MARIANO LATORRE, Chilenos del Mar

Prohibida la reproducción del texto, salvo que se indique el nombre del autor y la fuente.

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Por  Jorge Arturo Flores

Cuando Mariano Latorre publicó su primera novela, Zurzulita (1920), después de dos libros de cuentos, el ambiente literario se remeció con las críticas acerbas que recogió. Tanto Eliodoro Astorquiza como Alone expresaron lisa y llanamente que el hombre aburría. Brillantemente por cierto, pero aburría. No obstante ello, y pese a menguar la complacencia en sus lectores, aumentaron los que, desde las aulas universitarias, vieron en su trabajo, El Criollismo, una fuente distinta de encarar la literatura chilena.

Latorre, obviamente, no es entretenido en “Zurzulita”. La natura lo sepulta todo y el ser humano con sus pasiones y trastornos pasa inadvertido, perdiendo protagonismo.

Preferimos al cuentista.

Acá, obligado por la brevedad del relato corto, (no tan a gusto porque le fanatizaba la extensión), puede leerse con algún deleite y se aprecia que el hombre, ante todo, es un poeta, porque en la prosa brilla la joya bucólica. Si se lee la fraseología con paciencia, con extremada paciencia, se encuentran felices hallazgos líricos.

Releyendo su tercer libro de cuentos, intitulado Chilenos del Mar (1929)(*), reeditado en varias ocasiones  ( contamos cinco) con el añadido de Puerto Mayor, anotamos esas características que aludimos anteriormente.

Sin embargo, al empaparse con su lectura y notando que el autor no tiene prisa por llegar al desenlace, sino prefiere detenerse morosamente en la descripción de la naturaleza, que le encanta, apreciamos el fragor de un mundo humano que no es despreciable.

El Llamado del Mar” trata sobre la vida de los pescadores de caleta Molco y la sorda relación entre Cabinza y su padre, un lazo que se desata cuando el joven huye de las constantes recriminaciones del progenitor y busca conseguir lo que soñó: ser marinero.

En “El Finado Valdés” contemplamos la oscura vida de un funcionario público que, por arte de la oportunidad, se convierte en líder de los mineros, toca el cielo, deja a todos estupefactos  por su arte de negociar y tiene un desenlace que lo convierte definitivamente en…finado.

En ambos cuentos existe un nudo que  articula y es el problema íntimo de las personas, sus cruces a cuestas, el intento de rehacer sus vidas.

El tercer relato se titula “El Piloto Oyarzo”. Nuevamente el matiz humano unido a la emoción. Trata sobre un remolcador, “Caupolicán”, maniobrado por el piloto Oyarzo que realiza cabotaje entre los puertos chilenos. Un día tiraba dos lanchas llenas de carbón. En una de ellas su hijo. Bautismo del Mar. Viene la tormenta y la única forma de salvar con vida el barco es cortar la  espía que los ata a las dos embarcaciones. Significaba la sentencia de muerte de su hijo.

Lo hace.

Contado en primera persona, al igual que los anteriores, Latorre se explaya evidentemente en la descripción del mar, las olas, lo pájaros, el bote, todo lo que rodea. Hay fruición en el detalle que aprecia su alma.

Era pintor sin duda.

Se le iba el alma en el detalle pictórico.

La pluma no trepida tampoco en caer hacia la coloquialidad de las conversaciones y el descarnado análisis de una realidad dura, hasta irracional, en que se desenvuelven sus protagonistas. La emoción, el dolor, lo soterrado de los sentimientos viaja detenidamente al través de su estilo.

Eso, parece, no lo calibraron sus detractores.

