayudantes recogieron chilenos que poseían alguna amistad con el mar. No eran precisamente disciplinados, pero el hombre sabía pulsar la cuerda. Con simpatía, esfuerzo, dando siempre el ejemplo, los metió en cintura y formó un contingente disciplinado, profesional y eficiente.

Con ellos partió, algún día, al mando de la Expedición Libertadora rumbo al Perú.

Durante la navegación y desembarco de los soldados chilenos y argentinos, no tuvo mayores inconvenientes. Los que resaltaron fueron paradojalmente sus choques con O’Higgins, San Martín, Zenteno y Monteagudo, detrás de los cuales fisgoneaba la tenebrosa Logia Lautarina, la que asesinó, como sabemos,  a Manuel Rodríguez, los hermanos Carrera y quien sabe a cuantos más.

Quienes le contrataron se convirtieron después en sus enemigos, preferentemente San Martin, un argentino a quien en Chile le han erigido estatuas y lo han elevado a la categoría de héroe.

Ni aquéllas ni ésta se aparejan con la verdad.

Pero eso daría motivo para otra crónica.

El principal motivo de ésta es reflexionar brevemente sobre la figura relevante del Almirante inglés. Luego indicar cómo preparó una Armada. Posteriormente, resaltar dos acciones bélicas realmente admirables.

Pasemos al escenario bélico:

La primera victoria, la primera “gran victoria” mejor dicho, de la Armada chilena al mando de Cochrane se realizó en el sur de Chile: fue la toma de Valdivia. Este puerto fluvial era un enclave español que, junto con el de Chiloé, hacía ondear en suelo patrio la bandera de España. La empresa para conquistarla era inmensa y O’Higgins siempre pensó que para ello necesitaba de un gran ejército y muchos barcos.
Cochrane no.
A fuerza de ingenio, esfuerzo y valentía, con trescientos hombres, puso en jaque la guarnición española, la venció totalmente, apoderándose de cada uno de los fuertes que protegían el río desde Corral y tomóse Valdivia. Los ecos de su victoria fueron amplios. Caía el primer reducto español en Chile, restando solamente Chiloé.
Se anexaba a la naciente república nuevos territorios.
La segunda muestra de heroísmo, ingenio y decisión la tuvo Cochrane en el puerto peruano de El Callao, en manos españolas. Se  encontraba ahí la Esmeralda, fragata de 900 toneladas y cuarenta y cuatro cañones, orgullo del virrey. Ubicada en medio de la rada, protegida por los cañones de El Callao y por el resto de la flota. En medio de ese infierno, una noche, en esquifes, Cochrane se internó con sus hombres y, a sangre y fuego, se apoderó de la presa.
Fue un triunfo brillante, pocas veces visto, lo cual acrecentó la admiración del pueblo chileno por el almirante y aumentó en la misma medida el odio de San Martín hacia quien le robaba los laureles de la gloria al través del combate. Recuérdese que San Martín se tomó Lima sin disparar un tiro, no antes de evitar a toda costa el enfrentamiento y dar largos rodeos alrededor de Lima, sin atreverse a ingresar.
De ahí partió la definitiva ruptura con el Protector del Perú.
De ahí, también, surgió la supremacía de Chile en el Pacífico, al igual como lo fue, años más tarde, de la mano de Juan José Latorre.

Son los méritos grandiosos de Lord Thomas Cochrane.

Lo dice la historia oficial. No obstante, aquella enmudece frente a los innumerables problemas que concitó la presencia del inglés en nuestras tierras, dificultades que tuvieron mucho que ver con la ambición, el poder y la mediocridad de quienes gobernaban pasajeramente la naciente patria. San Martin, hosco, no aceptaba contradictores y sus sueños virreinales no pudieron concretarse en Chile. Lo consiguió después en Perú. O’Higgins, valiente soldado, obediente, pero mal gobernante y diplomático, era un títere en manos de la Logia Lautarina. Monteagudo hacía las veces del siniestro merodeador nocturno, atizando el fuego, eliminando vallas, siempre en las sombras, like the rats. Zenteno, increíblemente, mostró su peor faz frente al Almirante. Al parecer los galones, la trayectoria, la brillante aureola del Almirante lo descompuso.

En el fondo fue el choque de dos idiosincrasias, totalmente opuestas: ingleses y españoles. A unos les gustan las entre aguas, los rodeos, jamás dar la cara. Cochrane, en cambio,   saboreaba la acción, sólo la acción, porque fue valiente, atrevido y audaz, virtudes que sus detractores no poseyeron en abundancia.

Era frontal.

Ya sabemos que nadie cuenta con las simpatías de los gobernantes de turno, en ninguna parte, si expresa la verdad o no tiene entre sus virtudes el zigzagueo político.

Cochrane contaba con uno, pero carecía de lo otro.

En sustancia, sirvan estas palabras como  sincero homenaje a un hombre de mar que impuso su categoría, su bravura, su inteligencia, su audacia en pro de la independencia chilena. Sus hazañas, porque lo son, lo elevan fácilmente a la categoría de héroe, capturó el alma, el cariño popular y poseyó en su interior el fuego de los bendecidos por los dioses.

En Chile aun cuesta que le rindan homenajes. Se quedaron pegados con O’Higgins.

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