MANUEL ROJAS Historia Breve de la Literatura Chilena (*)

Por Jorge Arturo Flores

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PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

No fueron precisamente alabanzas las que recibió su autor al publicarse y analizarse, más tarde, el libro en cuestión.
Diríase lo contrario.
Numerosos críticos, una cantidad mayor de escritores aludidos y, por supuesto, no aludidos, descargaron con bastante fuerza, sobre la cabeza blanca de Rojas, el desaliento de sus opiniones.
Éste, a su turno, y después de haber aminorado la tempestad, no salía de su asombro, preguntaba el porqué de tanta batahola y aludía a la postura de cierto crítico que, desde entonces, le tomó ojeriza.
Grande debe haber sido, entonces, su sorpresa.
Al tenor de lo expuesto, ¿cuáles son las características del ejemplar de marras?
Veamos.
Historia Breve de la Literatura Chilena es un intento histórico-ensayístico en orden a presentar, para conocimiento público, “los autores que en verdad han aportado a la literatura chilena algo valioso, ya sea en la parte sensible de nuestro país, ya de una personalidad, todo lo cual, reunido, va formando el paisaje de nuestras letras”.
O sea, propósito literario subjetivo, destinado a ofrecer la visión muy singular que tiene un escritor –Manuel Rojas – sobre la panorámica literaria de Chile.
El libro carece de introducción explicatoria en que el autor defina sus intenciones (la frase extraída corresponde a la contraportada). Está dividido en cinco secciones: Literatura Colonial, Nacimiento de la literatura chilena, La literatura chilena del Siglo Diecinueve, Rubén Dario en Chile, la Literatura chilena del siglo Veinte, más biobibliografía e índice de nombres tratados.
El enfoque sobre los autores chilenos o españoles que escribieron algo sobre el país es interesante. Forma el capítulo Literatura Colonial con su título Creadores.
Sobre Ercilla habla in extenso, formulando juicio y ensayando tesis sobre La Araucana, la cual, parece, no gustó sobremanera al autor, estudiando más detenidamente el rasgo biográfico.
Compara opiniones de eruditos en la materia y las conjuga con su personal visión.
El Arauco Domado le merece ácidos juicios. Todo es exageración y loas en torno a García Hurtado de Mendoza. Avanza constantemente expresiones irónicas. ”Oña compara a don García como el sol, más aún, el sol no puede igualarse a García Hurtado de Mendoza”.
Hay más por el mismo estilo.
El autor de esta obra, dice Rojas, no tiene mayores atributos que el ser simple imitador de Ercilla, mal ejemplo, según él, sin mayor proyección histórica y carente, por lógica, de virtudes literarias.
El tratamiento que realizó en torno a historiadores, como por ejemplo, Alonso de Ovalle, Diego Rosales (“obra que no tiene nada de sobresaliente…hay milagros, batallas y mentiras a granel…”), Miguel de Olivares y el Abate Molina, enfureció al crítico literario de El Mercurio, Alone, para quien Ovalle y Molina son relevantes y ocuparon significativas páginas en su Historia personal.
Rojas, al señalarlos, indica al trasluz, la escasa condición de escritores propiamente chilenos, apunta su mínima trascendencia y la falta de valor para los autores postreros.
Lo menciona, no obstante, como paradigmas históricos.
Nada más.
….
El capítulo relacionado con el nacimiento de la literatura chilena nombra, en “sus balbuceos”, a Tres Maestros: José Joaquín de Mora (“sirvió de modo decisivo en el desarrollo de la educación, en el de las ideas políticas y en el de las letras”); Andrés Bello (“aparece como maestro de algunos y esos algunos terminaron negándolo o acusándolo. Su influencia alcanzó grades contornos, aunque su real trascendencia literaria no haya sido aún estudiada y tal vez ya no lo sea nunca”) y don Domingo Faustino Sarmiento (“No tuvo ninguna influencia literaria o personal en Chile. Fue más bien un animador”), todos los cuales, con las reservas que le merecen, ofrecen la particularidad de ser extranjeros.
Deducción: Rojas les atribuye a éstos el don de comenzar la literatura chilena propiamente tal.
Termina este capítulo con la alusión entusiasta a José Victorino Lastarria, jefe y hombre destacado, tanto de la Sociedad Literaria como en el plano nacional.
Jotabeche, Sarmiento, Blest Gana, Pero Ruiz Aldea, José Antonio Torres, Riman Fritis, Román Vial, Daniel Barros Grez, Daniel Riquelme, Nolasco Cruz, Carlos Hübner, Joaquín Díaz Garcés, Adolfo Ibáñez, etc., representan, en la literatura chilena del siglo diecinueve, los costumbristas, a los cuales les atribuye, entre otros, las cualidades de moralistas, críticos, humanistas, serios, virtudes que ayudaron – según él – “al país a conocerse a sí mismo…abriendo camino a los novelistas ( que prolongan lo tratado en formas más amplia y más artística) y a los cuentistas”.
Añade que, como han desaparecido del ámbito terrenal, los nombra a todos.
Entre los novelistas de este siglo, solo uno le parece realmente destacado: Alberto Blest Gana. Los otros, anteriores a él, intentaban escribir lo que podía ser novela corta o cuento largo, pero que “corta o larga, no hicieron nada digno de compararse con la obra del padre de la novela chilena. Después de él o durante él existían otros, pero esos otros están en la misma condición de los primeros”.
