MAGDALENA PETIT Ensayo sobre su obra

F799908_MagdalenaPetitdefinitivaPor Jorge Arturo Flores

Estuvo alguna vez mencionada para obtener el Premio Nacional de Literatura, lo cual certifica que su tarea literaria era consistente, conocida y con enorme aceptación popular.

Sin embargo, no lo consiguió.

Sí logró otros laureles: dos Premios Municipales de Santiago por sus libros Diego Portales y Caleuche, otro por la obra teatral de este último y el Premio del diario La Nación por La Quintrala.

Algo es algo.

No obstante los reconocimiento a que hacemos mención, el nombre de Magdalena Petit, si bien se encuentra inscrito en la historia de la literatura chilena, no es comúnmente coligado a la nomina de los grandes escritores. Se la mira desde lejos. ¿Razones?. Puramente literarias no encontramos. Sus libros en general son decorosos, no están mal escritos, los temas son interesantes, hay conocimiento de causa en cada texto. ¿Entonces?. Tal vez habría que indagar por otro lado. Podría incluso especularse que su origen acomodado (su padre era medico), la educación recibida, el medio social, conspiró para un mejor conocimiento de su obra. Acaso. Pero no olvidemos que hay, en la Pléyades de escritores nacionales, si bien exiguos, autores y autoras que provienen directamente de las entrañas de la clase llamada a si mismo alta y tuvieron amplio reconocimiento.

¡Falta de talento quizás?. Eso es más complicado. La belleza no es absoluta y permite matices. ¿Machismo intelectual?. Podría ser una ventana por abrir. En la época en que Magdalena Petit escribe, abandonando sus estudios de medicina y no ejerciendo como profesora de piano, no era bien mirado que una mujer empleara la pluma para crear literatura.

Más bien la pluma se empleaba como adorno en los sombreros.

Recordemos, además, que nuestra escritora nació en los albores del siglo XX y ya conocemos qué tipo de moral, costumbres y cultura se estilaba.

En fin, podrán existir muchas razones para explicar la notoria ausencia de reconocimiento posterior, aunque en su momento concentró buenas criticas. Pero, reiteramos, existe algo impalpable, que nos hace intuir que su labor no fue tan justipreciada como la de sus colegas.

Juan Gabriel Araya en un acertado estudio sobre la narrativa de la autora que nos preocupa (aunque no es completo, puesto que dejó afuera a El Patriota Manuel Rodríguez), coincide con lo manifestado. Dice:

“Representa en las letras nacionales un curioso caso en que se entremezclan la popularidad de algunas de sus novelas y la marginalidad en el estudio crítico de su obra. Lo decimos pensando en que su nombre no ha despertado un gran entusiasmo crítico alrededor de su creación, como tampoco, su producción novelesca ha sido considerada representativa de la gran narrativa chilena; antes bien, ha sido relegada a la marginalidad de las historias literarias y de los manuales al uso” (Revista Cauce, 1995)

LA BIOGRAFIA NOVELADA

En Chile hay especialistas en remover el pasado al través de la biografía de preclaros hombres, que tuvieron activa participación en la historia.

Nombrarlos resulta inoficioso.

Los nombres, eso si, se repiten: O Higgins, Portales, Manuel Rodríguez, La Quintrala, José Miguel Carrera, Pedro de Valdivia, Diego de Almagro, Lautaro, el mestizo Alejo, Los Pincheira, Arturo Prat, Alberto Blest Gana, los Presidentes de Chile ,etc. Hay donde recortar. Además, ya lo sabemos, Chile es país de historiadores, juristas y poetas, por lo que muchos de sus escritores han tenido buen material donde recurrir.

Una cosa es la biografía. Otra, la novela sustentada en bases históricas. Aquí los autores son más específicos y Magdalena Petit se incorpora al corpus de la literatura chilena en el segmento de biografías noveladas.

LOS HEROES DE MAGDALENA PETIT.