El relato “El olor nomás M. Benoist” debiera estar incorporado en la segunda parte, Puerto Mayor, por cuanto la génesis comienza en Constitución. Es una goleta construida en los astilleros mauchos, con guanayes como marineros y un francés como patrón. Llevan rodelas de madera y varias marranas a Iquique. Durante el viaje, a la altura de Huasco, las chanchas comienzan a inquietarse y a emitir tales chillidos que M. Benoist no puede conciliar el sueño y amenaza con echarlas al mar. Pero un  guanay, perspicaz el hombre, encuentra la solución. Tanta chillería responde al llamado de la natura. Desembarcan en Huasco, compran un barraco y lo dejan entre las puercas vírgenes. Santo remedio. Estas se apaciguan de inmediato.

Les faltaba el olor.

En un vapor caletero” Latorre nos cuenta las peripecias de un joven profesor que viaja a Iquique a ejercer la profesión. Su enamoramiento de una bella inglesa, las partidas de póker con un tahúr norteamericano junto con el contador, el ambiente dentro del barco que navega por las aguas del Pacífico, etc. Es más bien una mirada del protagonista sobre lo que acontece a su alrededor.

Todo cambia nuevamente con el “Pontón N° 5”. Retorna la aventura, la nostalgia, algo de leyendas y mitos náuticos. El desgajamiento de la lancha obliga a extraer todo lo necesario de su interior. Luego se le lleva al lugar predeterminado donde quedará. Una violenta tormenta lo trastorna todo y se pierde la pista de la barcaza. Pasa la noche y al día siguiente la encuentran varada en una isla con sus tripulantes a salvo. El relato recurre a la emoción, al misterio, a la incredulidad, a la esperanza de encontrar vivos a los marineros. Circula al interior del relato un lazo humano que abriga la atmosfera con una calidez que no está afuera, allí donde predomina el rugido de los elementos desatados. Pero es una calidez que no cala y  sólo barniza las relaciones. Porque lo que realmente impera en todo esto es el dibujo de la natura, con detalles pictóricos y gracia colorida. Allí Latorre es un maestro. Aun así, logra mantener el interés hasta el final.

Mal que mal, todo lector desea saber en que finalizará la tragedia en ciernes.

El ultimo relato, last but no least, es el cuento “Santiaguinos en el Mar”. Está antes que “El Olor On Benoist”. Trata sobre las peripecias de 3 personas que van al sur a dimensionar hectáreas de terreno para la corta de árboles. Al regresar a Valdivia, lo hacen desde una ensenada a bordo de una pequeña goleta llamada Queule. Lógicamente se topan con una tormenta, que es lo que busca describir Latorre, y corren peripecias increíbles, con riesgo de vida. Toda la noche navegando en medio de la lluvia y el fragor del agua. Pero salvan y arriban a Corral, donde toman el tren nocturno a Santiago.El protagonista se mantuvo erguido en todo momento en tanto  a sus compañeros tuvieron que hacerle un hueco  bajo cubierta, en medio de sacos de papa, un chancho y un cordero, para capear el temporal.

El capitán Cárcamo, cuando se despide del protagonista, hace ver el sufrimiento de sus compañeros santiaguinos, demostrando no haber navegado nunca. Grande fue su sorpresa cuando su interlocutor también le expresa que era su primera vez.

-¡Nunca lo hubiera creído! -espetó.

“Chilenos del Mar”, en sustancia, resulta un texto atractivo, donde el mar, lógicamente, es el protagonista de  la acción. Un mar siempre complicado, nada pacífico, con mucha tormenta, agua, lluvias y ambiente oscuro, sórdido, sin luces que permitan la salida. Predomina el negro y el gris. Propio de las inclemencias del clima que el autor describe con maestría, aunque, ya lo sabemos, pecando de ultra petita.

Después de tanto tiempo leído, la relectura ha resultado grata, más aun, en la quietud que otorgan las vacaciones, en medio de algunos árboles, mucho pajarillo y el sonido del silencio en la noche.

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(*) Los cuentos de la segunda Parte, Puerto Mayor, conocieron dos crónicas apartes en esta misma página: En El tiempo de las Crinolinas y Puerto Mayor

 

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