Razonamiento que ni él mismo entiende.
La poesía de este siglo está tratada con el mismo desdén de ciertos críticos nacionales –“serios críticos, serios antologadores” –en orden a que no consideraron ninguna producción poemática como rescatable (“cuando uno los pretende leer ve lo difícil que es tomarlos en cuenta como poetas”).
Para corroborar sus afirmaciones, trae a cuento las enunciadas por Raúl Silva Castro y Fernando Alegría, mencionando, en sintético estudio, algunos que éstos indican como reveladores.
En Literatura del siglo Veinte empieza con una discusión sobre quién es el primer cuentista chileno. “Unos aseguran que fue don Victorino Lastarria y otros que lo fue Daniel Riquelme. Para otros, el primer cuentista chileno es Baldomero Lillo (1867-1923)”.
Entre los que prefieren a Lillo se cuenta Manuel Rojas.
El estudio que le dedica es extenso y, en varias ocasiones, acertado.
Nombra, entre los cuentistas, a Guillermo Labarca, Joaquín Díaz Garcés (“es humorista, no muy fino por cierto sino un poco o mucho chabacano y chusco, pero muy gracioso…carente de sentido local, es tal vez el menos valioso de los cuentistas del primer decenio”), Eduardo Barrios (“ más conocido como novelista”), Fernando Santiván, Rafael Maluenda.
En el segundo decenio solo tres cuentistas importan a Rojas: Mariano Latorre (“el paisaje se lo comió, así como se comió al personaje que apareció mínimo en comparación con una descripción de 3 o 4 paginas”), Augusto DHalmar (“en los primeros 3 o 4 decenios de este siglo es el escritor que más ha escrito”), Federico Gana.
Tercer Decenio: 5 cuentistas, Lazo Baeza (forma convencional de narrar, sin pretensiones técnicas), González Veras (“no ha podido ser novelista”), Manuel Rojas, Luis Durand (“discípulo de Latorre, pero como discípulo que a veces aventaja al maestro”), Marta Brunet.
Cuarto decenio, Salvador Reyes (“autor de tipo universal”), Juan Marín y H. Jaramillo.
Quinto decenio: Gonzalo Drago, Francisco Coloane, Nicomedes Guzmán.
Desde 1950 adelante, Rojas menciona a Marta Jara, Teresa Hamel, Pablo García, Cassigoli, Carlos León, Muller, Blanco, Donoso y Giaconi.
Poetas. Magallanes Moure, Pezoa Veliz, González Bastias, Pedro Prado Carlos Mondaca, Gabriela Mistral, Daniel de la Vega, es decir, ademas de los más conocido (Neruda, de Rokha, Guzmán Cruchaga, Juvencio Valle Diaz Casanueva, Oscar Castro, Julio Barrenechea, Arteche, Nicanor Parra).
Novelistas. Cuatro críticos enjuician al primero del siglo veinte, Luis Orrego Luco y su Casa Grande ( Raúl Silva Castro, Domingo Melfi, Ernesto Montenegro y Alone). Luego menciona, entre otros, a DHalmar, Barrios (extensamente tratado), Maluenda, Edwards Bello, Santivan, Latorre, Durand, M.Rojas (“Cuando Rojas publicó Hijo de Ladrón, Alone aseguró que solo había en Chile un escritor que escribiera mejor que éste. Por suerte para Rojas, cuando Lafourcade publicó El Príncipe y Las Ovejas, Alone aseguró que nadie escribía mejor que Lafourcade en Chile. El equilibrio se restableció”), Marta Brunet, S. Reyes, Belmar, Subercaseaux, Castro, Bombal, Guzmán, Droguett (“no ha encontrado todavía -aunque ha encontrado mucho-su verdadera expresión”), Alegría (“crítico, técnico, el crítico ideal”) José Donoso y Coronación, (“Alone dijo de él lo que no había dicho nunca de ninguna otra novela chilena, ya que no se podía pedir más, y no valía la pena escribir más”), Lafourcade (“ si se dignara a fijarse más en los chilenos, su obra alcanzaría la base que parece haber perdido. Como en el caso de Délano, ésta es una súplica”).
Entre las excepciones, que seguramente olvidó colocar, Rojas señala a Pérez Rosales (“libro con algo de interés histórico…escribe como un verdadero escritor”, expresiones que sacaron de quicio a Alone), Montenegro, Torres Rioseco, Arenas (“Ha publicado varios títulos, titulitos mejor dicho”), G. Atias (“Tiempo Banal tiene páginas admirables y páginas mucho menos admirables…estructura tal vez no muy firme”), E. Espinoza (“así como no tiene límites su resistencia a los estúpidos y lateros”), Garrido Merino (“ escribía muy bien. Desde hace años no se sabe de él, ignorándose si vive o si ya murió en España, país en el que había fijado su residencia” (sic)).
Finalmente, en gesto audaz, engloba a críticos, ensayistas y hombres de teatro en un mismo saco.
A estas alturas, parece, estaba cansado.
Entre los primeros, su predilección parece dirigirse a Pedro Nolasco Cruz, de quien dice” hombre cultísimo, no hay en el siglo pasado y principio del presente, crítico que pueda comparársele”.
Nombra tambien a Emilio Vaisse, Armando Donoso, Hernan del Solar, Yerko Moretic, Carlos Orellana, Alfredo Levefre, Alone, Ricardo Latcham F. Uriarte y Sergio Latorre.
Nada más.
Para Rojas es posible que no existan más. Sin embargo en su estudio cita constantemente a Raúl Silva Castro y Fernando Alegría, este último “el crítico ideal”.
Los ensayistas son solo algunos: Nicolás Palacios, Alberto Edwards, Alberto Cabero, Ernesto Montenegro, B. Subercaseaux.
Y también no hay más.
Finaliza el libro con una frase poética y “tal vez nihilista”:
“Y aquí termina todo. Y también empieza todo”.

