LOS CLÁSICOS SE DEFIENDEN

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Jorge Arturo Flores
Decíamos no ha mucho que los libros clásicos contienen ese atributo debido, más que nada, a que no han surgido, en el mundo de las letras, antagonistas que puedan derribar sus estatuas, forjadas al través de los años por su indudable calidad y que, día a día, se yerguen cada vez más enhiestas y firmes en su pedestal. No han podido con ellos los innumerables poetas y escritores que, presas del atávico afán por cambiar las cosas y, por consiguiente, subir al más alto de los pedestales, es decir, la gloria, surgen como hormigas intentando disputarles el sitial.
Entonces, cuando nos preguntan nuestro juicio sobre la literatura actual o la del 73 en adelante, nos cuesta distinguir reales valores en la contingencia, no hallamos autores que superen a los que alimentaron nuestra vida con sus obras imperecederas, quedan muy pequeños frente a esa enormes figuras, incluso, no alcanzan a tocarles los talones. ¡Tal es como lo vemos!. Pero habrá casos que realmente merecen una distinción, replican un tanto amostazados. Nada duele tanto cuando alguien entrado en años desdeña a los emergentes. Sí, es posible, hemos leído algunos, pero no, algo les falta, carecen, a nuestro juicio, de virtudes, no se insertan en la gran lista de los elegidos. Sí, tienen prensa, hablan en conferencias, se les entrevistan, hasta los aplauden, con siguen algunas reseñas, porque la crítica literaria chilena hace tiempo falleció. Pero no forman mayoría y al tiempo decrecen, sus nombres pasan al olvido con demasiada rapidez y queda en el espacio un vacío que cuesta dimensionar.
Nos piden ejemplos. Gustosos los damos.
Daremos uno breves pinchazos, como ejemplo, al motivo que nos apasiona: la literatura chilena. Está más cerca, la hemos leído con ahínco desde jóvenes y concebimos por ella un aprecio que no se pierde en la niebla. Sabemos más, ciertamente, del tema. En el exterior aun vemos al Quijote de la Mancha, En Busca del Tiempo Perdido, todo lo de Shakespeare, Cien Años de Soledad, altos, lejanos, sin contrincantes.
Véase, verbigracia, la novela chilena. ¿Han superado, acaso, a Manuel Rojas, José Donoso, María Luisa Bombal, Jorge Inostrosa (hay una deuda enorme con este autor), por nombrar algunos?. Por supuesto que no. Allí siguen sus estatuas imponentes, sin que ningún terremoto las haga siquiera vacilar. Y en la poesía ¿ dónde están los que en alguna medida podrían codearse con Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Nicanor Parra?. En ninguna parte, no existen. Y eso que forman una manada inmensa que corre desbordada hacia el precipicio. Nunca se ha publicado tanta poesía, nunca han existido tantos poetas, de todos los portes, colores y tallas. Sin embargo, no se lee ni vende poesía ni alcanzan las distancias siderales de los nombrados.
Curioso fenómeno.
¿Quién ha superado, en el cuento, a Baldomero Lillo o Francisco Coloane?
Donde la cuestión se equipara un poco, aunque nunca tanto, es en la historia. A los clásicos historiadores que dominaron varios siglos, se han sumado nuevos investigadores, con técnicas modernas y provistas, ¡ay! de la consabida limitancia ideológica, tratando de rellenar la otra parte que los conservadores no miraron ni les importó escribir.
Allí el asunto como que ha funcionado, aunque los referentes igual permanecen firmes en sus sitios y son menciones obligadas, quiéralo o no, de los nuevos trabajadores del pretérito.
Los ejemplos dados son simples pincelazos, porque suman un buen número los cultores literarios que abarcan nuestra historia de las letras nacionales.
Los desdeñosos de los viejos padres de la literatura, con seguridad fruncirán el ceño y surgirá en sus labios la típica semisonrisa burlona, propia de quienes cree poseer en alta estima su talento literario, la manida superioridad cronológica y un cierto prurito por descalificar a todo quien les contradiga.
¿Es la época, son los tiempos nuevos? Es muy posible, pero lo que permanece, sin duda, es el resultado, la estadística, los nombres de quienes no han podido ser volteados del caballo.
Las estatuas permanecen inmóviles, mirando al infinito, sin temor a ser sacudidas.