Diego Portales, Manuel Rodríguez, Los Pincheira y La Quintrala son los personajes que escoge Magdalena Petit para bosquejar sus trabajos e iniciarse en el segmento de las biografías noveladas con sustentáculo histórico. Para ello, ciertamente, se documenta con algún rigor y llama la atención que, en esos tramites investigadores, resalte el sentimiento que le provocaron libros relativos a sus protagonistas: El Manuel Rodríguez de Ricardo Latcham y La Quintrala, Los Pincheira y Diego Portales de Vicuña Mackenna.

Son escasos los que se inclinan ante sus colegas.

Muy por contrario, abundan los que se creen casos únicos.

Cuando publicó Diego Portales, a los lectores les importó la referencia que se hace a Los Pincheira. A tal punto les interesó, que la autora comenzó a publicar la vida de estos forajidos en forma de folletín en el diario El Sol, hasta transformarlo en libro en 1939.

Allí relata la forma de subsistencia de estos hombre sin Dios ni ley, que asolaban las regiones chilenas en pos del saqueo, violaciones, robos de mujeres, protagonizando un capitulo insoslayable en la historia chilena.

Muchos años después, en el principio del Siglo XXI, provocado por una popular teleserie, su nombre volvió a repetirse.

Antes había publicado La Quintrala, la cual tuvo un resonado éxito en el público. A tal punto que realizó una obra teatral, la cual concitó el entusiasmo y muchos aplausos. El libro se ha mantenido con éxito en el tiempo, es lectura obligada en los colegios y suma varias reediciones, además de traducciones a otros idiomas.

En La Quintrala, Magdalena Petit narra la vida de la famosa “Catrala”, mirada desde la perspectiva de su cariño por el sacerdote que logró domeñarla. La pluma es ágil, relata con interés y dibuja acertamente el perfil de la dueña de los cabellos rojos, sus tropelías, la incontenible irascibilidad y el apego a los maleficios. Sobresale, sin duda, el retrato de la esclava Josefa, que la indujo a vender su alma al diablo, pero, por sobre ellos, la figura de Fray Pedro de Figueroa es relevante. Maneja bien la intriga y si bien no abunda, como querría la masa, en las atrocidades que se le cuelgan a Catalina de los Ríos y Lisperguer, sugiere algo, lo justo, para no caer en lo morboso.

La recreación de la época, con sus costumbres, sobresale.

Alone, el gran critico de Chile, tuvo juicios laudatorios para el ejemplar en comento, lo que constituyó el gran espaldarazo que necesitaba. El cronista literario resaltó “la fantasía creadora” de Magdalena Petit.

Aunque su enfoque crítico fue acertado, se le notó parco en su valor.

Más minuciosa es la interpretación que hace Magdalena Petit de El Patriota Manuel Rodríguez. Minuciosa y entusiasta. Aquí el creador no se detiene en la objetividad y toma partido por su personaje. Provista de un bagaje considerable de documentación, la autora recrea la vida y obra del gran patriota, colocándolo en su justa medida.

O sea, el primero.

Hay abundancia de anécdota, muy propia de las vicisitudes corridas por el guerrillero. Existe un dibujo acertado de su personaje y del protagonismo en la historia. El humor, tan propio de Rodríguez, ameniza el relato. Tampoco falta la emoción y el dramatismo, especialmente en los días finales del insigne prócer. La tenebrosa Logia Lautarina, la cobardía y traición del dictador Ohiggins, del ambicioso San Martín y del sibilino Monteagudo, están reflejadas con exactitud. También se extiende en el cariño que la gente sintió por el héroe y el categórico rechazo hacia el ominoso crimen que acabó con su vida.

El ejemplar abarca la vida del guerrillero en un relato establecido a partir de cuadros, método muy usado por la escritora. Ciertamente la acción no es desbordante, como pudiera inferirse, conocida la existencia del inquieto prócer, sino se interna más bien en el modo de las elucubraciones, los razonamientos, las justificaciones para luchar por la causa. Es posible que en la época que se desarrolló la tarea de Rodríguez, abundaran las tertulias y coloquios sobre diferentes tremas. Es posible.

