MANUEL VEGA UN CRÍTICO ABSOLUTAMENTE OLVIDADO

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Por Jorge Arturo Flores

Cuesta entender, a veces, el absoluto olvido en que caen algunos escritores, críticos y poetas. No se entiende tanta deslealtad para quienes, de una u otra forma, han acompañado las letras chilenas en el tiempo, ya sea a través de libros, ya al través del periodismo escrito.
Chile tuvo una época feliz en el desarrollo de la crítica literaria.

Ya lo hemos dicho: Alone, Hernán del Solar, Raúl Silva Castro, Ricardo Latcham, Ignacio Valente forman un grupo de esclarecidos comentaristas de libros que durante el siglo XX desarrollaron su tarea con éxito y fomentaron, que es lo importante, el gusto por la lectura.

Es cierto, tienen el inconveniente de pertenecer a otra época.

Pero un país sin historia no es un país. Y en las letras los chilenos estamos orgullosos de nuestro pretérito literario. No en vano, es lo que suele decirse, tenemos dos Premios Nobel y tres Premios Cervantes, este último, el equivalente al Nobel. No es una cantidad menor.

¿Qué sucede entonces con los lamentables olvidos?.

Volvemos a lo mismo: la época. Antes, en los tiempos que mencionamos, se erguían fastuosas las flores del espíritu. Otro período. Hoy no podemos decir lo mismo. La lectura decrece, hay libros, claro está, pero no hay tiempo para la lectura. Surgen poetas y escritores. Aparecen editoriales e impresoras. Hay reseñadores, no críticos, pero algo sirven. Sin embargo, casi (y sin casi) nadie lee. La tecnología, merced a sus tentáculos, absorbe la mente de las nuevas generaciones y atenaza a los que van camino a la vejez. Se prefiere otras cosas, no aquello que demande tiempo y quietud, dos circunstancias que hoy se han perdido ostensiblemente, salvo las excepciones de rigor.

En nuestra tarea literaria, que tiene mucho de quijotesca, nos preocupamos de hacer reverdecer los laureles de escritores que en la actualidad no pesan ni posan y pasan.

Quedaron atrás.

Es un tema largo, extenso como una avenida de álamos. Y no tiene visos de mejorar, sino al contrario. Cada vez se reduce, se minimiza. Quienes se entregan al noble arte de escribir parecen seres de otro planeta.

He aquí, por ejemplo, el caso de un crítico literario chileno que tuvo su momento de gloria en el siglo XX. Escribió preferentemente en el desaparecido El Diario Ilustrado y su columna literaria, denominada “Los Libros”, ocupó espacio por largo tiempo en el periodismo, acompañando a los señalados anteriormente (excepto Valente) .

Se llamó Manuel Vega,

¿Quién lo recuerda?. Nadie. Buscamos en diferentes lugares. Nada. Salvo en Internet la página web “(sic) Poesía Chilena del siglo XX” que recoge 33 columnas periodísticas dedicadas a enjuiciar poesía chilena. Por el lado de los libros, Raúl Castro en su formidable Panorama de la Literatura Chilena y en Literatura Crítica de Chile hace mención a su tarea:

  Manuel Vega (1899-1960) escribió mucho, pero no dejó libros que mantengan su obra disponible para la consulta. Trabajó en el Ministerio de Relaciones Exteriores de 1919 a 1927, en la redacción de El Diario Ilustrado en 1920, y allí siguió hasta su fallecimiento, sin perjuicio de haber colaborado, en diversas fechas, a muchas revistas literarias y en especial a Zig-Zag. Viajó por los Estados Unidos, España, Egipto, etc., y escribió correspondencias sobre los sitios visitados; pero es su obra de crítico literario y de informador de los hechos relativos a la literatura, la que más vale en el conjunto. En sus mejores periodos, escribía  un artículo semanal sobre el libro nuevo, y en los últimos tiempos fue menos  activo, redactó entrevistas a personajes de actualidad en las artes en general. Frio, imparcial, ecuánime, sus comentarios suelen formular muy bien el pensamiento ajeno, sobre el cual el crítico borda unas cuantas glosas amables.

 Dos cucharadas y a la papa. Y queda despachada una noticia sobre un analista literario que tuvo gran participación en el periodismo y en las letras. ¿Provocaba, tal vez, anticuerpos como tantos en las letras?, ¿no era simpático?, ¿carecía de peso artístico?, ¿qué?. Leyendo los 3 artículos que Silva Castro compila en su Literatura Critica, especialmente el relacionado con “Algunos” de González Vera, además de los 33 señalados en la página de Internet, comprobamos que el hombre poseía un excelente estilo, era fácil de leer, ameno, con profundidad en su juicio, claro, sencillo y entendible. Que más pedir.

Notase además, en su tarea, un bagaje cultural apreciable.

Si miramos la historia literaria lo divisamos al lado de Alone, atacando la escuela criollista de Manuel Latorre y aplaudiendo la corriente imaginista de Salvador Reyes en una polémica que provocó una necesaria revisión de los parámetros literarios en Chile.
¿Lo apagó, en definitiva, las figuras consulares de Alone, Raúl Silva Castro, Ricardo Latcham, Hernán del Solar, los cuatro grandes?.

Puede y no puede, aunque algo de eso hay.

En aquella época, como decíamos, hubo comentaristas excelentes, de indudable talento y gran perspicacia artística, con excepción de los que adscribían a la ideología roja (estéril performance literaria que nunca trascendió). Muchos no pasaron con amplitud y facilidad el cedazo de la gloria,   aunque, fuerza es decirlo, no cesaron de marchar en paralelo, constituyendo lo suyo un valioso aporte al desarrollo de las letras.

En ese singular número de analistas debió quedar Manuel Vega.

También se anota en su contra, ¡era que no!, el factor político. Manuel Vega alistaba en las filas conservadores y escribía en un diario, no precisamente revolucionario, como lo fue El Diario Ilustrado. Ya sabemos, la literatura chilena está impregnada preferentemente con el tinte izquierdista. No hay que ser sabio para estar al tanto. Los que no comulgan con esas ruedas, pasan de inmediato al patio de los maldecidos, de donde rara vez retornan sin mancha.

Si no que lo diga Nicanor Parra.

No obstante ello, los artículos de Manuel Vega no discriminaron a los que contradecían su idea ideológica, al contrario de quienes se alineaban en la trinchera contraria, quienes, al través de El Siglo mayormente, cocinaron un análisis de tipo panfletario, atrozmente discriminador, carente de toda trascendencia y amurallado en sus paredes pétreas.

De allí nada salía, pero tampoco nada ingresaba.

Es posible.

También hay que mencionar el hecho fundamental: no recopiló ningunos de sus comentarios ni tampoco publicó libros, referencias más que suficientes para que el público lector conozca a un escritor. Por ahí, pensamos, está la causa principal del olvido.

¿Tarea?. Alguien, que le agrade estas cosas, podría hacer una selección de sus artículos y publicarlos.

Ganarían los lectores, porque sabrían de otro tiempo literario y ganaría, por supuesto, la literatura nacional porque añadiría a su historia la pluma de un gran enjuiciador de libros, proveniente, sin duda, de una época de oro.

La propuesta queda hecha.

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