MALTRATOS ANIMALES LEGALIZADOS POR LA COSTUMBRE E INDIFERENCIA

Hemos hablado sobre el rodeo chileno como instancia de maltrato con respaldo del Estado chileno. También tocamos, en escritos anteriores, el caso de la pesca y caza deportiva como actividades que de “deportiva” no tienen nada. Acá vamos a ingresar en un territorio un tanto quebradizo, donde muy pocos han caminado, pero que, sin embargo, es un panorama que vemos todo los días y poco a poco sale a la luz. Se trata de otros  abusos animales “legitimados”, el que nadie critica porque  de tanto verlo se anestesia e impide un juicio objetor. Es como la venta de cigarrillos en el país: todos saben que provoca daño, se habla incluso de cáncer, sin embargo, el Estado permite su venta, a sabiendas del resultado. Lo mismo sucede con la comercialización del alcohol. Son las drogas legales. De tanto mirarlas, nadie se preocupa y el negocio, porque eso es lo que importa, navega feliz en aguas casi calmas. Con este otro tipo de maltrato animal ocurre lo mismo. Vea usted. Ya no llama la atención, por ejemplo, una carreta remolcada por bueyes o una carretela arrastrada por caballos. En el caso de los bueyes  halan el carro con una pesada madera en sus cabezas. Los dueños, para apurar el tranco, picanean sus cuerpos con varas aguzadas o con un clavo en la punta. La carreta pasa a nuestro lado y no llama la atención. Sabemos, por cierto, que hay un problema social importante. No se nos oculta que se ha utilizado siempre y es necesario para las capas campesinas que no tienen capital para adquirir un móvil. Estamos conscientes de ello y no lo escondemos. Solo apuntamos al meollo de este artículo. Veamos otro: hombres o mujeres montados/as sobre caballos, aguijoneando sus ijares  con  espuelas metálicas, para que corran o se muevan. Al caballo, previamente, lo castraron y amansaron rudamente. Si eso nos es abuso….También lo vemos a diario y nos parece normal. ¿Seguimos? Los animales en los circos. Felizmente aquello  está prohibido en Chile, pero subsiste en otros países. La domesticación de animales, en general, contempla la sumisión del ser para nuestro beneficio personal. Tanto para el trabajo como para el juego se hace mediante daños físicos. ¿Con qué derecho coartamos voluntades? Pájaros enjaulados en vez de estar volando libremente. Zoológicos con aves y animales incluidos en jaulas grandes, impidiendo su movilidad natural. Nunca conocerán la libertad de su hábitat. ¿No es, acaso, otro matiz de maltrato establecido por la sociedad? La carrera de galgos, la pelea de gallos y la carrera a la chilena  importan en sí un deterioro físico. Las domaduras de caballos y otro animales contempla un  sufrimiento  que pasa inadvertido porque es algo “tradicional”. En Argentina le llaman “jineteadas” y se movilizan para terminar con ellas. Ah, “por si las moscas”, vivimos 16 años en un campo del sur (Península de Pucón), donde convivimos con caballos, vacunos, ovejas, gallinas, cerdos, etc., por consiguiente, conocemos desde chicos todas las prácticas campesinas y no nos cuentan cuentos.

No somos citadinos.

¿Se acaba la lista? No. Viene lo más cruel, lo más inhumano, lo terrible. Gallinas en pequeñas jaulas, rígidas…poniendo huevos, animales muertos a través de golpes o cuchillos, dejándolos desangrar; pollos faenados mediante la degollina, aves y animales robustecidos artificialmente para aumentar volumen de carnes, langostas y jaibas muriendo en agua hirviendo, peces muertos por feroces golpes. En verdad, podríamos seguir hurgando en  innúmeras situaciones donde la mano de los seres humanos se introduce en el mundo animal, no precisamente para enaltecerlo, sino para provocar daños irreparables que son contra natura. La costumbre los avala y el Estado lo permite, como el tabaco y el alcohol. Poco a poco, sin embargo, crece el número de objetores. Las redes sociales, felizmente, han servido para que las barbaridades contra nuestros hermanos animales se conozcan con prontitud y allegan  amigos de los indefensos provocando protestas, funas e incendio de medialunas. Esto último podría ser criticable, pero estamos ciertos que frente a la indiferencia de las autoridades, la certeza que nada se mueve a favor de ellos, muchos íntimamente aplauden, aunque parezca paradójico. Es que, como dijo alguien, cuando la razón no funciona, se acude al lema del escudo nacional y se opta por la fuerza.

En todo caso, se queman medialunas y no  personas ni animales.

Debe haber una solución a estos dramas porque, lamentablemente, las ¾ partes de los habitantes del planeta, incluida la naturaleza, debe matar para alimentarse. Los vegetarianos tampoco están libres de culpa (las plantan sienten y tienen lenguaje).

Buscar técnicas especiales para evitar todo sufrimiento a esos seres es una premisa obligatoria.

A veces la gente se pregunta  ¿cómo Dios, en su infinita bondad, buscó como fuente de alimentación para los seres vivos la muerte de animales, aves, peces y vegetales  como medio de subsistencia, método cruel desde donde le mire, y no creó otras instancias donde la crueldad y el  dolor estuvieran ausentes?  A falta de respaldos dicen “los designios del Señor son inescrutables”, con lo cual  zanjan el debate.

Por último, después de analizar muy brevemente estas muestras de “civilización” humana, cabe preguntarse ¿en qué lugar se posicionan todas las religiones, las que hablan del respeto a la vida por sobre todo, que tienen el amor como gran estandarte, que fustigan a quienes desconocen sus reglas?. ¿Sólo es válido para los humano? Los jinetes, por ejemplo,  que les encanta el rodeo, ¿no son cristianos, acaso,  no les pesa la conciencia el provocar daño a un ser desvalido, sin defensa, nada les pasa por sus cabecitas sobre lo reprochable de su actitud? Y todos los que lastiman a nuestros hermanos menores, casi todos creyentes en una deidad, ¿no les asoma por ventura alguna inquietud religiosa sobre los que están haciendo? Como ya estamos curados de espanto en lo tocante  a religiones y su preeminencia dogmática, estamos ciertos que no tienen ningún remordimiento de conciencia y duermen, como los delincuentes, felices.

ARTURO FLORES PINOCHET, escritor (2019)