Ello le resta la tirantez necesaria para seguir atento la lectura.

Nuevamente sobresale el tratamiento que hace Magdalena Petit sobre los personajes femeninos. Siempre están en los instantes precisos y su influencia es notoria en mucha de las acciones realizadas por los hombres.

¿Una adelantada en términos feministas?.

Ricardo Latcham comentó – de toda la tarea de Magdalena Petit – sólo este volumen. Y lo hizo en términos elogiosos. La explicación de tal favoritismo habría que hallarla en que el texto de Latcham, recordemos, fue la fuente donde bebió la autora para realizar el suyo.

Cuestión de oportuna vanidad.

En Diego Portales la pluma de nuestra autora se enceguece. Su entusiasmo por la figura del que ha sido denominado dictador de la Republica la hace elevar ditirambos que hacen su lectura excesiva y extensa. Si bien hay reconocimiento a la tarea de Portales en orden a normar la Republica,( para bien de unos pocos, dirán los historiadores ideologizados), no conviene caer en alabanzas desmedidas frente a su labor, por cuanto la imagen de Portales en la historia de Chile se ha desdibujado un poco, primero, por el develamiento de su verdadero propósito, y, segundo, por el mal uso que de ella han hecho. Sin ir muy lejos, la dictadura militar de 1973 cogió la figura y el pensamiento portaliano como modus vivendi de su acción.

Y ya sabemos como fue todo aquello.

Por otro lado, el comercio lo tiene en un pedestal. También conocemos como se maneja todo lo concerniente al comercio en las políticas de Estado.

Portales, sin duda, provoca polémicas y existe mucha mitología en torno a su imagen, mitología que como tal ha ido cayendo a pedazos merced a la publicación de diversos estudios que han permitido descorrer las cortinas en torno al personaje.

Pero ese es otro cantar.

SOBRE SU OBRA

Releyendo la tarea de Magdalena Petit, aparte de insistir en la marginalidad crítica de su trabajo por parte de los comentaristas especializados, descubrimos que subyacen en su interioridad algunas facetas que conviene resaltar. La autora cautiva mediante la elección de los motivos: la mitología y leyendas chilenas. Es el primer paso. El otro es otorgarle énfasis al desarrollo de la brujería, entendida como tal los “trabajos” que realizan específicamente los sirvientes (en el caso de La Quintrala y Manuel Rodríguez) como lo inferido desde la mitología en El Caleuche. Más adelante vemos la seducción que ejercen sus protagonistas en el lector.

Seducción y erotismo, dos factores que eternizan el interés.

También es interesante la relevancia que adquieren los personajes secundarios.

Por ultimo, está la efectiva recreación testimonial del entorno donde desarrolla sus asuntos.

Es por ello que Magdalena Petit se apartó de los componentes de su generación. No olvidemos que ella escribe en los años 30 y 40 del siglo XX, época fuertemente marcada por el realismo y el mundonovismo.

Nuestra autora buscó otra senda.

Los escasos estudios que se interesaron en su obra, indican que, si bien no se cobijó bajo los árboles del criollismo, moda imperante, sí sufrió algunas influencias, como ser “la impersonalidad narrativa, el determinismo del medio ambiente en sus personajes, la preferencia por los suburbios urbano y campesino como escenarios y la documentación histórica”(Memoria Chilena).

Esto último como lo anteriormente bosquejado representa a cabalidad la categoría y los merecimientos que tuvo Magdalena Petit en las letras chilenas, trabajo que fue ampliamente acogido por el público lector y marginado por la crítica en general.

Ya sabemos, no siempre crítica y lectores coinciden en sus preferencias.

TEXTO: Jorge Arturo Flores

FOTO: Memoria Chilena

Ver biografía y obra de Magdalena Petit, en http://www.semblanzasliterarias.wordpress.co

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