CONCLUSIONES

El libro, con una portada aceptable, respira sencillez y diafanidad en el estilo, teniendo un lenguaje sin barrocos ni profundidades representativas. El esquema sustentado, en orden a delimitar áreas artísticas y su juicio respecto a ellas, es respetable, pero no acatable. Las reservas en ese sentido surgen notoriamente y no pueden soslayarse.
Abunda en tesis que pueden ser muy singulares, pero que no corresponden, en general, a lo planteado por la historia conceptual. Hay además demasiado énfasis y categorismo en sus afirmaciones que desvirtúan la intención histórica y rehúyen la simpatía que el lector pudiera tener por el presente ensayo.
La ironía y el sarcasmo, las dudas que plantea estilísticamente (mucho “quizás, tal vez, al parecer”, mucho verbo dubitativo, etc.) y la menguada erudición respecto de toda la temacidad del enfoque, desequilibran un tanto, creemos, el honrado propósito que impulsó a Rojas a publicar el texto.
La norma que destaca, como lo dijimos, es la síntesis del estilo. Por su parte, el método es diverso, se detiene ya extensamente, ya en parte mínima, dependiendo del grado de complacencia que le provoca los libros y los autores.
No hay claridad temática ni conocimiento cabal.
Al final, todo se convierte en medallones caracterológicos, rasgos biográficos y ráfagas literarias.
Por todo lo expuesto, dudamos que el texto en comento sirva algún día como libro de consulta.
Manuel Rojas ha dado con páginas magistrales en la literatura chilena. Con este libro, parece que estuvieran recién empezando. Como diría Alone: “suum cuique. Pastelero a tus pasteles”.
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(*) Encontramos este artículo entre muchos papeles. Escrito el 1° de noviembre de 1975. Nos ha parecido interesante publicarlo.

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